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Pura anarquía / La vida interior de Martin Frost

La publicación de estos dos libros permite ver a dos artistas desarrollando su talento en campos que no constituyen, al menos de primeras, su principal habilidad.

Pura anarquía

Woody Allen

Tusquets, 187 págs.


La vida interior de Martin Frost

Paul Auster

Anagrama, 121 págs.


Woody Allen es sobre todo cineasta, y aunque escribe los guiones de sus historias, y ponía por escrito sus gags en sus tiempos de cómico, la literatura, aunque se trate de una colección de relatos cortos, es, evidentemente, otra cosa. Lo mismo cabe decir de Paul Auster, al que siempre ha interesado el cine, pero cuya principal ocupación es escribir, principalmente novela. Su primera experiencia seria con el celuloide llegó casi por casualidad, cuando Wayne Wang le pidió que convirtiera en guión su “Cuento de Navidad de Augie Wrenn”, que fue la base de Smoke. Esto le llevó luego a hacer más pinitos como director en Blue in the Face y Lulu on the Bridge.

“Pura anarquía” es el título que engloba 18 historias breves de Woody Allen, en las que se notan enseguida su característico humor cáustico y su facilidad para las bromas rápidas y los juegos de palabras. Las historias, ligeritas a pesar de su intención de crítica a la sociedad contemporánea, son puro disparate, aunque se quiere jugar con la idea de que la vida real también lo es. Pensar en individuos que quieren mejorar su karma y aprender a levitar, telas para trajes con olores o en un negocio de venta de plegarias y oraciones, van en esa línea; también es objeto de su chanza el mundo del cine –los bandidos indios que en vez de secuestrar a una estrella, se llevan al doble de luz; o el escritor presuntamente faulkeriano, contratado para una novelización; el campamento de verano cinematográfico– o se rinde homenaje con humor a la serie negra, Chandler, Hammett y compañía. El problema es que lo que en Allen funciona representado, no lo aguanta tan bien el papel. Hay un esfuerzo por rodear las tramas de “literatura”, por así decir, lo que les resta la agilidad típica en cine de las frases del autor. Decididamente, no es un libro memorable, no resiste la comparación con la talla de sus películas. Aunque no quita para que haya algunos relatos más desternillantes, sobre todo los del último tramo del libro, “Sorpresa en el juicio de Disney”, una historia de tribunales con famosos personajes animados declarando, o “Así comió Zaratustra”, una divertida mirada a Nietzsche desde la gastronomía.

Muy interesante en “La vida interior de Martin Frost”, guión de la película homónima de Auster, es la entrevista con el autor que le precede. Aunque es de suponer que se trata de una entrevista “a medida”, en que Auster se explica respondiendo a las preguntas de la novelista Céline Curiol, proporciona algunas claves de la gestación del film. Por lo visto inicialmente debía formar parte de una colección de mediometrajes de media hora, y en él Auster decidió abordar la creación literaria confrontando al escritor con su musa. Como el escritor decidió no participar en el proyecto inicial, guardó su libreto, y optó más tarde por incluirlo como una de las imaginarias películas de Hector Mann en su novela “El libro de las ilusiones”, y explicar allí brevemente la trama. Pero siguió dando vueltas al libreto, y finalmente puso los medios para convertirlo en una película de pequeño presupuesto, rodada con 4 actores en 24 días.

Aquí podríamos manejar tres posibles niveles de comparación, novela, guión, película. Y decir que Auster es mejor novelista que guionista, y mejor novelista que director. La vida interior de Martin Frost, es una pequeña interesante película, pero como pasa con Allen y sus relatos, tampoco es memorable. El juego de un escritor que escribe una novela sobre un escritor que escribe una novela resulta confuso en las imágenes, y si me apuran, también en el libreto. Hay ideas y pasajes logrados, y resulta interesante la exploración del precio que se paga por hacer arte, que tiene su momento culminante en la disposición a destruir la propia obra. Pero… Incluso el modo de concluir deja una insatisfactoria sensación de relato inacabado, de ensayo que pretende más despertar inquietudes que conducir a alguna parte.

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