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Biografía

Anthony Minghella

Anthony Minghella

54 años ()

Anthony Minghella

Nació el 06 de Enero de 1954 en Ryde, Isle of Wight, Inglaterra, Reino Unido
Falleció el 18 de Marzo de 2008 en Londres, Reino Unido

Premios: 1 Oscar

El artesano talentoso

24 Marzo 2008

Anthony Minghella, director de El paciente inglés y El talento de Mr. Ripley, falleció el 18 de marzo a los 54 años. El cineasta británico, que obtuvo el Oscar al mejor director por El paciente inglés, sufrió una fatal hemorragia desencadenada después de una operación, a la que se sometió para intentar detener el cáncer de amígdalas que sufría desde hace algún tiempo. Era un artesano preciosista, que se distinguía por la cuidadosa ambientación de sus trabajos, fidelidad a sus fuentes literarias, ritmo relajado, y una visión pesimista de la vida. Su desaparición ha causado una enorme conmoción en Gran Bretaña, pues desde 2003 era el director del British Film Institute.

Nacido el 6 de enero de 1954, en la Isla de Wight (Gran Bretaña), Anthony Minghella era hijo de una mujer escocesa y de un italiano, propietario de un bar, que procedía de una familia conocida por su fábrica de helados. De niño entabló una gran amistad con el proyeccionista del cine local, que acabó dejándole entrar gratis a las proyecciones, lo que al parecer fue clave para que se fraguara su vocación como cineasta. Tras licenciarse en Literatura por la Universidad de Hull, al norte de Inglaterra, durante una temporada ejerció como profesor universitario. Desde muy joven, escribía obras teatrales y musicales, y acabó pidiendo un crédito para rodar un film sobre la experiencia vital de su abuela italiana, pero el proyecto se fue al traste, y el joven Minghella tardó nueve años en devolver al banco lo que adeudaba. Mientras, trabajaba como profesor de teatro, hasta que su primer montaje en los escenarios, ‘Whale Music’, se convirtió en un éxito, y desde entonces no pararon de lloverle ofertas para trabajar como director teatral y televisivo. Pasó la década de los 80 elaborando episodios televisivos de series como El cuentacuentos, creada por Jim Henson.

Intentó probar fortuna en el cine, primero como guionista, por lo que preparó adaptaciones de algunos de sus textos teatrales. Como ningún director se decidía por filmar este material, decidió dar el paso de convertirse él mismo en cineasta. Con financiación del canal privado Channel 4 logró sacar adelante su primer largometraje, el drama romántico Truly Madly Deeply, que triunfó prácticamente sólo en Gran Bretaña. Más repercusión tuvo su segundo trabajo, El paciente inglés, adaptación de una exitosa novela de Michael Ondaatje que obtuvo la friolera de 9 Oscar, incluido el de mejor película. El propio Minghella lo ganó como director, aunque se le escapó el relativo al guión adaptado, categoría en la que también había sido nominado. Desde entonces, el británico se dedicó a preparar minuciosamente sus proyectos, pues dirigía aproximadamente un film cada tres años. Adaptó El talento de Mr. Ripley –a partir de la novela de Patricia Highsmith– y Cold Mountain –basada en un texto de Charles Frazier–. Por contra, su último trabajo estrenado en cines, Breaking and Entering, se basaba en un guión original escrito por él mismo. En estas tres películas le dio un papel destacado a Jude Law, que se convirtió en su actor fetiche.

En la Universidad, Minghella había conocido a la coreógrafa Carolyn Choa, que acabó convertida en la mujer de su vida. Fruto de su matrimonio nacieron dos hijos, Hanna –que trabajó con su padre como asistente de producción de El talento de Mr. Ripley– y Max, actor que protagoniza Ágora, la nueva película de Alejandro Amenábar. Y es que los Minghella llevan el cine en la sangre, pues dos de los hermanos del cineasta, Edana y  Dominic, se dedican a escribir guiones. En el momento de su muerte, Minghella deja pendiente de estreno la producción televisiva The No. 1 Ladies Detective Agency, episodio piloto de una serie que se basa en la novela de Alexander McCall Smith, sobre mujeres detectives. El director no pudo terminar su episodio de New York, I Love You, film colectivo en la línea de Paris, je t’aime.

