La opinión pública es voluble, y a veces nos engatusan con cualquier cosa.
De modo que podemos elevar a artículo de fe ideas tan pintorescas como la de que Netflix y HBO son santuarios sagrados, donde se alojan las mejores producciones seriadas que se han hecho nunca, unos contenidos audiovisuales de calidad inmejorable. Les concedemos casi poderes sobrenaturales, de modo que todo lo que tiene su sello debe ser la quinta e incontestable maravilla del mundo mundial. Y claro, nadie es perfecto, cualquiera puede meter la pata, y esto en el mundo audiovisual, fílmico y televisivo, significa que se pueden producir, y de hecho se producen, mediocridades.
Acaba de pasarle a Netflix. El gigante del streaming, un verdadero coloso en Estados Unidos, está produciendo cine y series, se nota que tienen “cash”, gracias a su volumen de suscriptores, que les ha llevado además a ambiciosos planes de expansión por todo el mundo. Han sido muy celebrados filmes como Beasts of No Nation, y series las de superhéroes Marvel Jessica Jones y Daredevil, más Bloodline, Narcos, House of Cards... Y cara a consolidar su presencia más allá de las fronteras USA, han decidido producir también series locales en países como Francia y la propia España.
Pues bien, ha sido Marseille, que prometía una trama de corrupción política en la alcaldía de esa ciudad al más puro estilo House of Cards, la que se ha llevado un tremendo batacazo, a pesar de ser una producción cara y de contar con el protagonismo de un actor de la talla, grande y no sólo por su corpulencia, de Gérard Depardieu.
La crítica francesa la ha puesto a caer de un burro, y no es para menos, pues todo queda en puro culebrón con mucho sexo y poco seso, los personajes son planos y la intriga absolutamente pobre y sin garra, muy poco creíble. Ni políticos ni mafiosos tienen fuerza, es una pena, pero es así. Si encima, a modo promocional, se describe sin empacho la serie como de “thriller de pinceladas shakesperianas”, el fiasco crece hasta límites insospechados.
En todo caso, lo ridículo sería ahora caer en el extremo contrario, y desconfiar de futuras producciones Netflix. Sirva de ejemplo Pixar, cuyas películas animadas son fantásticas, pero de vez en cuando alguna es más normalita, como la reciente El viaje de Arlo. O HBO puede darte Los Soprano y True Detective, pero también las más petarditas True Blood y El séquito.
O sea, un sello de producción con prestigio puede ofrecer cierta garantía de búsqueda de la excelencia, y de un mínimo de calidad, pero no certifica al cien por cien que aquello será una joya, como algún ingenuo piensa.
