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Análisis de guión

44) "La vida de Chuck", de Stephen King y Mike Flanagan

El guión de “La vida de Chuck”, adaptación de un relato corto de Stephen King, viene firmado únicamente por Mike Flanagan, también director de la película. Pero me parece de justicia mencionar al escritor como autor, también porque a él se debe la estructura de tres actos a la que se pliega Flanagan a pies juntillas.

44) "La vida de Chuck", de Stephen King y Mike Flanagan

La película La vida de Chuck consiste en una celebración de la vida, y más concretamente la celebración de una vida lograda, la de Chuck, el apelativo cariño con que conocen a Charlie Krantz sus más allegados. Esta celebración de una vida, que merece gratitud, “Gracias, Chuck, por 39 años geniales”, se sirve a través de una alegoría o fábula que admite varias lecturas, y que ha dado pie a debates apasionados entre los amantes del relato original de Stephen King y de la película escrita y dirigida por Mike Flanagan.

Una estructura clásica no tan clásica

Aunque el guión tenga los tres actos clásicos de un libreto, los presenta de un modo nada convencional, ya que se puede decir que comienza por el tercer acto, o sea, por el final, para luego entregar el segundo y el primero. De modo que la entrega de ese final plantea bastantes incógnitas, que van aclarando los otros dos actos. Y de algún modo, como cada acto es bastante independiente, se puede reconocer una estructura de “pequeña película” en cada uno, con su presentación, nudo y desenlace, y la presencia de elementos o constantes que se repiten y resuenan, a veces provocando intriga, y reclamando explicaciones que llegarán, más o menos, en el primer acto, que en el film es el último. Porque se juega también con la ambigüedad, no entregar al lector o espectador todo mascado, sino dejar cosas para su reflexión personal. Lo que lejos de decepcionar, deja un buen sabor de boca, apetece seguir rumiando lo que hemos visto.

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Esto se acaba

La narración no puede empezar de un modo más inquietante. Marty Anderson es profesor en un colegio, que no logra que sus alumnos le presten la atención debida, están distraídos por las caídas cada vez más frecuentes de internet, y por las catástrofes naturales que se suceden en todo el mundo, por ejemplo en California con terremotos de extrema intensidad que han cambiado la geografía del territorio con millones de desplazados. Los padres que acuden a tutoría no piensan en sus hijos, sino en este inquietante paisaje en que les toca moverse.

Todo el mundo está inquieto. Los hospitales deben atender emergencias de personas que atentan contra sus propias vidas, llevadas por la desesperación. En uno de ellos trabaja como médica Felicia Gordon, la ex mujer de Martin, y ambos acaban hablando por teléfono, a pesar de que rompieron su relación. Como están haciendo otras personas, en un paisaje distópico y casi apocalíptico, muchas personas vuelven a aquellos con los que se enfadaron, en una especie de intento cósmico de hacer las paces, perdonar y pedir perdón, aunque sea tácitamente.

El tiempo que se va

Precisamente en la conversación telefónica, hay una reflexión sobre el tiempo, tomando pie de una comparación usada por el divulgador científico de Carl Sagan, que a la hora de medir la edad del universo, lo que corresponde al ser humano es casi nada, y la catástrofe que podría ser el final de la vida como la conocemos, ocupa aún menos, una parte infinitesimal de un instante.

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Frente a esto y al fallo de las comunicaciones, todo el mundo se hace eco de una serie de misteriosas vallas publicitarias, spots en radio y televisión, en que se da las gracias a Chuck por sus 39 años geniales. Nadie sabe quién es este Charlie Krantz, se supone que se está aludiendo a una jubilación, pero de pronto esta gratitud reverbera por todas partes, e incluso, cuando se acerca el final, y las estrellas podrían apagarse, asoma la imagen de Chuck espectral como de pantalla de televisión, y las ventanas de un barrio residencial.

Sí, en esas horas crepusculares, que invitan al amor, a la gratitud, a hacer las paces, a compartir caminata con una persona que, oh casualidad, regenta una funeraria, hay una sensación creciente de que todo se acaba, y en efecto en cierto momento llega la oscuridad, el fundido a negro, nada sabemos de lo que viene después.

Y todo este extraño paisaje, coincide con la imagen de un hombre enfermo y entubado, rodeado por una mujer, presumiblemente su esposa, y un adolescente, sin duda su hijo. Adivinamos que se trata de Chuck.

El segundo acto más breve del mundo

El segundo acto de la película nos va a permitir saber quién es Chuck, y que los 39 años por los que debíamos dar gracias son los de su vida, porque tiene una enfermedad mortal aún no diagnosticada, y en este momento es un feliz padre de familia, está casado y tiene un hijo, con un trabajo en apariencia gris, de contable, que se ha desplazado a una ciudad para asistir, representando a su banco, a un congreso de contables. Él mismo, buen profesional, participa en un par de mesas redondas.

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Por caprichos del destino o de la providencia –nos dirá una voz en off que seguramente Dios creó a Chuck para el baile clímático que ahora comentaremos–, Taylor, una artista callejera, se ha establecido en una calle principal con su batería, donde improvisa movimientos musicales jazzísticos, cuando está inspirada puede ser brillante, pero al comenzar ese día aún no está del todo entonada. Chuck se aproxima a ella por la calle con su chaqueta, corbata, mocasines, una cartera, el perfecto uniforme del oficinista. Nada hace presagiar que se va a detener ante Taylor y va a empezar a ejecutar unos pasos de baile de rarísima perfección, llevando el ritmo, y produciéndose una perfecta compenetración entra ambos. A la que se suma Janice, a la que su novio ha plantado ese mismo día, y que es invitada a bailar por Chuck. Aquello es sencillamente sublime, y el público que se detiene a verlo y aplaudirlo, y a entregar la voluntad por el espectáculo, así lo corrobora. Se trata de un momento mágico, de pura alegría. Irrepetible. Cuando la gente pide un bis, no lo hay, los protagonistas no van a tentar a la suerte tras ese momento que recordarán toda su vida, la poca –el caso de Chuck– o mucha que les quede.

