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Zona friki

“Inferno” de Dan Brown confirma que Robert Langdon es idiota

Quienes compartan mi vocación literaria y frecuenten talleres literarios, sabrán que hace unos años se prohibió en todos

“Inferno” de Dan Brown confirma que Robert Langdon es idiota

Quienes compartan mi vocación literaria y frecuenten talleres literarios, sabrán que hace unos años se prohibió en todos ellos poner como muestra de lo que no se debe hacer y de ridículo espantoso a Dan Brown, porque se había convertido en un tópico de tal calibre que no se buscaban otros autores para servir de ejemplo. Aún así y por motivos profesionales me atrevo a leer “Inferno” la última ‘master piece’ del ínclito genio, que salió hace unos días. Mientras que la crítica se afila las uñas para ponerla a caldo, Tom Hanks ya está frotándose las manos, pensando en el sustancioso cheque que va a recibir cuando se adapte al cine.

El volumen ha sido noticia por las condiciones leoninas en las que trabajaron los traductores, incomunicados en un búnker de hormigón, bajo la atenta mirada de vigiliantes y para que no filtraran ni un detalle de la apasionante trama del libraco. Cuando acababan de trabajar iban a un hotel, pero no podían siquiera llamar por teléfono a sus famliares y amigos.


Pensaba que iba a ser un auténtico “Inferno” aunque por suerte se lee en poco tiempo (no tiene gran calado, como se puede suponer), y además, confieso que a ratos me lo he pasado como un enano. Ya había olvidado que Dan Brown puede ser realmente tronchante.


Recuerdo El código Da Vinci. Tremenda. Una de las peores novelas que he leído (no, no me he atrevido con la de Jorge Javier todavía). Tenía un momento absolutamente genial. El autor había incluido un acertijo que en realidad era un texto al revés, en la línea de los libros infantiles de “Elige tu propia aventura”. El lector se daba cuenta desde el principio de que las letras aparecían como reflejadas en un espejo, pero hete aquí que el protagonista, Robert Langdon, el experto en simbología más importante del mundo, emérito profesor de Harvard, se queda perplejo al verlas, y se pasa varios párrafos dudando. ¿En qué extraña lengua estará escrito este texto? El hombre tardaba un montón en caer...


Ya dudaba yo por aquel entonces que el personaje tuviera más luces que Forrest Gump, papel que Hanks se trabajó mucho más, sin duda.

Robert Langdon se supera

En "Inferno" nueva entrega de las peripecias del avispado personaje, me encuentro con una escena similar. La cosa tiene bemoles. Langdon despierta en un hospital completamente amnésico de tal manera que no sabe ni en qué ciudad está, pero mira por la ventana y, ¡tate!, se encuentra justamente enfrente el Palazzo Vecchio (qué casualidad), así que el hombre medita un poco, se rasca la sien y se dice a sí mismo: “Yo creo que debo estar en Florencia”.


Enseguida aparece una asesina tipo Terminator pero en mujer, con el pelo de punta y vestida totalmente de cuero (se echa de menos un poco al monje albino aquél) que anda disparando por las calles a todo bicho viviente en plan videojuego, en busca de Langon, al que salva una doctora que le lleva consigo. Después de algún tiempo, el protagonista descubre que llevaba escondido entre las costuras de su chaqueta nada menos que un pesado cilindro de titanio recubierto de plomo del tamaño de un paquete de caramelos. ¡Como para no darse cuenta de su presencia!


Entonces, Brown recurre a uno de sus tópicos habituales. Langdon llama para pedir ayuda al consulado americano. Cualquiera que haya leído algún libro o haya visto alguna peli alguna vez sabe de sobra lo que va a pasar. ¿Le van a ayudar? Adivina, adivinanza. Le coge el teléfono un señor que se pone muy contento al escucharle. ¿En serio es usted el señor Langdon? Espere, que le voy a poner con mi jefe. Este segundo interlocutor tampoco cabe en sí de gozo al descubrir quién está llamando. “¡Señor Langdon, estábamos buscándole!. ¿Dónde dice usted que está?”. El protagonista dice que está en una pensión. “¿Y tiene usted aún consigo eso?”. Sí, claro. “Muy bueno, tomo nota de la dirección”.


A los cinco minutos, claro, ya está ahí la psicópata pelopincho con ganas de sangre. Pero el momento memorable del libro es lo que dice el sesudo Langdon al verla:


-¡Anda! ¿Cómo habrá conseguido encontrarnos?


Un monstruo el tal Langdon. Momento mítico. No recuerdo haber soltado una carcajada mayor con un libro recientemente. Desde luego, Brown es un grande de la comedia.

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