Oscar
1997

Ganador de 1 premio

Filmografía
New York, I Love You

2009 | New York, I Love You

Película homenaje a la ciudad de Nueva York, concebida por el mismo artífice de Paris, je t'aime, el productor Emmanuel Benbihy. Consta de once segmentos, dirigidos por diez directores distintos, y el gran logro con respecto al precedente –pues se conserva la idea de una buena 'plantilla' de actores y directores– es una maravillosa unidad, podría llegar uno a creer que la película completa ha contado con una sola persona dirigiendo, en la línea de películas corales como Magnolia. Puede cambiar el momento del día -mañana, noche-, el marco geográfico, los personajes, pero hay un algo, el alma podríamos decir, que da prodigiosas vida y cohesión al conjunto. Lo que no quita para que haya pasajes sencillamente memorables, frente a otros más ligeros, a veces pequeñas bromas, pero siempre insertadas con inteligencia.   Entre las pequeñas historias sobresalen tres: la de Shekhar Kapur, de aire mágico, sobre una anciana cantante de ópera dispuesta a suicidarse en el hotel que se alojó antaño, con maravillosas interpretaciones de Shia LaBeouf, Julie Christie y John Hurt; la de Fatih Akin sobre un pintor, Ugur Yücel, fascinado con una joven oriental, Shi Qi; y la de Joshua Marston, con soberbios trabajos de Eli Wallach y Cloris Lechman, que dan vida a un matrimonio cascarrabias pero profundamente enamorados tras más de 60 años casados. Pero tienen también interés por supuesto las de Jiang Wen –un juego entre ladrones, Andy García y Hayden Christensen–, Mira Nair –la relación entre una judía a punto de casarse, Natalie Portman, y el hindú propietario de una tienda compuesto por Irffan Khan–, Shunji Iwai –la singular relación telefónica entre un compositor de bandas sonoras de anime, Orlando Bloom, y su productora, Christina Ricci–, Yvan Attal –que tiene dos historias, la de dos curiosos intentos de ligue, Ethan Hawke con Maggie Q, y Chris Cooper con Robin Wright Penn–, Brett Ratner –el baile de graduación de una chica en silla de ruedas, que involucra a James Caan, Anton Yelchin y Olivia Thirlby–, Allen Hugues –dos amantes ocasionales, Drea de Mateo y Bradley Cooper, van a reencontrarse– y Natalie Portman –un tipo, Carlos Acosta, pasea por Central Park con una niña–. El motivo amoroso está presente en las tramas, hay sorpresas y giros ingeniosos, y llama la atención como se inserta el tema de la sexualidad omnipresente en la sociedad actual, pues en muchas, aunque haya algún apunte grosero, hay una cierta crítica indirecta a este hecho. Resulta muy inteligente además el uso de un personaje con una cámara de vídeo, cuya presencia cobra sentido al final del film de un modo muy original y bello, broche perfecto a una gran película.

