En busca de aquel sonido: Mi música, mi vida (Ennio Morricone y Alessandro De Rosa, Malpaso, 544 págs)
Hace 3 años moría en Roma el genial compositor Ennio Morricone. Uno de los directores con los que colaboró con más fruto, Giuseppe Tornatore –asegura que su banda sonora favorita es La mejor oferta–, estrenaba poco después un documental dedicado a su figura muy, muy recomendable, Ennio, el Maestro. Es el momento de rescatar este estupendo libro, publicado en 2017, que recoge una larga conversación de Alessandro de Rosa con el maestro, de la que éste comentó: “una charla tan abierta lleva soñándola desde hace muchísimo tiempo (…) estamos construyendo un diálogo que fluye sin problemas, tendemos puentes incluso donde hay distancias y, en el centro, está la música”.
Ya el arranque, que explica cómo se conocieron entrevistador y entrevistado, atrapa además de retratar muy bien la generosa personalidad de Morricone. En efecto, describe cómo De Rosa se planteaba estudiar música, había hecho algunas composiciones, y al tener noticia de que el gran música daba una conferencia a su ciudad, acudió con intención de entregarle un cedé. El principiante llegó tarde, y además escuchó de refilón a Morricone quejarse de la gente que le entregaba cosas y le hacía peticiones; de modo que darle su muestra era temerario, pero lo hizo, él otro le llamó por teléfono, le hizo recomendaciones, y aquello fue el inicio de una hermosa amistad.
“En busca de aquel sonido” podría ser simplemente un libro interesante, que aporta información sobre Morricone, pero sin duda es algo más, y así lo entendió él al comentar que “esta larga exploración ha sido necesaria en este momento de mi vida, ir al encuentro de los recuerdos no conduce solo a la añoranza: también significa mirar hacia delante, entender que aquí sigo, que aún pueden suceder muchas cosas”. Desde luego, en la vida de Morricone, hombre de familia, casado con su querida Maria y padre de cuatro hijos, han pasado muchas cosas. Y el músico las destila con hondura y humildad, en una conversación pudorosa pero a corazón abierto –“este confesión nunca se la había hecho a nadie”, dice por ejemplo en un comentario a su composición 'Gestazione'–, donde cuenta muchas, muchas cosas, sobre su padre trompetista, su formación musical primigenia, con Goffredo Petrassi, su marcha a Alemania para conocer la música vanguardista, su entrada al cine casi por casualidad, que le permitirá ganarse sobradamente la vida y alcanzar una inmensa popularidad. Siempre expresa su preferencia por la música absoluta, “fruto exclusivo de la voluntad del compositor”, frente a la aplicada, que está “al servicio de otro arte más importante”, en el caso que nos ocupa el cine. Y en sus consideraciones permite que el lector atisbe cómo el momento creador de un artista.
Estamos ante una obra exhaustiva, con muchísimos temas populares, bastantes asociados al western, y también canciones, que repasa prácticamente toda la producción de Morricone, lo que supone hablar de numerosos directores italianos, además de Tornatore, Passolini, Leone, Argento, Bertolucci, Caiano, Bellocchio, Petri, Pontecorvo, Montaldo, Zeffirelli y mucho más. De Passolini comenta cómo le ayudó su idea de que la música en el cine es capaz de “sentimentalizar un concepto y de conceptualizar un sentimiento”. Y de los americanos, se alude a Siegel, De Palma, Lyne, Beatty y por supuesto, Tarantino.
Las anécdotas abundan, con los mejores y peores entendimientos, con unos y otros, y la mención a reconocimiento a los premios, injusticia con los Oscar, luego reparada. Aunque siempre sobresale la categoría humano del maestro, que procura no dejar nunca mal a nadie. Por ejemplo al referirse a su colaboración con Almodóvar en ¡Átame!, da a entender que el manchego no entendía su música, pero lo dice con elegancia suprema. Y lo mismo cabría decir en el esfuerzo por entenderse con Joffé, con el que firmaría una de sus obra maestras, La misión, donde a veces el idioma puede ser una dificultad, y otras veces el problema estriba en la falta de formación musical del cineasta en cuestión. Morricone alude a su condición de católico, y al aprecio de la música clásica, por supuesto a la sacra, donde menciona naturalmente a Palestrina.
No quiero dejar de señalar que en bastantes páginas, Morricone y De Rosa, hablan de composición, tonos, melodías, notas, e incluso se incluye un trozo de partitura, para que los que saben música, comprendan por dónde la conversación. En estos pasajes el lego se perderá inevitablemente, pero al mismo tiempo advertirá y sabrá apreciar el trabajo que hay detrás de cada partitura, donde a veces un breve fragmento tiene alrededor una composición más larga, como se da cuenta cualquiera que escucha un disco de una banda sonora y luego compara con lo que se escucha en la película. Formación y esfuerzo, profesionalidad, son importantes, Morricone se levantaba a las cuatro de la mañana para trabajar. Desde luego existen el talento, la fortuna –algunas ideas surgen en los momentos más inesperados–, la sensibilidad... Hay que educar el oído, señala Morricone. Y dejar espacios a la reflexión, “una capacidad que las personas parecen cultivar hoy cada día menos”, y al silencio que la hace posible. Sí, el silencio juega un papel, también en la música.
