Lejano Oriente, Oriente Próximo. Las dos películas a competición de hoy nos llevan a Japón y Palestina, historias sencillas y cotidianas, muy bellas, alrededor de dos familias, aunque en el segundo caso centrándose en la figura paterna.
Una película a lo Yasujiro Ozu. Aruitemo, aruitemo ya la hemos visto, el citado maestro nipón hizo al menos una docena de títulos que podrían conectar con éste, historias de familias corrientes, de hasta tres generaciones, que se reúnen por algún motivo. El mérito de su compatriota Hirokazu Koreeda (Nadie sabe, Hana) es entregar un film a la altura del modelo pero adaptado a los tiempos actuales, lo que suponía enfrentarse a un listón muy alto; y sí, el resultado es emotivo, con personajes entrañables, que se hacen querer, aunque no sean perfectos. La cosa transcurre casi en su totalidad en apenas 24 horas, en la que los dos hijos casados de un matrimonio anciano acuden a verles al hogar de la infancia. La hija es una mujer sin pelos en la lengua, algo descarada, que desearía un día poder vivir con su marido e hijos en la casa. Y el hijo se ha casado recientemente con una viuda madre de un niño, algo que no hace gracia a sus padres, él un viejo cascarrabias, médico, que esperaba que su retoño siguiera sus pasos profesionales, ella ama de casa con bastante genio también. Planea en el hogar la muerte trágica años atrás del hijo mayor, al que honran en el aniversario de su deceso. Y hay recelos en aceptar a la nueva hija política, y algún secretillo de familia.
Hay en la narración un tono agridulce. Existe un aprecio por la familia, hay cariño, respeto y buenas maneras, un deseo de agradar al otro. Al tiempo hay roces, malos entendimientos, rencores, cabezonerías. Y también buenos deseos de volverse a ver, en otra ocasión, no cumplidos, algo no raro cuando se conciben ciertas visitas como una carga, que habría que reducir al mínimo que dicta la buena educación, porque hay tanto que hacer... Kore-Eda logra un equilibrio perfecto entre los detalles de suave humor que salpican la cinta, con cierto patetismo -el gordo patán por el que dio la vida el hijo fallecido-, y hasta con momentos mágicos, la mariposa de alas amarillas. No se cae en la sensiblería, mostrándose con realismo los buenos deseos que presiden las reuniones familiares, y las diferencias y puyas que surgen casi de modo inevitable. Los actores han captado perfectamente los pequeños detalles que definen a sus personajes, por lo que la película alcanza algo muy parecido a la perfección. Se trata de un título muy premiable, si no fuera por la mencionada sensación que desprende de 'déjà vu'.
Una sorpresa muy agradable constituye El cumpleaños de Laila, el film palestino. Empezando por su duración, 71 minutos, tiempo más que suficiente para contar una historia interesante, y que se agradece en un festival, donde al que suscribe le tocar ver una película detrás de otra, casi sin solución de continuidad. La trama es bien sencilla. Ahí está una familia, el matrimonio, y su hija Laila, que cumple años, diez. El padre, Abu Laila, ha ejercido como juez en un país amigo de Palestina, pero de modo paradójico, cuando se ha establecido ahí para ayudar a construir su nación, la burocracia y los papeleos inútiles le impiden trabajar en su oficio, y se ve obligado a subsistir como taxista. Eso sí, no deja de acudir a diario al ministerio de justicia, para hacer su reclamación, y a diario le dan largas. Su jornada con el taxi, donde no debe olvidar comprar un regalo para la niña y llegar temprano a la fiesta de cumpleaños, va a ser movidita. Le toca llevar a gente a la que le cuesta acatar normas tan sencillas, como la de llevar abrochado el cinturón de seguridad; hay maleducados que olvidan en el auto su teléfono móvil, y luego vienen con exigencias; la gente va armada a todas partes, aunque Abu Laila no permite el acceso a su vehículo de los viajeros que portan armas; los policías se dedican a nimiedades, en vez de cumplir su función; el terrorismo acecha; el asfixiante control israelí está allí, sobrevolando el cielo. Verdaderamente el guionista y director Rashid Masharawi logra, a través de una historia minimalista, dar un cuadro bastante completo del día a día palestino, donde no faltan el dolor y la muerte. No faltan personajes muy humanos, una esperanza latente dentro de un panorama a veces descorazonador. Hay algún leve toque de humor, y el desenlace es sencillamente genial. Quizá su condición de “película mínima”, tomo la expresión prestada de Pedro Antonio Urbina, le dificulte hacerse con algún premio gordo, pero bien podría llevarse el del jurado, o el de mejor actor para Mohamed Bakri, quien con una estupenda interpretación de personaje flemático que acaba estallando, se beneficiaría de los escasos roles masculinos de entidad que hemos visto hasta el momento en la competición.