7/10
Nine

2009 | Nine

  En su segunda película musical el director norteamericano Rob Marshall vuelve a usar material existente para trasladarlo a la pantalla con su sello personal. La cosa le salió redonda con la epatante Chicago (2002), que cosechó seis Oscar, entre ellos el de mejor película, pero los resultados, aunque buenos, no son tan óptimos en el musical que nos ocupa. Marshall parte de un argumento verdaderamente arriesgado, el musical de Broadway “Nine”, adaptación a su vez de, nada más y nada menos, que el guión de Fellini 8 y 1/2, al que modifica y moderniza en algunos aspectos, aunque conserva la esencia e incluso repite escenas y diálogos originales. La trama, como es sabido, habla de un cineasta que se encuentra a punto de rodar su siguiente película. Se trata se Guido Contini (Anselmi en la versión felliniana), a quien todos llaman “maestro” y que es reconocido en todo el mundo como un genio cinematográfico. Pero ahora Guido tiene una crisis creativa aguda y no sabe qué contar. Está desesperado. No hay guión, ni asomo de él, y en su maremágnum interior lo único de lo que es capaz es de recrear en su cabeza imágenes de sus deseos, coreografiadas representaciones que continuamente imagina y a las que no puede sustraerse, ensoñaciones con bellas mujeres que le rodean, que cantan y bailan y que él mezcla con los recuerdos de infancia que han marcado su vida. Una vida real que ahora se está tambaleando, pues su mujer, Luisa, ya no puede soportar por más tiempos los embustes de Guido, que no acaba de dejar a su amante Carla... El primer pensamiento que se viene a la cabeza es que Fellini es mucho Fellini. Aun así, es cierto que se trata de un guión muy adecuado para el mundo musical de Rob Marshall, que sabe como nadie introducir los números musicales en medio de escenas dramáticas, intercalando imágenes del mundo real y del ficticio con enorme destreza, con motivo de los ensueños del protagonista, de modo que todo funciona con increíble perfección. Pero el mundo onírico y el surrealismo de Fellini es insuperable y aquí eso ni se huele, porque en Marshall todo ese mundo interior está únicamente supeditado al “musical” y –quizá aquí está el mayor defecto de Nine– el resultado general es una simple repetición de Chicago (y con peores canciones). Idéntica fórmula: visualmente espectacular, con esos platós oscuramente iluminados, los poderosos focos, las vedettes embutidas en corsés de avispa, los rítmicos y acompasados movimientos, la hipersexualización de las canciones y coreografías (aspecto éste más acentuado aún que en Chicago, especialmente en el numerito de Penélope Cruz), la fabuolsa orquestación, el montaje vertiginoso, etc. Un auténtico circo cinematográfico lleno de luz y sombras. Técnicamente perfecto, pero repetido. Y eso pesa. Por otra parte, habría mucho que hablar de las cuestiones de fondo de la historia, que no son otras que las del contradictorio universo del Guido de Federico Fellini, ‘alter ego’ de él mismo, siempre impregnado de rebeldía, donde hay un perpetuo enfrentamiento entre la moral y las pasiones, entre su reconocido catolicismo y su traumática aceptación de la autoridad de la Iglesia. En estas cuestiones –presentes en la película con dudoso gusto–, resulta curioso que Marshall vaya más allá que el siempre ambiguo y desconcertante director italiano. Temás como la culpa y la redención, que en Fellini serían impensables (él sólo mostraba, nunca demostraba, ni argumentaba, ni respondía a nada) son aquí cuestiones explicitas, meollo en la evolución de la crisis del protagonista. El reparto de esta especie de farsa del mundo de la creación es cosa seria. Daniel Day-Lewis no hace olvidar a Marcello Mastroianni, pero está superior, como siempre, y entre las chicas destacan especialmente Marion Cotillard (La vida en rosa) y una divertida Kate Hudson. Sorprende asimismo el pequeño papel de Nicole Kidman, muy colateral. En cuanto a los números musicales, destacan las canciones “My Husband Makes Movies” y “Cinema Italiano”, de las mentadas Cotillard y Hudson, y “Be Italian”, interpretada por Stacy Ferguson.  

