Hoy no se habla de otra cosa en las páginas de cotilleo que del nuevo rostro presentado por Uma Thurman, que estrena nueva serie televisiva en NBC, The Slap. Y ciertamente es una bofetada su nueva imagen, no reconozco a la actriz que me enamoraba hace años dando patadas en Kill Bill, lo mismo que me ocurrió con Renée Zellweger, su rostro actual no se corresponde en nada con la chica de Chicago. Y como decía un libro de C.S. Lewis apasionante, “mientras no tengamos rostro”...
Curiosamente algunos “expertos” se enzarzan en el debate de si se ha sometido a una cantopexia o a un mix de blefaroplastia, rinoplastia y lifting. Aunque tampoco debería sorprendernos, ellos se ganan la vida con la cirugía plástica, y no van a cuestionar la poca oportunidad de acudir a ella en tantas ocasiones, sobre todo las mujeres, presionadas por el entorno social o por el deseo de seguir trabajando como actriz.
A mí me parece que la reflexión debería establecerse justo aquí. Por qué unas mujeres tan estupendas no pueden envejecer en paz, como toda hija de vecina. Algún listillo dirá que no deberían haber exagerado, que deberían haberse limitado a algún retoque sin riesgo, pero habría que estar en su pellejo. ¿Alguien puede decirme de memoria las últimas películas de estas actrices? Me da que no les sobran las ofertas de empleo, así que es comprensible que hayan arriesgado, y se les haya quedado la cara como se les ha quedado.
Debe ser muy, muy duro, estar en el punto de mira de la opinión pública, soportar comentarios graciosetes e hirientes en las redes sociales. Vamos, que me está apeteciendo ponerme a ver alguna peli suya en homenaje, recordar cómo eran, y desearles el mejor ánimo para aguantar los chuzos de punta que les están cayendo. A ver si escampa.
