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"Hirokazu Koreeda", de Miguel Muñoz Garnica

Hirokazu Koreeda (Miguel Muñoz Garnica, Ediciones Cátedra, Colección Signo e Imagen / Cineastas, 390 págs)

"Hirokazu Koreeda", de Miguel Muñoz Garnica

El cineasta japonés Hirokazu Koreeda aún no ha cumplido los 60 años, pero su cine ya ha obtenido peso y reconocimiento en el mundo entero. Con todo merecimiento. Miguel Muñoz Garnica le dedica un completo, profundo y ameno estudio en un libro que hace el número 128 de la colección de Cineastas de Cátedra. Porque no sólo acomete un análisis pormenorizado de todos los títulos que componen su obra, sino que ha sabido indagar en el modo en que le han influido sus orígenes familiares, y el modo tan personal en que supo ir labrándose una salida como cineasta.

El autor indaga en los dos elementos más característicos del cine de Koreeda, el verismo de sus imágenes, y la preocupación por ahondar en la familia como elemento configurador de la sociedad y lugar natural donde nacen los afectos y se forja la personalidad. Y sabe relacionarlos con su background, el pasado de su progenitor durante la Segunda Guerra Mundial, y los oficios modestos de sus padres en el mundo obrero. Y con los estudios universitarios, que le llevan a la literatura, pero que hace compatibles con el visionado a todas horas de películas de los grandes maestros del cine.

Su decisión de dedicarse al cine le acercará a la televisión, experiencia agridulce, pues le permite ganarse la vida y meter cabeza como profesional, pero donde al principio no hace lo que quiere, hasta el punto de ingeniárselas para hacer compatible este trabajo con un documental personal sobre una experiencia pedagógica singular, en el film Lecciones de un ternero. Muñoz nos descubre una faceta poco conocida de Koreeda, incluso por parte de los más cinéfilos, la de documentalista, en que indaga en impactantes historias basadas en hechos reales. Lo que tendría repercusión en su propio trabajo, incluido el primer film de impacto internacional, Nadie sabe.

Como cabe imaginar, el autor no esquiva la habitual comparación de Koreeda con el maestro Yasujiro Ozu, donde el cineasta asegura que no se trata de un seguimiento consciente del “modus operandi” de este director y en general del llamado shomin-geki, películas niponas que abordan la cuestión familiar. Y es cierto, en efecto, como señala Muñoz, que Koreeda se distingue de los cineastas de esta tradición en que toma una mayor distancia, sin duda influido por esa dedicación al documental, forma cinematográfica que presta gran parte de su atención a la memoria, la necesidad de recordar.

“Otosan”, o sea, “papá”, es la palabra con que el autor empieza su obra, evocando una de las escenas más emocionantes de Un asunto de familia. Se nos señala que este momento es revelador de la capacidad del cineasta en estudio de “trascender el dramatismo a flor de piel”. En efecto Koreeda no es un cineasta epidérmico, sino que ya sea hablándonos de unas mujeres de luto por la muerte de su padre en Nuestra hermana pequeña, o de los lazos familiares, de sangre o no, en un barrio marginal en Un asunto de familia, no muestra las luchas de unos personajes que sin duda no se rinden, al menos a las primeras de cambio. Sin duda que la doble faceta, primero de hijo de su padre, luego de padre de sus hijos, ha sido integrada por Koreeda en su personalísimo cine, que es de esperar que aún dé muchos frutos.

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