6/10
Breaking and Entering

2006 | Breaking and Entering

Will (Jude Law) lo tiene aparentemente todo para ser feliz. Pero no lo es. Arquitecto imaginativo, tiene una novia preciosa e inteligente (Robin Wright Penn). Eso sí, la hija de ella, nacida de una relación previa, es hiperactiva y nerviosa, la convivencia con ella es difícil… Pero sobre todo domina una vida rutinaria y de pocos alicientes, donde la pareja se muestra distante, y la profesión se convierte en particular refugio. Este frágil estado de cosas se va a quebrar cuando la nave-estudio que Will comparte con un socio es asaltada de noche por una sofisticada banda de ladrones de origen bosnio, que utiliza las habilidades de saltimbanqui de dos jóvenes para introducirse por el techo y desconectar la alarma en un ‘visto y no visto’. El disgusto por el robo de ordenadores y demás equipamiento no para aquí, pues la banda repite sus incursiones, motivo por el cual Will establece un puesto de vigilancia nocturno en su propio automóvil; una ‘aventura’ que le procurará nuevas emociones. Desde conocer a una prostituta (Vera Farmiga) que ejerce en la zona, a la identificación de uno de los jóvenes, buen tipo en el fondo, hijo de una sufrida y trabajadora madre, Amira (Juliette Binoche), que se desvive por sacar adelante a su hijo. Tan valiosa es la mujer, que Will, en vez de denunciar al chico, propicia el encuentro ‘casual’ con ella, que arregla trajes y vestidos en su propio domicilio.Anthony Minghella (El paciente inglés) escribe y dirige un drama con más de un punto de interés, acerca de la vida corriente de tantas personas, que se diría no es vida hasta que determinadas ‘rupturas’ obligan a mirarse dentro de uno mismo. Al tiempo ofrece una reflexión acerca de las dificultades de integración de los inmigrantes, no siempre bien aceptados (fácilmente son sospechosos de actividades delictivas) y con empleos precarios que facilitan el recorrido delictivo. Lo permite esa relación entre Will y Amira, que Minghella construye pacientemente, mostrando antes sus respectivos entornos e intereses. De tal modo que cuando Will ‘se lanza’ a conquistarla a ella con movimientos casi de adolescente peterpanesco, la reacción de Amira se comprende, es la propia de una madre que hará lo que sea por su hijo. Se agradece el esfuerzo de definición de personajes, un regalo para los actores; e incluso el de la prostituta, que se diría fuera de lugar, se entiende como pieza que resuena más tarde en Amira, puesta en una posición que le obliga, en cierta manera, a seguir sus pasos. También hay una apuesta por la capacidad de perdonar y pasar página, aunque a este respecto chirría alguna escena torpe (el personaje de Robin Wright Penn, estallando y apeándose del coche), incluida para justificar su inesperada magnanimidad en el juzgado.

6/10
Cold Mountain

2003 | Cold Mountain

La guerra de secesión americana. Inman, un soldado que combate en el bando sudista, resulta herido. En la etapa de convalecencia llega a sus manos una carta de su amada Ada, hija de un clérigo, con la que apenas mantuvo dos breves conversaciones y un beso antes de partir. En esas encendidas líneas, ella le cuenta sus penas, la muerte de su padre, su práctica inutilidad a la hora de sacar adelante su granja. Y le dirige una orden imperiosa: que deje todo lo que tiene entre manos (el ejército, por tanto) y vuelva junto a ella. Conmovido, sabedor de que ese amor a primera vista es lo que da sentido a su vida, Inman emprenderá el largo camino a casa. Adaptación de la voluminosa novela de Charles Frazier, ganadora del prestigioso National Book Award americano, que muestra cómo el amor es un motor más poderoso que las guerras a la hora de que el mundo siga dando vueltas. Anthony Minghella, director y autor del guión, sabe vertebrar bien la historia, que se inicia con Inman en el frente. Los flash-backs nos permiten conocer cómo se fraguó el delicado amor entre una tímida damisela del Sur, perfecta señorita nada práctica, y un tosco granjero, al que cuesta articular más de dos palabras seguidas. Una vez cumplido este primer objetivo, Minghella narra paralelamente las penalidades de Ada para sobrevivir en su granja y las de Inman para regresar. Ella contará con la ayuda inesperada (quizá demasiado, pues la chica llega casi como llovida del cielo) de Ruby, una moza sin demasiados modales, pero muy trabajadora y con un corazón de oro. Pero debe soportar el acoso de un bruto pretendiente, que más que a ella lo que desea son sus tierras. Mientras él, al modo de un Ulises del siglo XIX, encontrará en su camino múltiples personajes, oráculos, ciegos y cantos de sirena. Minghella pone un especial cuidado en las transiciones entre uno y otro hilo narrativo. Una buena herramienta para ello es la música: el director la usa, no sólo como un elemento que sirve para dar paz en medio del clima bélico, sino para pasar de una historia a otra; el piano de Ada y los violines del grupo del padre de Ruby, vienen para eso al pelo. El film es el clásico título concebido para arrasar en los Oscar. De hecho, obtuvo 7 nominaciones (de las cuales materializó una, la estatuilla de Renée Zellweger), pero curiosamente, no en los apartados de película y director. El diseño de producción, fotografía, música, son apabullantes, así como el reparto, sembrado de actores de primera línea. Nicole Kidman (no nominada, quizá por su premio de Las horas el año anterior) prueba que es una de las mejores estrellas que pueblan la galaxia Hollywood, creíble en su modosito personaje y en su transformación; también Jude Law (él, sí, nominado) hace creíble un personaje parco en palabras, pero en cuyo rostro es bien visible la huella de la guerra; y René saca todo su jugo a un personaje agradecido, apoyo necesario para la heroína. El resto –Atkins, Gleeson, Hoffman, Portman, Ribisi, Shuterland, Winstone…–, secundarios de lujo, cumplen sus papeles a la perfección.

