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Libros

"Fiscales de película", de varios autores, con prólogo de Eduardo Torres-Dulce

Fiscales de película (Varios autores, con prólogo de Eduardo Torres-Dulce, Fiscalía General del Estado, 223 págs)

 

Un libro de cine de características poco habituales. No por el tema, a nadie le debería extrañar la existencia de un libro sobre películas con fiscales en su trama, pues en esa línea cabe encontrar ensayos de cine de los más variopintos, incluso sobre películas con gatos, existe ese libro, que firman dos amigos y colegas. Sino porque los autores, 35, son fiscales en ejercicio, a los que hay que sumar al responsable del prólogo en excedencia y que fuera Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce. Ninguno es conocido como crítico o comentarista cinematográfico, excepto el prologuista, bien conocido en esa faceta, autor de libros y contertulio habitual de los programas de televisión y radio de José Luis Garci. Pero desde luego, pueden aportar y aportan su conocimiento del procedimiento judicial, desde el punto de vista del ministerio público y de la acusación.

El libro surge de una iniciativa de la Fiscalía General del Estado y de su Unidad de Apoyo, se plantea la idea de un libro de estas características y se invita por correo electrónico a todos los fiscales de España que lo deseen a sugerir títulos de películas y a escribir sobre ellas. Hay una buena acogida, y se alcanza el análisis de una treintena de filmes. Dominan los hollywoodienses, algunos son tan conocidos como La costilla de Adán, JFK, Presunto inocente, Testigo de cargo o La noche cae sobre Manhattan. Hay tres títulos españoles, Morena Clara, Pleito de sangre y Muerte en León (en esta puntual caso, una docuserie). Se ha buscado abarcar algunas otras realidades judiciales, y así hay filmes de Francia, Alemania, Rumanía, Argentina y Corea del Sur.

Algo que todos los autores parecen tener claro es que, con demasiada frecuencia, el fiscal ha sido “el malo” de la película, frente al acusado injustamente o al intrépido abogado que busca probar su inocencia. Lo dice maravillosamente Torres-Dulce cuando habla del estereotipo de “tipo tirando a malencarado, con la sangre de la acusación chorreándole por la negra toga, que disfrutaba acosando implacablemente, con delectación de verdugo, al pobre e inocente acusado”.

No obstante, cabe rascar para encontrar algunas actuaciones fiscales más lucidas en el bando de "los buenos". En cualquier caso, lo interesante del análisis de los fiscales metidos a críticos de cine, más allá de ofrecer una descripción de la trama, e incluso hacer sus pinitos de análisis del lenguaje cinematográfico, estriba en su mirada de profesionales capaces de valorar el modo en que se muestran los procedimientos, la presentación de pruebas, las declaraciones de los testigos, etcétera. Ello, incidiendo en la función del fiscal como “garante de la legalidad”, buscador de la verdad y promotor de la justicia, señalando al mismo tiempo que su función no puede reducirse a demostrar la culpabilidad de los imputados.

Resulta además muy interesante cómo, en los casos que ocurren en países distintos de España, o en otras épocas, explican cómo se procedería en la actualidad, y en nuestro ordenamiento jurídico, señalando las diferencias procedentes. De modo que, por ejemplo, Fernando Gómez Recio asevera que nada de lo que se cuenta en Un ciudadano ejemplar podría acontecer en España, añadiendo con guasa además que para algunos espectadores resulta difícil aceptar thrillers judiciales donde los letrados tengan nombres como Pepe García, Jaume Vals o Eneko Goikoetxea; o el tema de las agresiones sexuales abordado en Acusados es de rabiosa actualidad porque hace pensar en la reciente sentencia del caso de La Manada ocurrido en Pamplona. Recordar que el fiscal es un funcionario público tiene interés, frente a los cargos electos en Estados Unidos. También llaman la atención los ejemplos alemanes, que en La conspiración del silencio y El caso Fritz Bauer, remiten a casos relacionados con el holocausto, el gran tema del clásico también abordado, Vencedores o vencidos.

Resulta imposible resultar exhaustivo en la reseña de un libro de estas características, pero vale la pena resaltar la observación de José Ignacio Altolaguirre y María del Carmen Marticorena sobre El secreto de sus ojos, echan en falta las pruebas incriminatorias del asesino y violador, que excusan como una omisión deliberada de Juan José Campanella. O las referencias de Javier Ignacio Zaragoza y Diego Gutiérrez sobre el fiscal Jim Garrison en JFK, en que su función investigadora le asemeja a lo que suele hacer un juez instructor.