No sé si me explico (Carlos Boyero, con la colaboración de Borja Hermoso, Espasa, 195 págs)
Sinceridad salvaje. Si algo no se puede negar a Carlos Boyero es que habla sin tapujos, dice lo que piensa, no busca ser acomodaticio. Es la tónica habitual de sus críticas y crónicas festivaleras, en las que utiliza la primera persona del singular, el yo, porque se trata de sus personales opiniones, y no por egocentrismo, sostiene en contra de los que le tachan de narcisista para arriba, entre otras lindezas, y es que hay bastantes personas que lo aborrecen, empezando por su mortal enemigo cineasta Pedro Almodóvar, que nunca ha llevado demasiado bien los comentarios negativos en torno a sus películas.
Después de que fuera protagonista del documental El crítico, dirigido por Juan Zavala, llega ahora este libro autobiográfico, que Boyero ha escrito en colaboración con su amigo y compañero en el diario “El País” Borja Hermoso. De nuevo fiel a sus señas de identidad, lo califica de “libro innecesario”. Se trata de dar cuenta de lo que ha sido su trayectoria profesional y vital, de lo que da sentido a su día a día, de sus alegrías y sus penas, de su soledad. Y sin ánimo de ser condescendiente ni nada por el estilo, el sentimiento que me embarga como lector es de lástima, “pobre hombre”, me digo, y lo escribo de corazón, tras leer declaraciones a modo de balance, como la de “admito que hay vejeces en las que te puedes mantener bien para seguir disfrutando de las cosas, felizmente acompañado de tu pareja, de tus hijos, de tus nietos. En mi caso no hay nada de eso. Todo es un páramo, un páramo que yo me he construido, todo hay que decirlo. Me preguntan: ¿Carlos, tienes ganas de qué? No tengo ganas de nada.”
Está claro que Carlos Boyero es todo un personaje que no puede resultar indiferente al cinéfilo español, que sin duda sabe de él, y que tal vez le ha leído o escuchado. Vitalista y apasionado, le tiene que gustar lo que ve, pesa, como no puede ser de otra manera, el subjetivismo, aunque alimentado con el gusto y el conocimiento, la suya no es una opinión caprichosa sino fundamentada. Ciertamente es crudo en su modo de expresarse, y en este libro me agota el número de veces que recurre a la palabra con h para decir una y otra vez que algo le gusta, repite hasta la saciedad “esto es la h”.
En su libro repasa sus gustos literarios, musicales, y por supuesto, cinematográficos y seriófilos, habla de fútbol, viajes, política y trapitos. Se remonta a su Salamanca natal, y habla de su familia, de su internado, de lo que le ha marcado. Evita convertir la obra en una crónica de cotilleo, no menciona apellidos de sus parejas, ahí es delicado. Habla de lo que le gusta el sexo, o una buena comida, y de sus excesos alcohólicos y con otras sustancias, de lo que le resulta insoportable, de su declive físico y psíquico. No trasciende, porque Dios no tiene espacio en estas páginas, apenas hay alguna leve referencia al colegio de religiosos donde estudió. Y el culmen de la felicidad viene de las relaciones de amistad duraderas, aúpa Oti Rodríguez Marchante y compañía, de los hijos y cónyuges de sus amigos, y de su vuelta una y otra vez a las películas y series amadas.
No es un libro memorable, pero quien avisa, y él avisa, no es traidor. Es una puerta abierta a alguien que se desnuda interiormente, y confiesa que “me resulta complicado convivir conmigo mismo”, y, personaje público, intenta darse a conocer, en su admitida pequeñez, y es que todos somos pequeños, pobres criaturas; si lo consigue, no lo tiene claro Boyero, pues como reza el título de sus memorias, “no sé si me explico”.