7/10
El talento de Mr. Ripley

1999 | The Talented Mr. Ripley

Tom Ripley es un joven brillante, pero sin posición social. Le gusta aparentar más de lo que es. Una confusión le lleva a recibir un encarguito de un rico constructor: debe traer de vuelta a casa a su hijo Dickie, que lleva una vida de playboy en Italia junto con su novia Marge. Es el comienzo de un juego de fingimientos, donde Tom, en palabras del director Anthony Minghella, empieza a comportarse "como un niño que ha vertido jugo de tomate sobre el mantel y, en un intento por ocultar su error, vuelca una tetera, rompe un plato, araña la mesa, le pega fuego y acaba por prender la casa entera". El film recrea de modo maravilloso la Italia de los años 50, y la atmósfera de dolce vita de unos jóvenes desocupados. Desasosegadoras son las situaciones que conducen al crimen, y más de uno ha discutido la atracción homosexual entre Tom y Dickie sugerida por Minghella, que según el director está latente en la novela original de Patricia Highsmith. En cualquier caso, lo más fascinante del film es el planteamiento de que "esquivar la responsabilidad no es lo mismo que eludir la justicia. No se sale impune de nada. (...) El pacto con el diablo de Ripley consiste en preferir ser una falsa persona importante que un don nadie auténtico. (...) Se describe el precio implícito por abandonar la propia personalidad para convertirse en aquél que te gustaría ser". El film ha servido para confirmar lo buen actor que es Jude Law, candidato al Oscar por su papel. El resto está a la altura. Estupenda la música de Gabriel Yared.

6/10
El paciente inglés

1996 | The English Patient

En los años de la Segunda Guerra Mundial, un inglés sobrevive milagrosamente a un accidente aéreo. Aparentemente amnésico, con el rostro desfigurado, el conde Laszlo de Almassy recuerda su apasionada relación amorosa, en el desierto egipcio, con Katherine Clifton. Ella es la esposa de uno de los hombres que le ayudan a trazar mapas para la Sociedad Geográfica Británica. Adaptación de una novela de Michael Ondaatje, ganadora del Booker Prize. Logró doce nominaciones al Oscar, de los que materializó nueve, incluido el de mejor película. Los entusiastas han elevado la película a la altura de Casablanca, la quintaesencia del cine romántico. Más dura será la caída, pues El paciente inglésno es la maravillosa historia de amor que algunos pretenden. Consiste, en todo caso, en el hábil relato de una pasión amorosa, teñida de fatalismo, a la que Almassy es incapaz de poner freno, y donde los intentos de Katherine por detenerla apenas son apuntados. Al marido engañado, tercer vértice del triángulo amoroso sobre el que pivota el film, apenas se le dedican unas tenues pinceladas. La habilidad está en la estructura del guión –Anthony Minghella elabora muy bien el entramado de flash-backs–, en el apoyo de la hermosa fotografía del desierto –debida a John Seale– y de los demás departamentos artísticos. Los actores están muy bien seleccionados y encarnan muy bien sus personajes, ya sean principales o secundarios. Donde debería amor, apenas hay otra cosa que egoísmo. Se puede entender que Almassy se enamore de una mujer casada, pero la ausencia de principios al enfocar la atracción, la disposición a sacrificar todo –la lealtad a la patria, la amistad, la propia vida mediante el suicidio o la eutanasia– en aras a ese supuesto amor, lastran al film privándolo de su teórica razón de ser: mostar un amor que va más allá de la muerte. Hay momentos emotivos –el amor entre la enfermera Hana y el militar hindú Kip propicia la hermosa escena de la contemplación de los frescos de una iglesia–, pero la película se resiente de su larga duración y de su planteamiento amoral de fondo.

