Ya he comentado que el cine me persigue allá donde voy. Aunque uno esté de vacaciones, y se proponga desconectar de las
Ya he comentado que el cine me persigue allá donde voy. Aunque uno esté de vacaciones, y se proponga desconectar de las películas, o al menos de su análisis profesional o de sus posibilidades para escribir una noticia o un post en el blog, la oportunidad surge sin buscarla, y resulta difícil el resistirse a compartirla. En fin, espero con ello no agotar demasiado al paciente lector.
Para empezar, un día abro mi correo electrónico y me encuentro con un mensaje de alguien a quien no conozco, Ignacio Blanco, que escribe en la web Acentos en Praga. Resulta que ha leído los últimos comentarios en el Blog de Hildy, y ha incluido una noticia sobre ello en este portal de Chequia dirigido al público latino, que tiene versiones en español y checo. E incluso me solicita una entrevista acerca de mis impresiones sobre Praga y las razones que yo creo que la convierten en una ciudad tan atractiva para la gente que se dedica al cine.
Los amigos con quienes comparto estos días de descanso me piden que vea con ellos alguna película. Me decanto por una película de Woody Allen poco conocida, creo que hecha para la televisión, Los USA en zona rusa. Pienso que nos podemos echar unas risas con una trama disparatada en una embajada yanqui en los años de la Guerra Fría, lugar donde se refugian unos turistas que son erróneamente identificados como espías. Yo recordaba que en el film no se mencionaba en qué país del Este transcurre la acción, pero cuando lo veo, en los planos de transición, me encuentro con el inconfudible -al menos después de una temporadita aquí- “skyline” de Praga. Los que me acompañan no acaban de creerse que sea una casualidad, piensan que he escogido la película por su anécdota praguense, pero no, simplemente ha ocurrido.
La cosa no acaba aquí. Pienso que otra película cuyo visionado compartimos y que de entrada nada tiene que ver con Chequia y Praga es La invención de Hugo, homenaje de Martin Scorsese al pionero Georges Méliès, y a investigadores del cine representados en el ficticio estudioso René Tabard. Pero resulta que en el Callejón del Oro del Castillo de Praga, donde vivieron alquimistas y el inevitable Franz Kafka, me encuentro con una pequeña vivienda que habitó Josef Každý, cuyo nombre no me dice nada, pero que resulta ser un archivista y preservador de películas, cuya intervención habría sido esencial para salvar algunas películas y filmaciones checas de los primeros tiempos. Cuando uno me pregunta si el uniforme del inspector de la estación al que da vida Sacha Baron Cohen lo ha diseñado el mismo artista que hizo los uniformes de la guardia real del Castillo de Praga, pienso que si así fuera sería demasiado. Lo investigo, pero no, se ha ocupado Sandy Powell, y no el checo Theodor Pistek.
