Por un defecto congénito, confieso que carezco por completo de pasión futbolera, lo que supone un problema mayor de lo que puede parecer
Por un defecto congénito, confieso que carezco por completo de pasión futbolera, lo que supone un problema mayor de lo que puede parecer en un primer momento, pues me impide participar en el 90 por ciento de las conversaciones con la gente. Además, lo mío es tan grave que no sabía decir sin mirarlo en google si ahora se está celebrando la Eurocopa, otro Mundial o la Champions (gracias a la CinEurocopa de decine21.com ya me voy situando un poco), y tendría problemas para distinguir un balón de fútbol de una pelota de tenis.
Pero esta tara de nacimiento tiene también un punto positivo. Puesto que no acaparo demasiado por regla general la atracción del sexo opuesto, siempre aprovecho los grandes acontecimientos deportivos para pedirle una cita a alguna mujer estupenda de las muchas desinteresadas por el deporte rey, que el día en que juega España una final o algo así, andan desesperadas para encontrar alguien que les acompañe (tanto que hasta quedan conmigo).
Como últimamente ando detrás de una bella ragazza italiana, al menos hasta que regrese a Italia, el día en el que nuestros respectivos países se enfrentaban en el estadio aproveché que presumiblemente no tendría ningún plan para quedar con ella. El problema es que es profesora del Bel Canto en un conservatorio, una persona muy culta, por lo que resulta complicadillo interesarle por algo. Una vez vino conmigo a la muestra madrileña de cine friqui y fantaterrorífico que comento todos los años en este blog y se asustó tanto como el personaje de Cybill Shepherd en Taxi Driver, cuando Robert De Niro la lleva como si fuera la cosa más normal del mundo a un cine porno.
Para tratar de reparar mi imagen usando la artillería pesada, pensé que era buena idea invitarla a la ópera, aprovechando que estos días estrenan en el Teatro Real una potente versión de "Poppea e Nerone" del compatriota de la chica Claudio Monteverdi. Así que cuando he ido contando por ahí que en vez de ver jugar a España contra Italia, estuve en la ópera con una italiana, más de uno ha llegado a la conclusión de que soy el colmo de la pedantería, o una especie de pretencioso erudito al que se le ha ido la pinza.
En realidad, como buen friqui, amante del cine de terror y todo eso, lo más cerca que había estado de la ópera había sido cuando he visto algunas de las numerosas versiones de El fantasma de la ópera. Y la música más aproximada a Monteverdi que conozco es cualquier disco de Metallica.
Llegué allí, con cara de estar acostumbrado a acudir a este tipo de espectáculos fingiendo ser culto y todo eso. Así que supongo que me esperaba que Dios me castigara de alguna forma, aunque no me imaginaba que al preguntar en taquilla si el espectáculo se prolongaba más de dos horas, lo que se me antojaba especialmente largo, me respondieran que sí, que duraba cuatro. Sin duda, una penitencia justa para mi pomposidad.
El descubrimiento de un nuevo mundo
El caso es que sustituir el encuentro entre España e Italia por un encuentro con una italiana para ir a la ópera fue toda una experiencia para un friqui redomado como yo. Para empezar, descubrí que en el Teatro Real la gente se pone sus mejores galas, pero no unas "mejores galas" cualesquiera, sino que algunas mujeronas parecían estrellas de cine con sus vestidos de 'guachi', y los hombres llevaban unos trajes con pinta de estar diseñados por la división textil de Ferrari por lo menos. Supongo que fue un error que yo acudiera con camiseta de La matanza de Texas, pero no se puede estar en todo.
A pesar de tanto lujo, y de que parece el epicentro del pijerío más absoluto, luego resulta que el Teatro Real carecía ese día de acomodadores y personal de sala. ¡Si hasta en el cutre cine de mi barrio los hay! O sea que las damas de la alta sociedad con sus refinados vestidos se volvían locas correteando de un lado para otro a ver si acertaban a encontrar sus sitios. Yo transformé la necesidad en oportunidad, así que como no tenía ni idea de dónde me tenía que sentar, me puse con la ragazza que me acompañaba donde más me gustó, o sea delante del todo para ver mejor a los músicos, en unas localidades carísimas. Lo bueno es que no había nadie para echarme, así que no tuve ningún problema.
Me sorprendió gratamente el público. Ni un cuchicheo, ni un suspiro, ni un movimiento para recolocarse en el asiento, nada de nada. Ya quisiera estar rodeado por gente así cuando voy al cine, donde la gente habla y hasta grita sin ningún pudor. Había leído que en una ocasión sonó el móvil de alguien y el director suspendió la representación, dejando desconsolado al público. Le importó un rábano que las entradas cuesten un pastón (309 euros actualmente la más cara). A mí hasta ahora me parecía un poco exagerado todo eso, pero visto el resultado merece la pena. Será porque están muertos de miedo, pero el caso es que no se movía ni un alma. Lo malo es que con tanta seriedad me entraban ganas de reírme a carcajadas como el protagonista de la hilarante Intocable, que se monda cuando acude a una representación operística. Menos mal que conseguí reprimir las carcajadas, pues me habrían fusilado sin piedad.
También me agradó descubrir que ahora la ópera es subtitulada. Proyectan sobre el escenario y a los lados los rótulos que te permiten seguir la acción como quien ve una peli. Se lo comenté a un estirado individuo con aspecto de lord inglés que tenía al lado: "¡Qué bien que haya letreritos!", y él me respondió que aquello le parecía una herejía. "En mis tiempos sabíamos todos la historia o la leíamos en el programa y luego tratábamos de adivinar qué estaba ocurriendo en cada momento. Las buenas costumbres se están perdiendo", me explicó.
Aunque no soy un erudito, desde luego los músicos e intérpretes me parecieron de primera fila. Pero el montaje escénico me desconcertó un poco. Ya no está de moda representar las óperas al estilo clásico, sino que cada director siente la necesidad de dejar su impronta personal, así que por norma general se sitúa todo en la época moderna y salen nazis. Aquí de hecho, y aunque la acción de "Poppea e Nerone" se sitúa en la Roma Imperial, se proyectaban imágenes de Olympia, de Leni Riefenstahl, en las que salían alemanes con el brazo hacia arriba, como metáfora del despotismo y los excesos del poder del emperador. Por lo demás, el inmenso escenario reproducía con todo lujo de detalles una clase universitaria, aunque después se reconvertía en un gimnasio, no sé muy bien por qué. Todos iban con ropas modernas, pero las diosas se habían vestido de misses. Y un tipo se travestía y habían incluido un dueto lésbico que me extrañaba que estuviera en la obra original compuesta en el siglo XVII. "No, no era así, no podía haber un número lésbico porque hasta los papeles masculinos eran interpretados por varones", me comentó mi erudita acompañante.
Un contratenor se había puesto enfermo, así que le habían sustituido por un figurante que movía los labios. Y su parte la cantaba otro tipo que estaba frente a mí con la orquesta. ¿No es un detalle un poco cutre? Bueno, daba igual porque tenía una voz estupenda. Ah, y por último me gustaría comentar que el bajo-barítono que interpretaba a Séneca era negro. ¿No era el Séneca el joven de los tiempos de Nerón de Córdoba? ¿Había muchos negros entre los ciudadanos romanos de la Andalucía de la época? Curioso el mundo de la ópera.
