Gonzaga Manso debuta en el largometraje con “Dos días”, una película protagonizada por Saturnino García, que a primera vista podría parecer una historia pequeña, pero de esas que acaban creciendo por dentro y haciendo ruido cuando sales de la sala.
El punto de partida es tan sencillo como potente: un médico de 89 años que, a pesar de que la memoria empieza a jugarle malas pasadas, decide embarcarse en una travesía de pesca con un amigo de toda la vida. Una excursión que suena a plan entrañable… hasta que uno recuerda que el mar no es precisamente un centro de día con olas.
En conversación con Juan Luis Sánchez, Gonzaga Manso repasa cómo levantó Dos días, una historia que habla de amistad, del paso del tiempo y de esa vejez que no siempre llega como en los anuncios de yogures, con gente feliz haciendo tai chi al amanecer. Aquí hay algo más humano, más torpe, más real. También comenta el esfuerzo del rodaje en el mar, ese lugar maravilloso donde todo es poesía hasta que intentas mantener una cámara estable y no perder el estómago en el intento. El director insiste en la importancia de la emoción en cada plano, de no dejar que la historia se esconda detrás de artificios. Y el resultado ha encontrado respuesta en el público, que ha premiado la película en el Festival de Málaga, confirmando que, cuando se habla de lo universal, no hacen falta grandes artificios.
Detrás del proyecto late la sensación, bastante común, de no haber estado todo lo que uno debería con quienes nos cuidaron. Como si la vida fuera una llamada perdida que solo miramos cuando ya es demasiado tarde para devolverla. El director explica que quiso abordar el envejecimiento sin caer en el lamento fácil ni en la postal melancólica, sino desde una mirada más abierta, más cercana y, sobre todo, más amable con el espectador. Nada de hacer sufrir por sistema, sino de acompañar, que ya bastante tiene cada uno con sus propias cuentas pendientes.
En ese enfoque pesa mucho la experiencia personal. Gonzaga Manso reconoce que la película nace de su propio abuelo y de ese momento incómodo, bastante universal, en el que hijos y nietos descubren que la vida no solo pasa… sino que además corre. Y no precisamente despacio. La culpa aparece entonces como una emoción silenciosa, de esas que no hacen ruido pero ocupan mucho espacio.
