Para muchos es el autor de un libro, aunque escribiera otros, casi como el caso de Umberto Eco y “El nombre de la rosa”. Milan Kundera ha pasado a la inmortalidad literaria gracias a “La insoportable levedad del ser”, una obra que no sería posible sin sus personales coordenadas existenciales.
Nacido en la ciudad checa de Brno en 1929, en el ámbito de una familia dedicada a la música, Milan Kundera estudió primero en la Universidad de Carolina literatura y estética en Praga, y luego historia de cine en la misma ciudad. Al bagaje de su formación profesional se sumó la experiencia de la Segunda Guerra Mundial a muy temprana edad y a la instauración del régimen comunista en su país. Aunque afiliado al partido, su heterodoxia le llevó a ser expulsado, con su compañero Jan Trefulka. La ilusión compartida con otros compatriotas de la Revolución de Terciopelo se fue al traste, y acabaría exiliado en Francia en 1975. Adquiriría la ciudadanía francesa, y sólo muy tardíamente, en 2019, recuperaría la checa. Casado con Vera Hrabankova desde 1967, han permanecido juntos hasta la muerte de él.
Sus conocimientos de cine permitieron que él mismo se ocupara de adaptar a pantalla, firmando el guión, La broma, en 1968, en su país, con dirección de Jaromil Jires. No era nada acomodaticia con el régimen imperante, no es de extrañar que tuviera que salir de su patria, y luego en Francia firmaría en 1979 el guión de Una mujer singular, junto a Costa-Gavras, también director.
Pero desde luego la película con la que más se asocia a Kunderas, es la que traslada a la pantalla su obra más popular, y no por ello más sencilla, La insoportable levedad del ser, de Philip Kaufman, y que consiguió dos nominaciones al Oscar, al guión y a la fotografía. En clave profundamente pesimista al ver la nula importancia del individuo ante la inmensidad del universo, describía un tórrido triángulo amoroso alrededor de la Primavera de Praga, un médico interpretado por Daniel Day-Lewis, mantenía relaciones con dos mujeres, a las que dieron vida Juliette Binoche y Lena Olin.
Eterno candidata a un Premio Nobel que nunca le concedieron, su última novela, “La fiesta de la insignificancia”, da pistas acerca de una visión deprimente de la condición humana que no varió significativamente. Aseguraba que “los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también”.
