Como a tantos, me ha estremecido la matanza acontecida este viernes en Oslo y en la isla de Utoya, según todos los indicios planeada y ejecutada por
Como a tantos, me ha estremecido la matanza acontecida este viernes en Oslo y en la isla de Utoya, según todos los indicios planeada y ejecutada por un solo individuo, Anders Behring Breivik, noruego de 32 años. Cuando escribo estas líneas se habla de 97 muertos, la mayoría adolescentes, una verdadera salvajada, incomprensible; es previsible que la cifra de los asesinados sea mayor. Curiosamente, estos días estoy leyendo la autobiografía de una cineasta noruega, Liv Ullmann, escrita en los años 70, y que no había tocado desde que me hice con ella hace un par de años.
He visto bastante precipitación e inexactitudes en el tratamiento informativo de la noticia de la masacre. Por supuesto que ha habido confusión en los momentos inmediatos tras los terribles hechos, pero no es de recibo que dos días después un diario español como el Abc describa en grandes titulares a Breivik simplemente como neonazi, aunque peor es lo de The New York Times, que describe al asesino como cristiano. En el primer caso parece un disparate despachar al personaje como neonazi, cuando lo que ha hecho ha sido matar a sangre fría a un gran grupo de sus compatriotas, no parece que haya ninguna connotación racial en sus execrables acciones, sino más bien un cacao ideológico notable; y tampoco parece que Breivik sea muy cristiano, desde luego las mentadas acciones no lo son, y nada indica que las haya realizado por motivos de índole religiosa.
A mí me ha venido más bien a la cabeza la proliferación del género policíaco y “noir” en la literatura nórdica, particularmente Henning Mankell y Stieg Larsson, que también han conocido traslaciones televisivas y cinematográficas. Pues allí ya se apuntan algunos males del estilo de lo que acabamos de contemplar, aunque no presenten las mismas dimensiones. Destacan la serie televisiva Wallander, protagonizada por Kenneth Branagh en el papel del inspector Kurt Wallander, y la trilogía de películas que encabezó Los hombres que no amaban a las mujeres, con Noomi Rapace en el papel de Lisbeth Salander, y cuyo remake hollywoodiense está ahora acometiendo Ridley Scott. Son historias que transcurren en Escandinavia, en que se producen crímenes terribles, que parecen escapar a cualquier lógica. En esas sociedades cansadas de la vieja Europa, donde brilla Dios por su ausencia, los personajes del lado de “los buenos” se arrastran por la vida perplejos ante el aumento del horror sin causa y la vacua inteligencia de unos criminales, movidos por un odio y pasiones irracionales. Sin asideros morales nítidos, combaten como pueden a “los malos”, tratando de hacer justicia, pero ellos mismos no están muy satisfechos con su propia existencia.
También se abordan estas cuestiones en la película danesa En un mundo mejor, de Susanne Bier, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera este año. Allí dos chavales, a pesar de que no falta el amor en sus respectivos entornos familiares, acumulan rabia y frustración ante la injusticia y las contradicciones. Uno culpa a su padre de no haber luchado por su madre, enferma terminal de cáncer. Los padres del otro se están separando y él sufre el acoso de sus compañeros de clase. Para afrontar los abusos de un matón, nada mejor que pagarle con la misma moneda de la violencia. Para dar una lección a un energúmeno, surge la idea de colocar una bomba casera en su vehículo. Incluso el padre de uno de ellos, que trata de inculcar a los chicos la idea de la no-violencia, la fuerza bruta nunca es una solución a los problemas, se sentirá impotente cuando, ejerciendo su trabajo humanitario como médico en un país africano, un líder tribal, responsable de múltiples muertes, se burla despiadadamente de una de sus víctimas, momento en que le abandona a una muerte cierta por linchamiento. Es curioso, porque el film de Bier trata de ser positivo y esperanzado pese a la dureza de los temas tratados, pero la ausencia de la trascendencia deja un regusto amargo, ese anhelado “mundo mejor” parece una utopía, sólo alcanzable como mucho en el entorno más cercano de los seres queridos.
