Es obligado volver a hablar de The Artist , entre otras cosas porque, salvo sorpresa, ganará el Oscar a la mejor película el próximo 26 de febrero.
Es obligado volver a hablar de The Artist, entre otras cosas porque, salvo sorpresa, ganará el Oscar a la mejor película el próximo 26 de febrero. Los hermanos Weinstein y compañía ya se han puesto manos a la obra, generando expectación en torno a una película que a priori resultaba muy difícil de vender. Recordamos: muda, en blanco y negro, formato de pantalla 4/3. Y sin embargo... Es el título del momento. Y su originalidad es que ha rescatado el pasado, subrayando su vigencia. Me cargan los que acusan al film de oportunista, y de ser un pastiche de diversos títulos mudos de la época dorada de Hollywood. Michel Hazanavicius ha tenido una intuición genial, y su idea de entregar una peli a la vieja usanza no debería suscitar envidia, sino aplausos por su audacia y visión; en cuanto a que tomas ideas de otros filmes, me temo que eso ocurre, ha ocurrido y ocurrirá, mientras se hagan películas, y no está mal, mientras se sepa hacer, y aquí, claramente, se sabe.
El éxito del film me ha recordado a una experiencia personal, tendría yo unos doce años, y programaron en mi colegio un ciclo para iniciarnos en el amor al Séptimo Arte. Fueron tres sesiones, dos de ellas dedicadas a visionar Fort Apache y Rebelde sin causa. La tercera no era una película propiamente dicha, sino una antología de fragmentos de películas mudas, cómicas, que se titulaba “Risas y sensaciones de antaño”. Recuerdo que para mis compañeros y para mí aquello supuso la apertura de una ventana a un cine que no solíamos ver, y lo pasamos en grande. Y eso que en en aquellos tiempos, finales de los 70, y aun después, las televisiones programaban con normalidad cine clásico, ciclos de Charles Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd vienen a mi memoria. En la actualidad eso ni se huele.
Ahora un chaval no ha visto prácticamente jamás una película en blanco y negro, no digamos muda. Los tiempos cambián, sí, pero la imagen de un jovencito o una jovencita clavado en su poltrona, con su consola, su móvil o su ordenador, asusta en su pasividad. Lo que antes se experimentaba en vivo o en directo, o se exploraba con los amigos más o menos clandestinamente, ahora se hace on line, a golpe de click y de mensajito, o de grandes aventuras de videojuego. Y algo se pierde con las nuevas tecnologías, se añoran en el fondo las historias primigenias, el salir de uno mismo, el relacionarse de veras y no virtualmente a través de las nuevas redes sociales.
The Artist supone un redescubrimiento para los adultos, la recuperación de algo que se había perdido, la respuesta a una añoranza que no se sabía que se tenía. No me hago cargo todavía de lo que supone para un joven de 18 años o menos ver este film, aunque me imagino que será algo semejante a lo que he visto en mis sobrinos, leyendo la colección de cómics que mi hermano pequeño y yo atesorábamos, Tintín, Mortadelo y compañía. O lo que se observa cuando se les desenchufan los aparitos y se divierten con un sencillo juego al aire libre, unas adivinanzas o mil juegos que los nuevos tiempos arrinconan en el desván o reciclan en sositos sucedáneos digitales.
Lejos de mí caer en aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, idea que Woody Allen disecciona genialmente en Midnight in Paris. Pero creo que un adecuado conocimiento del arte cinematográfico mudo es memoria histórica, y no otras cosas.
