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"Sydney Pollack", de Rubén Ordieres
Sydney Pollack (Rubén Ordieres, Cátedra, Signo e imagen/Cineastas, 429 págs)
Sydney Pollack es un cineasta al que nadie en su sano juicio puede negar una serie de logros fílmicos que han pasado a la historia del cine, el mayor de ellos tal vez la oscarizada Memorias de África, esa feliz traslación a la pantalla de los recuerdos de Isak Dinesen, con la memorable música de John Barry, y unas grandísimas interpretaciones de Meryl Streep y Robert Redford. Pero también existe una sensación, bien aposentada entres los seguidores de la teoría del autor, de que estaríamos ante un simple y correcto representante del “establishment” hollywoodiense, correcto artesano capaz de entregar película “aseaditas”, pero sin una acusada personalidad ni auténticas obras maestras. Por eso resultan necesarias obras como ésta de Rubén Ordieres, que nos refresca la memoria y pone en valor a un gran director.
Sobre el cineasta nacido en Indiana, el autor nos señala dos momentos clave en su trayectoria: sus estudios en la Neighborhood Playhouse neoyorquina, bajo los auspicios de Sanford Meisner, y el encuentro con el actor que más presencia tuvo en su filmografía compuesta por una veintena de películas, Robert Redford. Por supuesto que tienen su importancia otras personas que se cruzan en su camino, como Burt Lancaster, o la experiencia televisiva, pero es esa formación actoral la que le servirá, no sólo para componer algunos personajes él mismo, sino para llevar a cabo una eficaz dirección de actores, y fijar una atención principal en la descripción de las relaciones humanas en sus películas. Aunque la comparación con actores-directores como el propio Redford y Clint Eastwood no me parece que encaje exactamente con el caso Pollack, sí es cierto que éste tenía como aquellos esta perspectiva actoral a la hora de dirigir; y tiene su sentido ese empeño de Dustin Hoffman, muy del Método, en que su director interpretara a su agente en Tootsie, una complicidad con el actor que debe hacerse pasar por mujer para poner en movimiento su carrera.
Tras poner al lector en situación de conocer sus antecedentes familiares y profesión, Ordieres hace el clásico repaso pormenorizado, película a película, de la obra de Pollack, donde se advierte que convive un sentido comercial, de llegar al gran público, con una gran decencia estética y de intereses personales, sobre todo en la apuntada descripción de relaciones, muchas veces de pareja, a veces con dilemas éticos de entidad (Ausencia de malicia), otras con el añadido vibrante del tono de thriller (Los tres días del cóndor, La tapadera), la crítica social (Danzad, danzad, malditos) o la preocupación por la naturaleza (Las aventuras de Jeremiah Johnson). Pollack logró tejer además una serie de relaciones con personas con las que se entendía bien (además de Redford, el compositor Dave Grusin, el director de fotografía Owen Roizman, el guionista David Rayfiel) y llevar a cabo una tarea de productor con cineastas de la talla de Anthony Minghella.
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