6/10
Breaking and Entering

2006 | Breaking and Entering

Will (Jude Law) lo tiene aparentemente todo para ser feliz. Pero no lo es. Arquitecto imaginativo, tiene una novia preciosa e inteligente (Robin Wright Penn). Eso sí, la hija de ella, nacida de una relación previa, es hiperactiva y nerviosa, la convivencia con ella es difícil… Pero sobre todo domina una vida rutinaria y de pocos alicientes, donde la pareja se muestra distante, y la profesión se convierte en particular refugio. Este frágil estado de cosas se va a quebrar cuando la nave-estudio que Will comparte con un socio es asaltada de noche por una sofisticada banda de ladrones de origen bosnio, que utiliza las habilidades de saltimbanqui de dos jóvenes para introducirse por el techo y desconectar la alarma en un ‘visto y no visto’. El disgusto por el robo de ordenadores y demás equipamiento no para aquí, pues la banda repite sus incursiones, motivo por el cual Will establece un puesto de vigilancia nocturno en su propio automóvil; una ‘aventura’ que le procurará nuevas emociones. Desde conocer a una prostituta (Vera Farmiga) que ejerce en la zona, a la identificación de uno de los jóvenes, buen tipo en el fondo, hijo de una sufrida y trabajadora madre, Amira (Juliette Binoche), que se desvive por sacar adelante a su hijo. Tan valiosa es la mujer, que Will, en vez de denunciar al chico, propicia el encuentro ‘casual’ con ella, que arregla trajes y vestidos en su propio domicilio.Anthony Minghella (El paciente inglés) escribe y dirige un drama con más de un punto de interés, acerca de la vida corriente de tantas personas, que se diría no es vida hasta que determinadas ‘rupturas’ obligan a mirarse dentro de uno mismo. Al tiempo ofrece una reflexión acerca de las dificultades de integración de los inmigrantes, no siempre bien aceptados (fácilmente son sospechosos de actividades delictivas) y con empleos precarios que facilitan el recorrido delictivo. Lo permite esa relación entre Will y Amira, que Minghella construye pacientemente, mostrando antes sus respectivos entornos e intereses. De tal modo que cuando Will ‘se lanza’ a conquistarla a ella con movimientos casi de adolescente peterpanesco, la reacción de Amira se comprende, es la propia de una madre que hará lo que sea por su hijo. Se agradece el esfuerzo de definición de personajes, un regalo para los actores; e incluso el de la prostituta, que se diría fuera de lugar, se entiende como pieza que resuena más tarde en Amira, puesta en una posición que le obliga, en cierta manera, a seguir sus pasos. También hay una apuesta por la capacidad de perdonar y pasar página, aunque a este respecto chirría alguna escena torpe (el personaje de Robin Wright Penn, estallando y apeándose del coche), incluida para justificar su inesperada magnanimidad en el juzgado.

