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Blog de Hildy

La persona frente al algoritmo: cuando Tato venció a Netflix

Como tantas personas –195 millones de clientes–, estoy suscrito a Netflix. La plataforma de streaming es bien conocida por su algoritmo de recomendación de películas, que para muchos es casi la única guía para seleccionar lo que ahí ven.

Me consta que muchos ingenieros informáticos, expertos en programación, miran y remiran el algoritmo de Netflix, tratando de que alcance la perfección absoluta. Se supone que este software debe llegar a conocer al usuario a fondo, porque se trata de ofrecerle constantemente películas y series de su gusto, que le mantengan enganchado y convencido de la rentabilidad de su inversión en la cuota mensual de la plataforma. De la tentación de cancelar la suscripción, líbrales, Señor, deben rezar Reed Hastings y Ted Sarandos, si que es que son personas piadosas.

El caso es que la página de entrada a la plataforma se supone que está personalizada según mis gustos. Relativamente, claro, se combina el mostrar las novedades sin más, con una configuración teniendo en cuenta lo que he visto antes. Además, como suscriptor, periódicamente me llegan correos electrónicos de Netflix recomendándome cosas, e incluso me recuerdan que debo terminar de ver algo. Lo que por cierto es bastante “torrante”, no quiero tales recordatorios, quizá el algoritmo debería considerar la posibilidad no remota de que si no acabé de ver algo fue tal vez porque no me interesaba, o porque mi limitado y precioso tiempo debo dedicarlo a otras tareas. Hay que determinar prioridades, y terminar de ver un “truño” puede que no sea una de ellas.

Pero bueno, el caso es que nadie me había hablado de una maravillosa docuserie dirigida por Martin Scorsese y estrenada el 8 de enero en Netflix, titulada Supongamos que Nueva York es una ciudad. No lo entiendo, la verdad. Como profesional, el equipo de comunicación de Netflix me avisa puntualmente de lanzamientos y novedades, pero salvo error, nada he recibido en torno a esta miniserie. Mira que se habló de El irlandés, pero de esto, nada de nada. Y me temo que el algoritmo no acaba de conocerme, porque no me ha dicho algo del estilo “oye, amigo, tienes que ver esta serie, sí o sí”, “que te encanta el cine”, “que es de Scorsese”. Nada de eso ha ocurrido.

En cambio sí pasó lo de mi amigo Tato. Llegó un día y me dijo, “imagino que has visto Supongamos que Nueva York es una ciudad”. Y yo “pues no”. “Pues pienso que te gustará”, me señala. “Es un documental. Sobre Nueva York. No es una historia de la ciudad. Habla de cómo se vive ahí. Una mujer, que debe ser muy famosa. Y está Scorsese.”

Tenía razón Tato. Una persona. Que me conoce. Y no, por favor, no le llaméis un “algoritmo humano”. Es un ser humano que descubrió algo que me podía gustar y me lo dijo, derrotando al algoritmo de Netflix a la hora de recomendarme algo que ver. La serie es muy, muy divertida, todo un personaje Fran Lebowitz. Y si en tiempos deprimentes de Covid-19 quieres reír como un cosaco debes verla. Hacía mucho que no me reía tan a gusto como con esta serie.

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