La vida es bella y llevadera hasta que deja de serlo. Es la idea que subyace en la trama de “Pororoca”, tremenda y larga película del rumano Constantin Popescu que resulta imposible que deje indiferente.
La familia Ionescu se diría que responde a la perfección al paradigma de hogar feliz. Tudor y Cristina, un matrimonio bien avenido. Tienen dos hijos pequeños, la parejita, preciosos, Marie e Ilie. Llevan una vida feliz y sin contratiempos, quedan con sus amigos, pasean a los niños. Pero les va a sobrevenir una dura prueba, la desaparición de la pequeña Maria en el parque, estaba allí con su padre y su hermano, con muchos padres y niños, un domingo cualquiera, fue apenas un instante de distracción y ya no estaba ahí. Y empieza el calvario, la búsqueda infructuosa, las investigaciones policiales. Se produce un progresivo deterioro psicológico en los padres, que afecta de modo particular a Tudor, quien lleva a cabo su propia y particular indagación, ante lo que considera inoperancia de la policía, él tiene que hacer algo.
El cine rumano vuelve a demostrar con Pororoca su poderío, un título que alude a las olas devastadoras. El director de uno de los segmentos de Historias de la edad de oro, Constantin Popescu, narra con brío su historia, sabe transmitir la angustia de los personajes, y rehuye de convencionalismos y exageraciones, su punto de vista, el modo en que evolucionan las cosas está justificado, no resulta arbitrario. Trabaja mucho con planos secuencia, de los que es ejemplar el “tour de force” del que transcurre en el parque, perfectamente coreografiado, y donde está presente lo ordinario, lo banal, para dar entrada a la sorpresa y la angustia, con esa cámara agitada en el momento justo.
La historia que cuenta puede hacer pensar en Sin amor, reciente cinta del ruso Andrey Zvyagintsev galardonada en Cannes con el Premio del Jurado, y también presente en San Sebastián en la sección Perlas de Otros Festivales. Sería como su reverso, pues en el film citado se parte de una situación sin amor, una familia rota, en que los egoísmos están muy presentes; en la película que nos ocupa no están ausentes la soledad y el individualismo tan marcados en la época actual, y que tanto daño hacen, pero se parte de una situación normal, donde impera una dicha sin estridencias, por lo cual lo que viene después resulta mucho más devastador. Porque se sugiere que los amigos se ausentan cuando el problema se estanca, o que la familia política puede que no ayude a encajar lo que hay. La policía hace su trabajo con profesionalidad, pero un padre no lo verá del mismo modo, y aunque se procura la empatía, ponerse en el lugar de, falta un punto de conexión.
Bogdan Dumitrache, que da vida al padre, hace un magnífico trabajo, resulta convincente la deriva que toma su personaje. La narración está muy bien conducida, pero exigía un final perfecto, las expectativas del público acerca de cómo va a acabar todo son grandes. Y aunque el que Popescu nos ofrece responde a la lógica interna de lo planteado, deja un regusto de insatisfacción, no es redondo. La cuestión no estriba en si debía habernos entregado o no un “happy end”, pero es obligado señalar que el ofrecido es una apuesta seca y brutal por “golpear” al espectador, por no perderlo. Y tal vez, finalmente, en cierto sentido, lo pierde. Por eso me cuesta darle mi completo espaldarazo, aunque la película es por momentos, muy buena.
Paseando por el cine latino del Festival
En un festival se proyectan muchas, muchas películas. San Sebastián no es la excepción, como ya señalé en mi primera crónica, múltiples son las secciones y títulos de interés, imposibles de cubrir por una sola persona. De todos modos aquí daré un rápido repaso a lo que he podido ver de cine iberoamericano aparte de las películas que compiten por la Concha de Oro, mi objetivo principal.
De Horizontes Latinos destaca la película inaugural de la sección, Una mujer fantástica, del chileno Sebastián Lelio, premiada por su guión en Berlín. Es una historia de amor poco convencional, un hombre casado, Orlando, se enamoró de la transexual Marina, y la muerte repentina de él, pone a la familia en contra de quien consideran causante de la ruptura de un hogar. Llevada con habilidad, recurriendo en ocasiones al realismo mágico, juega a varias bandas y de modo algo tramposo, viniendo a decir que las familias normales no son a veces tanto. También de Chile he podido ver Los perros, con la alargada sombra de la dictadura de Pinochet tocando a una mujer casada, que siente algo por su profesor de equitación, coronel retirado y actualmente investigado por torturas. De Argentina, y presente por recibir Ricardo Darín el Premio Donostia, se ha proyectado La cordillera, una película ambiciosa y con el actor presidenciable –encarna al máximo mandatario de Argentina que acude a una cumbre de países productores de petróleo–, pero no acaba de convencer el relato de Santiago Mitre, la mezcla de alta política y drama familiar no casa bien.
