Hay quien piensa que Woody Allen se repite, pero lo cierto es que su dar vueltas una y otra vez a los mismos temas no está reñido con la chispa de la originalidad.
La magia con diversos rostros no es un tema ajeno, ni mucho menos a la filmografía de Woody Allen, que lo ha usado con acierto para sus tramas en cintas como La rosa púrpura del Cairo, Alice, Scoop y Midnight in Paris. Ahora reincide en el tema con Magia a la luz de la luna, para entregar una comedia romántica que pivota sobre la incredulidad vestida de cinismo y el anhelo interior de todo ser humano por creer en algo que dé sentido a su existencia.
El guión de este film situado en los años 20 es modélico, y la palabra no la uso al azar, pues contiene muchos elementos de manual, y en tal sentido resulta ilustrativo de cómo se escribe un buen libreto. Sin ir más lejos destaca la presentación del protagonista, Stanley Crawford, interpretado por Colin Firth, a quien vemos evolucionar en el escenario de un teatro caracterizado como el hechicero chino Wei Ling Soo, realizando asombrosos trucos de magia con gran seguridad. Pero en el camerino se desprende de su disfraz, su impostura queda al descubierto, al igual que su insoportable petulancia, y su afición a descubrir a cualquier persona que pretenda apoyar su magia en supuestos dones sobrenaturales.
En el despliegue de su modo de ser y la exposición de sus rasgos, además del modo cortante en que trata a cualquier persona, incluidos los admiradores, juega un papel importante el personaje secundario de su amigo y colega Howard Burkan (Simon McBurney). Éste sabe tocar además las teclas sensibles de su ego, cuando le plantea un desafío, desenmascarar a la supuesta vidente Sophie Baker (Emma Stone), que tiene encandilada con su talento a una familia adinerada de la costa Azul francesa. La interactuación de Crawford con los Catledge sirve para que Allen ponga en funcionamiento su genio cómico, a través de su pose escéptica de superioridad, acentuada con su nueva fingida identidad, porque para lograr su objetivo de pillar a Sophie, no desvela quién es en realidad.
Por supuesto, esta posición de Crawford, que se supone sólida como una roca, de negar la posibilidad del misterio, los milagros, el sentido de la vida, y en definitiva, la existencia de Dios, será puesta a prueba cuando conozca a Sophie, alguien que desafía sus incrédulas convicciones, hasta el punto de que tras diversas muestras de asombrosa clarividencia, nuestro protagonista empezará a dudar.
Curiosamente, la tradicional estructura en tres actos de un guión, en el caso de Magia a la luz de la luna está perfectamente marcada por los puntos de giro de la historia. El primero acontece cuando Sophie desvela a Crawford algo que no podía saber de ninguna manera, y el soberbio mago agacha un poquito la cabeza ilusionado por haber encontrado lo que en el fondo siempre había soñado, una señal de que podría haber algo que no se explica con el puro raciocinio, con fórmulas matemáticas. Mientras que el segundo se produce cuando la madre de Crawford está al borde la muerte, y avisado de urgencia, acude a la clínica donde está a punto de rezar... hasta el momento en que se le pone la mosca detrás de la oreja, tiene la intuición de que tiene los elementos para destapar lo que cree una gran farsa, y se reposiciona en su inicial punto de partida incrédulo. Pese a todo llegará un momento climático, en que un Allen que podríamos denominar “luminoso”, deja abierta la puerta a la posibilidad del misterio.
Allen enlaza además la idea de creer en la trascendencia con creer en el amor. Su ceguera con respecto a quien podría ser el amor de su vida es llamativa, pues su elección racional no tiene magia, si se nos permite la expresión, mientras que la persona distinta a la que acaba de conocer, y que le desafía con su ingenio en las conversaciones y su particular encanto, no quiere considerarla en ningún momento como una mujer a la que podría amar, se resiste incluso en la noche romántica de avería automovilística y lluvia, con el observatorio astronómico y la belleza de las estrellas. Con estas ideas sobre la ceguera amorosa, Allen remacha la otra cuestión, el petulante Crawford podría ser un ciego en lo que al sentido de la vida se refiere. Si a ello sumamos la idea de “el cazador cazado”, el cineasta neoyorquino invita al espectador a aplicarse personalmente una cura de humildad, no sabemos nada, debemos abrirnos a la magia. Algo que Allen se está diciendo a sí mismo, pues por supuesto que Colin Firth viene a ser su “alter ego”.
