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Entrevistas

Directora de "La niña de la cabra"

Ana Asensio: “Los padres de ahora sufrimos mucho más que los de los 80”

En su segunda película como directora la madrileña Ana Asensio cuenta la historia de una niña de ocho años ambientada en la década de los 80. Estuvimos con la directora de La niña de la cabra y con el actor Javier Pereira con motivo de la presentación de la película.

Ana Asensio: “Los padres de ahora sufrimos mucho más que los de los 80”

¿Cuánto hay de autobiográfico en la película?

Ana Asensio: La esencia de Elena es la esencia de Ana de pequeña. Una niña que a los 8 años se empezaba a preguntar cuestiones existenciales, como la muerte, Dios, el más allá. Eso es lo más autobiográfico de La niña de la cabra. Y la otra parte que en que me he nutrido de mi experiencia es que yo crecí en un barrio obrero de las afueras de Madrid. Y allí, bueno, venían los gitanos con la cabra y yo los veía desde mi ventana. Todo lo demás es una construcción ficticia.

¿Cómo te implicaste en el proyecto?

Javier Pereira: Empezamos por el casting, pero, bueno, Ana y yo ya nos conocíamos desde hace tiempo y habíamos trabajado juntos. Lo importante era lo primero, la niña, Alexia, que costó mucho encontrar. Es una maravilla la energía que tiene. Y a partir de ahí, pues la cosa fue buscar a los padres y así fuimos creando esa familia que yo creo que es muy típica de esa época, de los 80. El marido taxista y la mujer que se siente sobrepasada y cargada de cosas y se tiene que desahogar con alguien.

Ana Asensio¿Qué es lo que quieres transmitir con tu película? Porque lo que se percibe es que la niña abre los ojos al mundo, digamos, y lo va mezclando todo...

A.A.: Exactamente. Quería mostrar cómo piensa y ve el mundo un niño. Desde lo sensorial, desde la relidad puramente de las dimensiones, cómo las cosas se ven diferentes y se perciben diferentes. Por eso hemos utilizado la cámara buscando esas perspectivas de la mirada de la niña, literalmente. O sea, quería mostrar ese mundo desde lo sensorial hasta lo psicológico. Los niños a veces no están tan seguro de si algo es verdad, de si algo es real o es de su imaginación. Porque creo que en la infancia, hasta cierta edad, se mezcla la imaginación y la realidad. De ahí que los niños tengan tantos miedos. Todo se lo creen, piensan que las cosas están pasando realmente. Los monstruos y todo eso. A lo mejor durante el día no piensan tanto en ellos, pero por la noche los monstruos vienen a la habitación y están por ahí. Hasta cierta edad es así.

Al hilo de lo que dices, los padres tienen otros miedos. ¿Piensas que hacen bien los padres de la película prohibiéndole a la niña ciertas amistades?

A.A. Como creadora de la historia, prefiero no dar opiniones. Pero lo que he querido plasmar es como la intolerancia de los adultos se transmite a los niños que están empezando a crear sus propios valores. Y que ellos a lo mejor no ven las diferencias. Se guían por un instinto de atracción hacia otros porque ven algo, sienten algo especial entre ellos. Y creo que somos los adultos los que apuntamos las diferencias y empezamos a marcar a nuestros hijos desde demasiado pequeños.

Una amistad a los 10 años ¿puede durar para toda la vida?

A.A.: A veces sí, a veces no. Yo, por ejemplo, tengo una amiga desde los 8 años. Y sigue siendo mi amiga del alma, a nuestra edad. Pero de las demás, no sé nada, no las he vuelto a ver, ni me acuerdo de ellas.

¿Compartes la visión de los 80 que da Ana?

J.P.: Sí, creo que la película transmite muy bien la inocencia, la infancia, el hacerse preguntas. Creo que lo hace desde un lado muy bello y muy onírico, se puede decir que incluso poético. Pienso que es una peli diferente, muy original y que tiene una manera de entretener pero también de hacerte pensar un poco. Es una peli poética para mí.

Mi percepción de la película es que da una visión de los 80, no diría triste, pero sí un poco plana, un poco opresiva.

A.A.: Es lo que recuerdo. Recuerdo que la televisión transmitía noticias que a mí me agobiaban. Ahora seleccionamos qué ven los niños. De hecho, hasta tienen su propia pantalla. Pero antes el mundo de los adultos estaba mezclado con el de los niños. Y esas noticias de la televisión las estaban escuchando los padres, pero también los niños. Yo me acuerdo que a mí me agobiaba muchísimo el tema de ETA. También me agobiaba muchísimo, aunque no lo he sacado en la película, que sacaran siempre los niños de Etiopía muertos de hambre a la hora del mediodía. Yo me tenía que acabar las lentejas, y ¿cómo no te vas a acabar las lentejas si estás viendo a esos niños con esas tripitas?

