Javier Calvo y Javier Ambrossi han vuelto a colocarse en el centro del radar de Cannes con “La bola negra”, una película que, según los primeros ecos del festival, ya está siendo tratada como una de las grandes favoritas a la Palma de Oro.
La cinta ha provocado una reacción inmediata: entusiasmo en ciertos sectores y escepticismo en otros. Hay quien la compara con el drama clásico de corte académico al estilo de Las horas, pero remezclado con sensibilidad queer y una fuerte impronta española. La etiqueta, inevitablemente simplificadora, ya ha hecho su trabajo: colocar la película en el debate antes incluso de que el público general la vea.
Ambientada en tres líneas temporales —1932, 1937 y 2017—, la historia entrelaza la vida de varios hombres homosexuales marcados por la represión social y política. Desde un joven rechazado en un casino por su orientación sexual, pasando por un músico atrapado en la violencia de la Guerra Civil española, hasta un historiador contemporáneo que reconstruye memorias familiares ocultas, la película aspira a tejer una especie de tapiz emocional sobre la herencia del deseo reprimido y la historia silenciada.
El resultado, según las primeras impresiones filtradas desde el festival, es ambicioso hasta el exceso: un relato de gran escala emocional, pero con tendencia a la sobreexplicación y al subrayado dramático. Hay quien lo celebra como un gesto de riesgo y amplitud narrativa; otros, en cambio, ven una estructura demasiado calculada, más preocupada por la monumentalidad que por la sutileza.
La crítica internacional, como es habitual en Cannes, no se ha puesto de acuerdo. Algunos medios celebran La bola negra con entusiasmo casi unánime, mientras otros mantienen reservas, señalando que su impacto puede depender más del contexto del festival —y de su recepción en el circuito de premios— que de su propia consistencia interna. En ese sentido, ya hay quien la imagina como una película diseñada para sobrevivir mejor en temporada de galardones que en la memoria cinéfila a largo plazo.
