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In memoriam

Trabajaba en una nueva película histórica

Fallece Tony Gatlif, la voz del cine gitano, a los 77 años

Tony Gatlif, uno de los principales representantes de la cultura gitana en el cine, ha fallecido este miércoles en Arlés, en el sur de Francia, a los 77 años, según ha confirmado este viernes su familia. El director, guionista y compositor murió por un problema de salud mientras trabajaba en un film histórico.

Fallece Tony Gatlif, la voz del cine gitano, a los 77 años

Nacido como Michel Dahmani el 10 de septiembre de 1948 en Argel, entonces territorio francés, Tony Gatlif, era hijo de padre bereber cabilio y madre andaluza de origen gitano. Llegó a Francia en 1960, tras la guerra de independencia argelina. Durante su adolescencia en Francia descubrió el cine casi como una revelación. Un profesor llevó a su colegio un proyector de 16 milímetros para mostrar películas a los alumnos y Tony Gatlif quedó fascinado por las posibilidades de aquel arte. Pero su llegada a Francia no fue precisamente un camino de rosas. Vivió una etapa de extrema precariedad, llegó a delinquir y pasó temporadas durmiendo en las calles de París. Los cines de los Grandes Bulevares se convirtieron en algunos de sus refugios. El futuro director comenzó así a conocer de primera mano ese universo de personas que sobreviven fuera de los márgenes de la respetabilidad burguesa que después aparecería repetidamente en sus películas.

En 1966 se produjo un encuentro decisivo. Después de asistir a una representación teatral de Du vent dans les branches de sassafras, Tony Gatlif consiguió entrar en el camerino del veterano actor Michel Simon. El joven le contó su historia y Michel Simon quedó impresionado por su personalidad y sus aptitudes. Le escribió una carta a su representante para recomendarlo y aquella intervención abrió a Tony Gatlif las puertas de la profesión. Comenzó entonces a estudiar interpretación y a formarse como actor.

Su debut teatral llegó en 1971, en una obra de Edward Bond dirigida por Claude Régy. Pero Tony Gatlif pronto comprendió que su verdadera vocación estaba detrás de la cámara. Empezó a escribir y convirtió sus propias experiencias de juventud en materia cinematográfica. Su primer guion, La rage au poing, estaba inspirado precisamente en los años de delincuencia y marginalidad que había vivido.

En 1975 dirigió La tête en ruine, su primera película, aunque el film no llegó a tener una auténtica explotación comercial en Francia. Tres años después abordó la guerra de Independencia de Argelia en La terre au ventre, una película en la que ya aparecían algunas de las constantes que acompañarían su cine: la violencia política, la identidad y la rebelión de quienes se enfrentan a un sistema que pretende imponerles su lugar en el mundo.

En 1981 rodó en España Corre, gitano, su primer acercamiento cinematográfico directo a la cultura gitana. Aquella experiencia sería fundamental para su trayectoria posterior. Tony Gatlif encontró en el mundo romaní un territorio artístico en el que podía unir algunas de sus grandes preocupaciones personales: el nomadismo, la libertad, la exclusión social, la identidad y, sobre todo, la música como forma de expresión y de resistencia.

Su consagración llegó con Les princes (1983), retrato de una comunidad gitana instalada en los alrededores de París. La película confirmó su interés por aquellos personajes que viven en los márgenes y que mantienen una relación conflictiva con una sociedad que pretende integrarlos sin dejar de mirarlos como extraños. Tony Gatlif no se limitaba a observarlos desde fuera: su propia condición de emigrante y su experiencia de exclusión contribuían a establecer una relación especialmente personal con sus personajes.

En 1985 dirigió Rue du départ, un drama ambientado en los barrios populares de París y protagonizado por jóvenes que intentan escapar de la pobreza y encontrar una salida a unas circunstancias que parecen condenarlos de antemano. El filme prolongaba así su interés por los personajes marginales y por quienes buscan desesperadamente un lugar al que llamar hogar.

Pero fue la música la que terminó convirtiéndose en uno de los grandes motores de su cine. En 1993 presentó Latcho Drom, una película difícil de clasificar que mezcla documental, ficción, viaje y espectáculo musical para seguir las huellas del pueblo gitano a través de distintos países. Tony Gatlif recorrió cinematográficamente lugares como India, Egipto, Turquía, Rumanía, Hungría, Eslovaquia, Francia y España, mostrando la música como un lenguaje capaz de atravesar fronteras y conectar comunidades separadas por miles de kilómetros.

Latcho Drom sería el primer capítulo de una trilogía dedicada a la cultura romaní que completaría años después. El segundo llegó con Gadjo dilo (1997), uno de sus títulos más celebrados. La película sigue a Stéphane, un joven francés que viaja a Rumanía en busca de una cantante gitana llamada Nora Luca. Su búsqueda musical acaba convirtiéndose en un viaje de descubrimiento cultural y humano. El protagonista es un gadjo, un no gitano, que entra en contacto con una comunidad romaní y debe enfrentarse a sus propios prejuicios y a los de quienes lo rodean.

Tony Gatlif convirtió Gadjo dilo en una historia sobre el choque entre dos mundos, pero también sobre la posibilidad de superar las barreras culturales mediante la música, el afecto y la convivencia. La película consolidó definitivamente su prestigio internacional y le permitió demostrar que su cine podía ser al mismo tiempo profundamente personal, musical y político.

La tercera pieza de aquella exploración de la cultura gitana fue Mondo, con la que cerró el recorrido iniciado en Latcho Drom y continuado en Gadjo dilo. A lo largo de su carrera, Tony Gatlif siguió regresando a los temas que habían marcado su vida: el exilio, la inmigración, el racismo, la pobreza, la identidad y la libertad. Sus protagonistas suelen ser personajes que no terminan de encajar en ninguna parte, individuos que viven en movimiento y que encuentran en la música una manera de afirmar quiénes son.

Su cine se caracterizaba por una combinación muy particular de ficción y realidad. Tony Gatlif trabajaba con frecuencia con intérpretes no profesionales y concedía una importancia fundamental a la música, hasta el punto de que muchas de sus películas parecen construirse alrededor de ella. El flamenco, la música romaní, las tradiciones árabes y otras formas musicales populares funcionan en sus obras no como simple acompañamiento, sino como parte esencial de la narración.

Esa mirada alcanzó también a otros colectivos de inmigrantes y marginados. En Exils (2004), por ejemplo, convirtió el viaje de dos jóvenes por España y el norte de África en una búsqueda de identidad y de las propias raíces. La película obtuvo el premio al mejor director en el Festival de Cannes. Posteriormente continuó explorando las relaciones entre culturas, la inmigración y la marginalidad en títulos como Transylvania, Liberté o Geronimo.

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