El cine español asoma por primera vez en la competición. Cine de mujeres, dirigido por una mujer, Icíar Bollaín.
Mataharis sigue a tres mujeres que trabajan en una agencia de detectives en Madrid. Su metodología profesional sirve para insuflar dinamismo a una trama donde lo que importan son las vidas de las protagonistas, azotadas por los problemas típicos de la gente corriente de nuestros tiempos; o sea, aburrimiento, hastío, incomunicación, dificultad para imprimir un rumbo claro a la existencia. Eva, casada y con dos niños, descubre que su marido Iñaki recibe llamadas de una desconocida; decidida a ejercer de detective sigue a Iñaki, y lo hace… ¡hasta Zaragoza! (permítanme un inciso, pero se trata de mi ciudad natal, y es bastante raro que salga en una película). Allí le va a descubrir una doble vida, que pone en peligro la estabilidad familiar. Inés es una mujer madura, con anodino esposo todo el día pegado al ordenador, trabajando; se supone que los hijos volaron ya del nido, y la imagen que da la pareja es la de un matrimonio muerto; finalmente está Carmen, la más joven, sin novio “fijo”, al que el trabajo que le encomiendan –infiltrarse en una empresa como limpiadora, para reunir pruebas sobre un supuesto robo interno– le acaba afectando y planteando un dilema moral, pues cree que con sus actos puede perjudicar a una causa justa.
Bollaín sigue entregando cine con contenido, como en Flores de otro mundo o Te doy mis ojos, no absolutamente memorable, pero sí muy resultón. El esquema de la trayectoria de las tres mujeres es muy semejante –el caso que tienen entre manos afecta a su vida privada, es imposible separar uno y otra por completo, están intercomunicados–, y da pie a unas buenas interpretaciones; pero la historia más conmovedora y mejor resuelta es la de Eva. Por cierto que la directora no puede evitar caer en un tópico de nuestra lista “Los 70 tópicos del cine” (consúltenlo en la sección “Nuestras listas”) estupendamente elaborada por Juan Luis Sánchez, concretamente el 57. Nadie es perfecto. O perfecta.
El horror de la guerra de Irak promete una auténtica catarata de películas dedicadas al conflicto bélico. A diferencia de lo que pasó con Vietnam, en que la mayor parte del cine dedicado a esa guerra llegó cuando se había concluido, aquí, aún sin salida clara, ha empezado ya el goteo que se convertirá pronto en río salida de madre. Aquí hemos podido ver a concurso Battle for Haditha, una película tremenda, inspirada en un caso real. Los hechos ocurren el 19 de noviembre de 2005 cuando dos insurgentes (o terroristas, que cada cual escoja) ponen una bomba que hacen estallar al paso de un convoy estadounidense; las bajas causadas provocan una terrible represalia.
Ante una película de estas características, el mayor temor de uno es que le planten ante los ojos un panfleto. Aquí hay un cierto equilibrio, no se cae en la simpleza del blanco y negro. Desde los marines que al principio hablan a cámara para dar las razones (o sin razones) de por qué están en Irak, vemos una galería de personajes rica e interesante; está la gente sencilla: los propios soldados entrarían en este rango, y también los hombres, mujeres y niños iraquíes, que se ocupan del día a día y tratan de llevar una vida normal; luego están los insurgentes, antiguos soldados de Sadam, resentidos por la disolución del ejército que les dejó sin trabajo ni medios para subsistir, y que consideran que los yanquis deben ser expulsados; y en el nivel superior y máximo, en ambos frentes, estarían los fanáticos de Al Qaeda, que utilizan a los insurgentes para sus propios fines, y que consideran a los civiles muertos como mártires necesarios de una guerra santa; y los fríos mandos estadounidenses, que dan las órdenes de eliminar a enemigos potenciales sin tener la certeza moral de que lo son.
¿Responde a la realidad de lo que allí ocurre lo que nos muestra el británico Nick Broomfield? No lo sé, no he estado ahí. Pero si me parece detectar una mirada honrada al mostrar la euforia de la batalla, lo fácilmente que puede uno dejarse dominar por el sentimiento de la venganza, y el silencio de los iraquíes, que no advierten a los americanos del atentado que se prepara a la puerta de sus casas. Se entrega un cuadro complejo, seguramente matizable y no del todo justo, pero que ayuda a reflexionar sobre el sinsentido de la guerra.
La gala de inauguración
En la anterior crónica, impelido por la urgencia, me dejé en el tintero alguna mención a la gala de inauguración del festival. Presentaron Cayetana Guillén Cuervo y Edurne Ormazabal, en un escenario del Kursaal que aprovechaba bien los espacios, con sus escaleras de vértigo y decorados de storyboard. En una combinación de ritmos euskaldunos de chalaparta y la modernidad de bailarines tapados por delante y por detrás con carteles alusivos a las distintas secciones del certamen, fueron éstas presentadas con mayor o menor gracia. Seguramente la más inspirada fue Asunción Balaguer, viuda de Paco Rabal, que presentó la sección “Made in Spanish”, y en la que me pareció detectar una sutil ironía a la hora de hablar del cine español actual, luego suavizada al hablar de la próxima ley del cine.
Las presentaciones de cada sección iban acompañadas por un vídeo en euskera. La verdad es que por motivos prácticos tal vez habría sido más razonable acudir al español o al inglés. No deja de ser un poco surrealista que se habla de las secciones “Horizontes latinos” y “Made in Spanish” en euskera, ya puestos tal vez el portugués sería más adecuado, hay muchos millones de habitantes en Brasil.