En mi infancia, temblaba con las pesadillas de por la noche, las películas que se ponían en la tele, los ruidos del vecino de arriba. Las vidas se filtraban en esos apartamentos y yo era sensible a estas cosas. Y luego estaba la religión, la iglesia, el Cristo crucificado. Es que una imagen muy fuerte, pero que la normalizábamos de pequeños. Pero es una imagen fuerte ver a un Cristo. Yo me acuerdo que mi catequista era un señor con el pelo teñido muy negro. Es decir, ahora entiendo que se lo teñía, pero entonces pensaba que tenía 100 años y el pelo tan negro, tan negro... Y la sotana siempre tan impoluta, y ese olor a colonia... Los olores no los he podido transmitir. Y las habitaciones con ese papel que absorbía toda la luz de las casas. En fin, que para mí, sí, pienso que viví una infancia que tenía un punto de opresión.

También se percibe en la película una gran distancia entre padres e hijos. ¿Piensas que algo ha cambiado ahora?

A.A. Creo que ahora tenemos más conciencia de que los niños son sensibles a cierta información. Sobre todo cuando son muy pequeños. Pienso que estamos muy centrados en que la primera etapa de la infancia estén muy protegidos. Y creo que a cierta edad les echamos a los perros con los teléfonos móviles. Por un lado tenemos más conciencia y por otro lado estamos tan asediados por la tecnología que es casi imposible proteger a tu hijo de ciertas cosas que están ahí. Somos conscientes. Sufrimos mucho más que los padres de entonces.

Los padres de antes estaban más en las cosas su vida, en sus preocupaciones, sus trabajos. No había tanta conciencia de cómo el niño se sentía. Ahora nos preocupamos mucho de cómo se siente. ¿Lo hacemos mejor o peor? Pues no lo sé. Al menos somos conscientes. Pero creo también que la sociedad asedia tanto con ciertas cosas que a veces no encuentras la manera de proteger a tu hijo. En concreto, yo lo siento con mi hijo de 9 años. Hay una invasión social de que todos tienen que ver ciertos videojuegos y, si no, excluyen al niño.

También tu personaje, Javier, es de alguna manera un padre ausente. Está siempre trabajando...

J.P. Generalmente en esa época creo que los padres se escudaban en su trabajo. Tendrían que dedicar más horas, supongo, no sé cuál es el motivo. Pero si es verdad que se escudaban en el trabajo y al llegar a casa desconectaban y se tenía que encargar de todo la mujer. Y tampoco tenían la sensibilidad de poder hablar con su hijo, de mostrarle cariño, de decirle te quiero. ¡Anda que no habrá habido padres de esa generación que no han dado un abrazo y han dicho te quiero al hijo! Con sus consecuencias después. El no poder expresar los sentimientos era muy común en ese tipo de hombres. También mi personaje no ha visto mucho mundo, no tiene mucha cultura y su vida ha sido trabajar doce horas en el taxi y traer dinero a casa. Y eso, pues claro, finalmente crea una distancia con su mujer y su hija.

En cuanto a lo que sucede hoy en día, pienso que la paternidad ha cambiado mucho también. Para mí ahora se sobreprotege demasiado a los hijos y a las hijas. Antes poco y ahora demasiado. Nos hemos ido al otro extremo.

Háblame un poquito de la actriz protagonista...

A.A.: Su madre vio el anuncio, hizo una grabación y luego ya vino al casting presencial. Y bueno, solo su mirada, cómo ella recibe la información, la procesa, la entiende y reacciona, es impresionante. Tiene una inteligencia emocional que es superior a la de muchos adultos. Eso por un lado y, por otro lado, haciéndole algunas preguntas vi claro que ella era Elena, pero en la profundidad de su esencia. Cuando le pregunté si había hecho la comunión, dijo que no, que todavía tenía siete añitos. Le pregunté, pero ¿tú la quieres hacer? Dijo que sí. ¿Y por qué?, le pregunté. Porque quiero probar la Hostia, me contestó. Ninguna otra niña de las 300 a las que pregunté había respondido eso. Todas contestaron que por el vestido, por la fiesta, porque es un día especial. Ninguna se estaba planteando qué significa eso a un nivel más espiritual, ¿no? Y ella sí, con siete años. Para mí eso fue clave.

Y el modo de narrar, ¿les dejaste algo de improvisación?

A.A. Casi el 90% estaba escrito. Lo que sí que hicieron es decirlo a su modo. Y teníamos que evitar que se deslizaran expresiones de nuestros días, que se revelara que antes no decíamos ciertas palabras. Alguna cosilla improvisada surgió, no demasiadas por desgracia, porque el rodaje fue muy apretado, pero alguna escena surgió espontánea de ellas y gracias a Dios la pudimos capturar en cámara. De hecho, para mí los momentos más brillantes son los que han salido así, pasajes que ni siquiera eran hablados, con gestos de ellas, con acciones que aparecieron solas y ojalá hubiera habido mucho más de eso, pero no pudo ser.

¿Cuáles son vuestros próximos proyectos?

A.A. Ahora estoy escribiendo otro guión para el que espero que sea mi tercer largometraje. Y también trabajo con el desarrollo de una serie que no sé si se llegará o no a puerto. Y como actriz estoy rodando otra vez después de muchos años. Es un papel en una serie española para Netflix.

J.P. Tengo por estrenar El instinto, una película que llegará a los cines el 16 de mayo. Y además he rodado La tregua, que también está por estrenar. Y en el teatro trabajo todas las noches, de miércoles a domingo, en los Luchana, en una comedia francesa muy divertida. Estoy en racha.

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