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Ludovic Bernard, director de “La clase de piano”

Nadie mejor para hablar de una película que su director. El realizador Ludovic Bernard explica el origen del proyecto, su enfoque de la historia, la búsqueda de actores…

 

¿Cómo nació este proyecto?

De la manera más sencilla: estaba en la estación de Bercy esperando el tren y escuché a un joven tocando el piano. Y era un joven que, a primera vista, no parecía en absoluto ser alguien afín a la música clásica, pero estaba tocando un vals de Chopin de manera excelente.

Fue un momento mágico. Había bastante gente escuchándole. Me subí al tren y me puse a escribir sobre el pasado y el futuro de ese joven, preguntándome cómo habría podido aprender a tocar así de bien. Así fue cómo nació la película. Y la historia la trasladé a la Estación de París Norte.

Luovic BernardEn la película, hay un acto de fe y declaración de amor hacia la música clásica. ¿Es un estilo que le apasiona?

Sí, totalmente. Escucho mucha ópera, especialmente Tosca, en bucle. También me encantan las sinfonías de Mozart y escucho mucho piano porque me apasiona Chopin. Cuando trabajo en casa, me gusta ponerme música clásica: me fascina, me invade y me emociona de una forma inigualable. Cuando necesito escribir guiones, me pongo buena música, que suele ser instrumental, porque busco la emoción más pura, la más intacta y la más fuerte. La música clásica me transforma: es, de lejos, un personaje más de la película en tanto en cuanto es un pilar central y muy presente. Pero en el montaje había que aplicar la dosis adecuada de música de piano en el resultado final. Fue un trabajo complicado. En las primeras versiones, la música estaba demasiado presente y comprimía la película, ahora hemos encontrado la medida exacta.

El personaje de Pierre ve en Mathieu algo más que un prodigioso pianista, ¿quizá un hijo adoptivo?

Hemos trabajado mucho en el desarrollo de los personajes: no queríamos solo un protagonista, sino tres. Quería diseñar un triángulo entre Mathieu, Pierre y la condesa. Al final de la película, los tres se “salvan”, cada uno aporta algo al otro y sus historias pueden desarrollarse de otra manera. Por ejemplo, Pierre tiene un pasado muy doloroso y se libera del peso que le imponía su vida, y encuentra la felicidad. Lo mismo para Mathieu, que aprende disciplina y todo lo que necesita un gran pianista. Respecto a la condesa, consigue comprender a un joven tan diferente, pero que posee esa chispa que a ella le falta. Ella, admitiendo su propio fracaso en el concurso, le revela sus errores y redescubre una humanidad que le permite llevar a Mathieu al éxito.

A través de la película, habla del don y de la entrega...

En el guion inicial, había mucho rechazo por parte de Mathieu: rechazo en los obstáculos, rechazo para trabajar y para ser disciplinado, rechazo en la confianza en sí mismo y en los demás. Mathieu es el típico chico que nunca se atrevería a levantar la mano para hablar en clase y que se sentaba por detrás. Y tenía que estar muy bien acompañado para aprender a no tenerle miedo a los demás, a entender que posee un don, a dejar los prejuicios.

Recuerda a Billy Elliot...

Es una inspiración. Pero más bien El indomable Will Hunting es la película que más me ha inspirado. Es también una película sobre la transmisión en la que tres personajes se salvan los unos a los otros, se ayudan mutuamente. Para mí, de nuevo, fue una revelación cuando en la estación vi a aquel joven tocando Chopin. El mundo de la música clásica y de los barrios marginales están tan alejados que Mathieu tuvo mucha suerte al encontrarse con Pierre: él descubre todo su talento innato, se obsesiona y vuelve a la estación para verlo cada día.

La clase de pianoTambién es una bonita historia de amor...

No concibo una película sin una historia de amor. Pero es importante que rompan prejuicios. Por eso quise darle la vuelta al cliché y hacer que Anna, negra, viniera de un mundo más rico. Esa pareja recuerda también a las teclas blancas y negras del piano. Tenía en mente esa simbología y el deseo de sorprender a lo que solemos pensar habitualmente sobre la diversidad.

¿Cómo se llevó a cabo el casting?

Para interpretar a Mathieu, el proceso fue largo: al principio quería alguien joven, pianista de verdad. Conocimos a más de cincuenta jóvenes entre 25 y 30 años que tocaban el piano, pero ninguno me proporcionaba esa alma, la chispa que buscaba. La directora de casting, Nathalie Chéron, y yo decidimos cambiar la edad: me interesaba más encontrar un chaval que no fuera un niño ni tampoco un adulto, ya que un adolescente conmueve más. No encontramos ningún pianista. Pero cuando conocí a Jules Benchetrit, noté un magnetismo inmediatamente.

Kristin Scott Thomas y Lambert Wilson interpretan a los otros dos protagonistas.

Escribí a la condesa pensando ya en Kristin Scott Thomas y en nadie más. Tuve la inmensa suerte de que nos dijera que sí en cuatro días. Solo podía pensar en ella: hace años vivía en Inglaterra y me encantaba el rigor de los ingleses, su manera de ser, todo lo que aportan... Ella tiene una sensibilidad muy profunda y subo encarnar perfectamente la doble personalidad de la condesa. Mientras escribía a Pierre, también pensaba en Lambert Wilson. Tiene muchísima humanidad y es un actor con mucho talento. Su interpretación me ha dejado a cuadros. Sobre todo, hay una escena increíble cuando le habla a Mathieu al oído después de tocar una pieza de Liszt: nos puso la piel de gallina.

¿Cuáles eran sus intenciones para la banda sonora de la película?

Quería que acompañara las secuencias: hemos trabajado muy duro antes de conseguir lo que buscaba, sobre todo en la escena de la carrera, en la que Mathieu intenta llegar a la sala Gaveau, y en la música de las escenas de Nueva York. Quería mucha emoción y, en mi opinión, nunca hay la suficiente: la música tiene que llegar hasta el alma. Si no siento eso, no estoy satisfecho. La música ha de emocionar en los niveles más altos. Algunas secuencias son bastante fuertes sin música, pero una ligera nota lo cambia todo y resalta la emoción. Todo eso es obra del talento de Harry Allouche, un joven compositor excepcional.

Por ejemplo, para la carrera final yo quería muchos cambios de ritmo: quería que la música iniciara con un tempo más largo, después que salte frenéticamente cuando Mathieu se lanza a correr rápidamente hacia su destino. Encontrar ese ritmo sin olvidar la emoción y unirla a mi guion y a mi propio universo musical. Hasta los más inexpertos son sensibles ante la música clásica: a todos nos atrapan tres notas de Chopin que recogen un sentimiento de emoción infinita.

 

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