Los tres celebran juntos el momento tomando algo juntos, y luego Chuck y Janice dando un paseo. Aunque nada es perfecto, Chuck se ha fatigado con el baile, y ha notado que le daba una de las migrañas que le acometen últimamente. Y que de vuelta a casa, en una revisión médica, apuntarán a una enfermedad incurable, que le dejará postrado, debilitado, mermado e incapaz de reconocer ya a su familia que está a su lado. De todos modos, visto lo visto, aunque sólo sea ese momento gozoso del baile, acontecido en una vida profesional y familiar corriente y moliente, nos hacen entender que sí, hay motivos para dar gracias a Chuck y sus 39 años geniales.

Bailad, bailad, benditos

El primer acto, que es el último, toma su título de un verso de Walt Whitman, “Contengo multitudes”, que en el libreto de Flanagan se escucha también en el tercer acto, igual que la reflexión de Saga sobre la duración del tiempo asomará aquí con un fragmento de su famosa serie documental Cosmos en que la desarrolla. Precisamente, para dar cohesión de un modo aún mayor a la trama, el guionista hace que personajes y situaciones resuenen en todos los actos, tal vez sugiriendo que lo que estamos viendo es la ensoñación de un hombre enfermo y moribundo, Chuck, al que le queda poco tiempo, y por cuya cabeza pasan de un modo especial las situaciones que ha vivido y que han hecho de su vida una vida extraordinaria, que merece que sus seres queridos le den gracias, y también su creador, Dios, si se quiere, pues él ha cumplido. Sí, en el interior de Chuck hay un mundo entero, contiene multitudes. Hay un mundo físico, un cosmos, muy longevo, y está la vida de las personas, que contiene eso y más, personas concretas, mucho amor.

Conocemos los orígenes de Chuck, la tragedia que golpea su hogar de niño, mueren sus padres en un accidente, le han criado sus abuelos Albie y Sarah. Aunque es un chico despierto y lleno de vida, le ha tocado crecer en un hogar triste. Albie es contable, y a veces ahoga sus penas en alcohol. Precisamente en una de las ocasiones en que bebe más de las cuenta, habla del misterioso torreón de su casa, con la puerta cerrada, supuestamente porque el suelo está en mal estado, pero en realidad lugar donde vio anticipadamente algunas desgracias que han ocurrido en el vecindario. Es una imagen misteriosa, el único elemento propiamente fantástico de la trama, puro King, y que alude al desconocimiento que podemos tener sobre cuándo nos sobrevendrá la muerte, y lo que sería y es esperar ese momento, que, tenemos la certeza, nos va a ocurrir.

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Pero este acto es sobre todo el de la educación sentimental, afectiva, artística y vital de Chuck. Gracias a Sarah descubre los musicales y que tiene un talento especial para el baile, y se apunta a unas clases extraescolares en las que descolla, sugiriendo ideas, y llamando la atención incluso de una chica que es un bombón y es mayor que él, Cat. Le toca el corazón del poema de Whitman, “Contengo multitudes”, y le golpea otra vez la desgracia con la muerte de la abuela. Y aunque la conexión con Albie sigue siendo difícil, gracias a él aprende su talento con los números, y en su aprendizaje verá que también allí hay magia, la magia y la belleza están en todas partes, si uno tiene los ojos suficientemente abiertos y el valor para encontrarlas. En tantas actividades se contienen multitudes. Allí están los libros contables de la funeraria que llevaba Albie, que evitaron al dueño la quiebra, y tras esos números y gastos de las familias para enterrar a sus seres queridos hay tantas historias.

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Sí, todo acaba conectando cuando muere Albie, cercana la mayoría de edad de Chuck, sus otros abuelos vivirán con él una temporada. Pero antes recibe las llaves de esa famosa y temible habitación de las premoniciones, donde todas las visiones confluyen ante la certeza de la propia muerte, sepamos o no el día y la hora.

Preguntas sin respuesta

Muchos espectadores han dado vueltas al significado de la historia. Dejemos claro que las obras las deja el artista y luego echan a volar en la imaginación del público, que las interpreta, incluso con lecturas imprevistas de los creadores. Dicho esto, toda la película puede verse como la mirada subjetiva del protagonista, que afronta su propia muerte, algo que nadie puede hacer por él, por mucho amor que nos hayan tenido tantas personas.

Y se sugiere poéticamente enlazando con hechos vividos y reinterpretados en esa especie de somnolencia que precede a la muerte de Chuck. Las estrellas se apagan, el mundo colapsa, fallan los medios de comunicación, pero queda el amor y la gratitud de quienes nos aman. ¿Quién da las gracias a Chuck? Hay quien sostiene que es autoagradecimiento, lo que sería un narcisismo un tanto absurdo. Agradecen los que te aman, por el amor que les has dado, por cumplir sus expectativas. Aquí entraría el agradecimiento de los seres queridos, y de Dios. El baile sería en este contexto el resumen de una vida lograda.

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