6/10
Cold Mountain

2003 | Cold Mountain

La guerra de secesión americana. Inman, un soldado que combate en el bando sudista, resulta herido. En la etapa de convalecencia llega a sus manos una carta de su amada Ada, hija de un clérigo, con la que apenas mantuvo dos breves conversaciones y un beso antes de partir. En esas encendidas líneas, ella le cuenta sus penas, la muerte de su padre, su práctica inutilidad a la hora de sacar adelante su granja. Y le dirige una orden imperiosa: que deje todo lo que tiene entre manos (el ejército, por tanto) y vuelva junto a ella. Conmovido, sabedor de que ese amor a primera vista es lo que da sentido a su vida, Inman emprenderá el largo camino a casa. Adaptación de la voluminosa novela de Charles Frazier, ganadora del prestigioso National Book Award americano, que muestra cómo el amor es un motor más poderoso que las guerras a la hora de que el mundo siga dando vueltas. Anthony Minghella, director y autor del guión, sabe vertebrar bien la historia, que se inicia con Inman en el frente. Los flash-backs nos permiten conocer cómo se fraguó el delicado amor entre una tímida damisela del Sur, perfecta señorita nada práctica, y un tosco granjero, al que cuesta articular más de dos palabras seguidas. Una vez cumplido este primer objetivo, Minghella narra paralelamente las penalidades de Ada para sobrevivir en su granja y las de Inman para regresar. Ella contará con la ayuda inesperada (quizá demasiado, pues la chica llega casi como llovida del cielo) de Ruby, una moza sin demasiados modales, pero muy trabajadora y con un corazón de oro. Pero debe soportar el acoso de un bruto pretendiente, que más que a ella lo que desea son sus tierras. Mientras él, al modo de un Ulises del siglo XIX, encontrará en su camino múltiples personajes, oráculos, ciegos y cantos de sirena. Minghella pone un especial cuidado en las transiciones entre uno y otro hilo narrativo. Una buena herramienta para ello es la música: el director la usa, no sólo como un elemento que sirve para dar paz en medio del clima bélico, sino para pasar de una historia a otra; el piano de Ada y los violines del grupo del padre de Ruby, vienen para eso al pelo. El film es el clásico título concebido para arrasar en los Oscar. De hecho, obtuvo 7 nominaciones (de las cuales materializó una, la estatuilla de Renée Zellweger), pero curiosamente, no en los apartados de película y director. El diseño de producción, fotografía, música, son apabullantes, así como el reparto, sembrado de actores de primera línea. Nicole Kidman (no nominada, quizá por su premio de Las horas el año anterior) prueba que es una de las mejores estrellas que pueblan la galaxia Hollywood, creíble en su modosito personaje y en su transformación; también Jude Law (él, sí, nominado) hace creíble un personaje parco en palabras, pero en cuyo rostro es bien visible la huella de la guerra; y René saca todo su jugo a un personaje agradecido, apoyo necesario para la heroína. El resto –Atkins, Gleeson, Hoffman, Portman, Ribisi, Shuterland, Winstone…–, secundarios de lujo, cumplen sus papeles a la perfección.

7/10
El talento de Mr. Ripley

1999 | The Talented Mr. Ripley

Tom Ripley es un joven brillante, pero sin posición social. Le gusta aparentar más de lo que es. Una confusión le lleva a recibir un encarguito de un rico constructor: debe traer de vuelta a casa a su hijo Dickie, que lleva una vida de playboy en Italia junto con su novia Marge. Es el comienzo de un juego de fingimientos, donde Tom, en palabras del director Anthony Minghella, empieza a comportarse "como un niño que ha vertido jugo de tomate sobre el mantel y, en un intento por ocultar su error, vuelca una tetera, rompe un plato, araña la mesa, le pega fuego y acaba por prender la casa entera". El film recrea de modo maravilloso la Italia de los años 50, y la atmósfera de dolce vita de unos jóvenes desocupados. Desasosegadoras son las situaciones que conducen al crimen, y más de uno ha discutido la atracción homosexual entre Tom y Dickie sugerida por Minghella, que según el director está latente en la novela original de Patricia Highsmith. En cualquier caso, lo más fascinante del film es el planteamiento de que "esquivar la responsabilidad no es lo mismo que eludir la justicia. No se sale impune de nada. (...) El pacto con el diablo de Ripley consiste en preferir ser una falsa persona importante que un don nadie auténtico. (...) Se describe el precio implícito por abandonar la propia personalidad para convertirse en aquél que te gustaría ser". El film ha servido para confirmar lo buen actor que es Jude Law, candidato al Oscar por su papel. El resto está a la altura. Estupenda la música de Gabriel Yared.

