Tercera jornada del Festival 4+1 organizado por la Fundación Mapfre. De nuevo se nos regaló una nutritiva ración de cine de autor donde el plato fuerte -y sanguinolento- lo puso el japonés Takeshi Kitano.
Resulta curioso, pero el último film del nipón Takeshi Kitano, que compitió en Cannes en 2010, no ha llegado nunca a las pantallas de los cines españoles, y eso que en los últimos tiempos el cine de autor solía encontrar quien le distribuyera. Sea como fuere, Outrage nos devuelve al Kitano violento que se sumerge en el mundo de la mafia japonesa, las yakuza, empleando la humorada negra. Casi el argumento es lo de menos, en el fondo parece que Kitano nos está tomando un poco el pelo, y en efecto el personaje que él mismo interpreta a veces luce una sonrisa irónica, como diciendo, “vaya broma, ¿eh, amigos?”.
Lo que Kitano nos cuenta es más o menos lo siguiente: el jefe de una yakuza se ha hermanado con otra familia yakuza, lo que no acaba de agradar al gran jefe las yakuza. Para colmo, la familia “intrusa” ha ofendido a una familia pretendiendo cobrar una cantidad exorbitada a unos de sus miembros por disfrutar de los servicios de un club de alterne. A partir de aquí empiezan a pagarse las deudas de honor con la mutilación de dedos -tremenda la escena del corte con cutter- y todo tipo de salvajadas, las venganzas y la lucha por alcanzar o mantener el poder se revelan terribles.
Aunque se pretenda una especie de caricatura, el film es definitivamente excesivo y embrutecedor. Se reconoce, sí, a un director estiloso, con algunas ideas graciosas -el casino en la embajada de un país africano es la más efectiva-, pero que no acaba de encontrar el necesario -también en una película de este tipo- equilibrio.
De Serbia se pudo ver Tilva Ros, que sigue a unos jóvenes desocupados, matando el tiempo en verano. Por supuesto todos hemos pasado por la adolescencia, época en que a veces se cae en la insensatez y el desatino, por lo que podemos empatizar con los chicos protagonistas. Pero lo que nos pinta Nikola Lezaic resulta un poco desolador, con esos muchachos desorientados y vacíos, sin ilusiones en la vida, que se autoinfligen daño de un modo morboso, y toman vídeos y fotos de sus absurdas experiencias con el teléfono móvil, al más puro estilo del Jackass de Johnny Knoxville y compañía.
El tema de la inmigración y la convivencia entre culturas diversas, abordado de un modo muy particular, se aborda en Morgen, de la rumana Marian Crisan. Para completar el día, se proyectó Chantrapas del director georgiano Otar Iosseliani, que sigue las vicisitudes de un director de cine en la antigua Unión Soviética, que se las ve y se las desea para poder hacer el cine que desea. Una situación no ajena a la experiencia del propio Iosseliani, que se exilió a Francia en la década de los 80.
