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"La extraordinaria vida de un hombre corriente", de Paul Newman

La extraordinaria vida de un hombre corriente. Una autobiografía (Paul Newman, Libros Cúpula, 332 págs)

"La extraordinaria vida de un hombre corriente", de Paul Newman

No son éstas una memorias al uso y se nota. Más bien habría que hablar de “work in progress”, “obra inacabada”. Paul Newman emprendió los primeros trabajos para publicar algún día una autobiografía, y para ello contó con la colaboración de Stewart Stern, guionista de Rebelde sin causa y amigo suyo. La tarea se inició en 1986 y tras cinco años de entrevistas grabadas con Newman y otras personas importantes en su vida, el proyecto se estancó. El material para el libro quedó enterrado en algún sótano, y la gran estrella de Hollywood moría en 2008, mientras que Stern hacía lo propio en 2015. Recientemente, con este material inédito, Ethan Hawke ha dirigido la docuserie Las últimas estrellas de Hollywood, y además la familia ha autorizado la publicación en papel de lo que sólo cabe denominar como “borrador de libro”, “bosquejo”.

No es una obra literariamente conseguida, abundan las digresiones que revelan inseguridad, hay recuerdos y chascarrillos de escaso interés, y de vez en cuando se insertan declaraciones de familiares, amigos y colegas de un modo un tanto desordenado. Falta unidad, el conjunto se muestra un tanto deslavazado. Cuesta disfrutar con su lectura, en realidad tiene más interés documental y para la investigación de estudiosos de la carrera de Paul Newman, o incluso para psicoanalistas, que como entretenimiento para el cinéfilo. Decididamente irregular, el interés crece algo cuando arranca la carrera cinematográfica, y habla de sus películas, como actor y/o director, o se incluyen declaraciones como las de Sidney Lumet en torno a Veredicto final; aunque se echa en falta más "color" al hablar de las películas con Robert Redford, o de joyas como El buscavidas. Y se vuelve desgarrador cuando toca acometer la muerte de su hijo Scott. Pero a la hora de abordar por ejemplo su conciencia política, aquello se vuelve demasiado gris e insulso. Incluso su faceta automovilística parece en el texto algo que distrae de algo que esperas y no acaba de llegar. Cuando hace unas semanas se anunció la ruptura sentimental de Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler, recuerdo haber leído la acertada observación de un cronista acerca de que suele ser mucho más interesante la obra de un artista que sus andanzas en la vida real, y pienso que es aplicable en el caso de Paul Newman.

Llama la atención en las líneas publicadas y escritas en primera persona el omnipresente tono agrio y oscuro, por ejemplo al referirse a su infancia, afirma que “lo que persiste en mí son los fracasos y todo aquello que salió mal”. Habla el actor con amargura y desgarro de las discusiones que mantenían sus padres, de sus ansias de ser rico, de su analfabetismo intelectual que se le hacía patente cuando se encontraba con personalidades como Gore Vidal. Y contrasta su reconocimiento continuo en tono hamletiano de inmadurez e inexperiencia, por ejemplo cuando contrae matrimonio con la primera mujer que le agrada, Jackie Witte, que le dio tres hijos, con las descripciones que hace un compañero de su etapa en Kenyon College, donde comienza a hacer sus primeros pinitos en el teatro. O el modo en que se refiere a su relación luego con Joanne Woodward, que “dio a luz a un ser sexual”.

No hay espacio para la autoindulgencia. En lo que parece más una baja autoestima que una actitud humilde, su éxito lo atribuye casi al azar, la suerte de Newman, por ejemplo cuando accede al Actors Studio, y llama la atención interpretativamente explica que “cuando mezclaba mi confianza y energía con mis verdaderas emociones –terror y ansiedad (que salían en forma de rabia)–, surgía algo genuino, aunque fuese por accidente”. Es el tono que recorre casi todas las páginas, que acaban dejando una imagen demasiado borrosa de un Newman con un acendrado sentido de culpa: “siempre me ha costado admitir los fracasos”, “no tengo idea de casi nada”, “podría haber sido más constante con mis hijos”. “Podría haber hecho las cosas mucho mejor. Pero también mucho peor”.

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