6/10
El paciente inglés

1996 | The English Patient

En los años de la Segunda Guerra Mundial, un inglés sobrevive milagrosamente a un accidente aéreo. Aparentemente amnésico, con el rostro desfigurado, el conde Laszlo de Almassy recuerda su apasionada relación amorosa, en el desierto egipcio, con Katherine Clifton. Ella es la esposa de uno de los hombres que le ayudan a trazar mapas para la Sociedad Geográfica Británica. Adaptación de una novela de Michael Ondaatje, ganadora del Booker Prize. Logró doce nominaciones al Oscar, de los que materializó nueve, incluido el de mejor película. Los entusiastas han elevado la película a la altura de Casablanca, la quintaesencia del cine romántico. Más dura será la caída, pues El paciente inglésno es la maravillosa historia de amor que algunos pretenden. Consiste, en todo caso, en el hábil relato de una pasión amorosa, teñida de fatalismo, a la que Almassy es incapaz de poner freno, y donde los intentos de Katherine por detenerla apenas son apuntados. Al marido engañado, tercer vértice del triángulo amoroso sobre el que pivota el film, apenas se le dedican unas tenues pinceladas. La habilidad está en la estructura del guión –Anthony Minghella elabora muy bien el entramado de flash-backs–, en el apoyo de la hermosa fotografía del desierto –debida a John Seale– y de los demás departamentos artísticos. Los actores están muy bien seleccionados y encarnan muy bien sus personajes, ya sean principales o secundarios. Donde debería amor, apenas hay otra cosa que egoísmo. Se puede entender que Almassy se enamore de una mujer casada, pero la ausencia de principios al enfocar la atracción, la disposición a sacrificar todo –la lealtad a la patria, la amistad, la propia vida mediante el suicidio o la eutanasia– en aras a ese supuesto amor, lastran al film privándolo de su teórica razón de ser: mostar un amor que va más allá de la muerte. Hay momentos emotivos –el amor entre la enfermera Hana y el militar hindú Kip propicia la hermosa escena de la contemplación de los frescos de una iglesia–, pero la película se resiente de su larga duración y de su planteamiento amoral de fondo.

6/10
Expiación

2007 | Atonement

Inspirada adaptación de la novela homónima de Ian McEwan. La acción arranca en un caluroso día de verano de 1935, en la casa de campo de la familia Tallis. Briony, la hija pequeña de doce años, es una cría de imaginación y actividad desbordantes, que anda preparando una obra de teatro escrita por ella misma, para representar con sus primos, una chica y dos gemelos. Pero a una imagen que contempla desde una ventana de la mansión, y que ella malinterpreta –su hermana mayor Cecilia quitándose la ropa ante Robbie, el hijo del ama de llaves–, sigue una cadena de sucesos –la entrega del mensaje equivocado, un momento de pasión en la biblioteca, un ataque sexual a su prima la noche en que se escapan los gemelos…– que conducen a una terrible mentira que hace desgraciadas a muchas personas. Años más tarde, estallada la Segunda Guerra Mundial, los protagonistas de aquellos hechos tal vez tengan la ocasión de expiar por ellos… Cuando el propio novelista comenta que adaptar su obra “es un trabajo de demolición. Se trata de reducir una novela de 130.000 palabras a un guión de 20.000. Además presenta grandes dificultades porque es muy intimista, penetra en la cabeza de varios personajes”, uno empieza a hacerse cargo del mérito del trabajo de Christopher Hampton, guionista, y Joe Wright, director, por convertirla en imágenes. Y lo cierto es que se capta a la perfección el sentimiento de culpa de Briony (gran trabajo de las actrices que la encarnan a distintas edades, Saoirse Ronan, Romola Garai, y Vanessa Redgrave), que hace presa en ella en un momento dificil, el de la adolescencia, cuando despierta la sexualidad y los sentimientos son confusos; uno puede entenderla a ella muy bien, al igual que a su hermana Cecilia –muy bien Keira Knightley en un papel ingrato– y a Robbie –nadie debería perder de vista a James McAvoy, un actor espléndido–, que ven truncado su amor incipiente de modo fatal, y para los que el resentimiento y la amargura son una lógica tentación. El guión despliega bien estos temas centrales –pecado, culpa, penitencia, reparación, perdón…–, a la vez que habla de los prejuicios de clase y muestra el horror bélico de la Segunda Guerra Mundial. Hay que subrayar también las audacias narrativas, en los saltos temporales, o en la repetición de los mismos hechos desde distintos puntos de vista, todo ello introducido sin estridencias, con una suavidad increíble. Hay estupendas transiciones de un plano a otro, relacionándolos visualmente, o fundiéndolos con el sonido (qué gran idea unir la hermosa banda sonora, con las teclas de la máquina de escribir de la escritora en ciernes Briony). Y resulta prodigioso ese alarde de plano secuencia rodado con steadycam en línea de playa, de casi diez minutos, en que Robbie y dos compañeros del campo de batalla recorren el campamento, de gran complejidad técnica y numerosos figurantes, que te deja sencillamente boquiabierto.

8/10

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