“Si me necesitas, silba... la tonada de 'El puente sobre el río Kwai'”. Eso podía haber dicho Nicole Kidman a su amado Colin Firth en “Un largo viaje”, peli de traumas bélicos que compite hoy en San Sebastián junto a la cinta mexicana “Club Sándwich”, sobre la evolución en la relación entre una madre y su hijo adolescente.
Un largo viaje es una película basada en hechos reales, que el propio protagonista contó en su autobiografía. Dirige el desconocido australiano Jonathan Teplitzky. Las intenciones son sin duda nobles, las de describir cómo un hombre debe lidiar con sus demonios interiores, la ayuda inestimable que puede prestar una esposa, y la necesidad el amor y el perdón como vías –nunca mejor dicho en esta cinta de trenes– que conducen a la cicatrización de las heridas del alma.
El film sigue a Eric Lomax, que lo sabe todo sobre trenes y horarios ferroviarios en el Reino Unido. Deslumbrará con esta faceta y su indefinible encanto de “sabio despistado” a Patricia Wallace, una viajera de vacaciones, lo que conduce al amor y al matrimonio. Pero Eric no ha podido superar su trauma postbélico por la Segunda Guerra Mundial, cuando fue prisionero de los japoneses, y participaba en la construcción de la línea férrea que debía unir Tailandia y Birmania, empeño que dejó inmortalizado David Lean en El puente sobre el río Kwai. Las pesadillas le acometen y Patricia, que no sabe cómo ayudarle, recurre a los viejos compañeros de armas de su marido para pedir consejo.
El resultado de la cinta de Teplitzky, trabado con idas y vueltas al pasado, es irregular, no se acaba de definir un tono, por así decir. Hay pequeñas incoherencias que descolocan, por ejemplo, da la impresión de que el matrimonio ha tenido lugar sin que Patricia supiera de los problemas psíquicos de Eric, y no estamos preparados para la salida en falso del viejo camarada de armas Finlay. El primer flash-back resulta completamente inesperado y aturde, quizá un efecto buscado, pero hay desorientaciones y desorientaciones, y la que ofrece aquí el director saca un tanto de la película. La sensación es que hay buenas piezas, pero no acaban de encajar para componer la deseada figura que debe dar todo puzzle. A Colin Firth le toca llevar el mayor peso de la trama, junto a Jeremy Levine en su versión juvenil. Los demás actores aportan su profesionalidad, aunque no dejan de ser roles secundarios, incluido el de la convincente Nicole Kidman.
Aquellas lánguidas vacaciones fuera de temporada
En los festivales siempre tienen espacio las películas lacónicas y minimalistas, donde el empeño de sus autores es la creación de una atmósfera particular. El mexicano Fernando Eimbcke encuadra perfectamente en este molde, como ya demostró en Temporada de patos, historia sobre cierto tedio adolescente, que ahora tiene una suerte de prolongación con Club Sándwich. No me apasionó aquella historia, presentada en la Semana de la Crítica en Cannes en 2005, y tampoco logro conectar con esta descripción de despertar sexual, donde se muestra el intento de conciliación entre el amor a la madre y la necesidad de crecer y cobrar independencia.
El film sigue las vacaciones de Paloma, madre soltera, y su hijo adolescente Héctor, en un hotelito a buen precio por ser temporada baja. Ahí pasan el tiempo interminable ociosos, sin que apenas hagan otro cosa que tomar el sol y gandulear junto a la piscina. Poco a poco se perfila el cuadro de madre omnipresente en la vida de su hijo, aunque quiera ir de guay, él es el hombre de su vida. Mientras que el otro quiere algo de espacio, que de momento sólo ocupa masturbándose a escondidas, hasta que aparece otra jovencita más experta, Jazmín, también acompañada de unos padres poco estimulantes, que le inicia en otros juegos sexuales.
No es muy larga la película, pero se hace eterna, seguramente adrede para imprimir tensión a cierto juego final de desafíos, en que intervienen la madre y los dos adolescentes, lo más parecido a una expresión verbal de los sentimientos de la mamá y su hijo.
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