El cine mexicano muestra una pujanza grande en los últimos tiempos gracias al trío que conforman unos directores de gran poderío visual, y deseosos de contar historias. Ellos son Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu. Hemos hablado con este último con ocasión del estreno de su último trabajo, Babel, uno de los filmes que suenan con posibilidades cara a los Oscar.
Esta es una película aún más compleja que las otras que ha acometido
Pues sí, Babel ha sido un reto mucho mayor que las otras producciones que he hecho. Es una película rodada en tres continentes y en cinco idiomas distintos. Además es la primera vez que he trabajado con ‘no-actores’, en un film donde los personajes no se tocan físicamente, sino emocionalmente. Todo eso requirió de muchísimos juegos malabares para salir adelante. Para mí ha sido el reto más grande que he tenido.
¿Cómo elige a los actores?
Primero me siento con ellos, trato de conocerlos. Les digo por dónde va la idea, lo que quiero contar y el porqué. Cuando creo que han entendido y que son las personas adecuadas, entonces les mando el libreto. Para mí es un proceso de conocerlos primero a ellos, de saber si son las personas adecuadas. Una equivocación ahí casi me costaría la película.
¿Y qué decidió a Brad Pitt para involucrarse en el proyecto?
Creo que vio la posibilidad de fallar. La posibilidad de que este personaje era un personaje-novio para él, en el sentido de interesante, diferente. Y eso creo que es muy rico para un actor, el reto de transformarse verdaderamente en otra persona, que la gente no percibe en él como tal. Esto es parte del trabajo de un actor, y creo que fue lo que le gustó.
¿Qué fibra ha tocado en Pitt para conseguir su interpretación?
Pues no sabría decirte porque no es un método científico. Yo creo que se trató de estimularlo, de provocarlo, de conseguir que fuera honesto consigo mismo. Es importante conseguir que un actor se sienta cómodo, sin riesgos, que sienta que no se va a caer. Entonces mi labor es un poco de papá, de psicólogo (risas), de todo un poco.
Sí platicamos bastante. Había una necesidad por mi parte, a veces meticulosa, en datos y en direcciones precisas y en repetición. Trabajar la mecánica física, la emocional.
¿Hay alguna diferencia en la dirección de actores de la película? Por ejemplo, entre una gran estrella, y los no profesionales.
Los no-actores son personas que tratan de encontrar dentro de si mismos una emoción para aplicar a la escena. Hay una especie de pureza dentro de lo que están haciendo. En lugar de la técnica, hay una pureza que resulta conmovedora porque es real. El trabajo del actor proviene de una técnica, desarrolla sus herramientas interpretativas, y su tarea es precisamente hacer que esa técnica no se note. El actor va en contra de sus hábitos, mientras el no-actor está tratando de encontrarlos, trata de encontrar una rutina para sostenerse.
Su estilo de narración se caracteriza por la no-linealidad. ¿Cómo es la colaboración con su guionista, Guillermo Arriaga?
Yo creo que nunca planteamos las estructuras a priori. Primero planteábamos las historias, y yo creo que éstas en sí demandaban un cierto tipo de estructura. Pero no acudo a la no-linealidad como un estilo de hacer cine, no tengo ningún interés en eso, de hecho la estructura en sí misma no tiene interés para mí, no me llama la atención. Sólo busco la forma mejor de contar una historia.
La película, a pesar de su título de resonancias bíblicas, se caracteriza por la ausencia de Dios. Los personajes no acuden a Él en busca de ayuda ante unos problemas que les superan…
Yo creo que es una película muy terrestre. Una película en la que Dios no tiene nada que ver, en el buen sentido de la palabra. En el sentido de que el nombre es una metáfora del Antiguo Testamento, cuando Dios castiga. Yo creo que en esta película esa referencia se trata más como una metáfora, que como un tema central religioso. No es una película religiosa, es una película sobre las limitaciones humanas, producidas por los propios hombres: por su egoísmo, por sus flaquezas, por su incapacidad de transmitir amor, por la falta de compasión, etc. Pero esto no es culpa de Dios, es una película de seres humanos y sus reacciones.
No obstante, hay un personaje que observa y trata de entender la espiritualidad del árabe, que reza en un momento dado, y que es distinta a la del occidental. Pero no había necesidad dramáticamente de estirar ese tema.
¿Dónde encuentra su inspiración dramática?
A mí me interesa mucho el microcosmos, la infinidad de una pareja, una comunidad, la familia como núcleo. Ahí está el caldo dramático de todos los temas. La familia ha ido haciendo la historia desde los tiempos de la Biblia, ya con la expulsión de Adán y Eva del paraíso.
¿Cómo nació Babel?
Pudo partir de cuando me fui a Los Ángeles. Hubo una necesidad de curar una serie de sentimientos y pensamientos que yo tenía, producto de vivir en un país del primer mundo. Pensé en la posibilidad de hacer una película en los cinco continentes con cinco historias.
¿Alguna de las historias está inspirada en casos reales?
Para la historia de la niñera pensaba en una mujer que se llama Julia, que limpia mi casa de Los Ángeles. Su historia, como ocurre con la de otras miles de mujeres mexicanas, es terrible. Ha atravesado la frontera entre Estados Unidos y México en siete ocasiones, en alguna de ellas con muertos de por medio. Y aunque tiene un hijo en la cárcel en México, al que le gustaría visitar, no se atreve a hacerlo, por miedo a que no le dejaran entrar de nuevo en Estados Unidos. Tiene tres trabajos distintos a los que dedica 18 horas al día. Para mí esta película no es biográfica, pero está llena de comentarios personales.
La historia más compleja es la japonesa. ¿Cómo la abordó?
Cuando no tienes la palabra, el cuerpo se convierte en un arma. Dentro de la idea de tocarse física y emocionalmente, para mí el hecho de que se den la mano al final hace que se abra un canal. Por eso, a pesar de su dureza, la considero una historia esperanzada.
¿Has intervenido en el montaje y en la banda sonora?
El proceso de montaje es una de las cosas en que más disfruto, es un auténtico rompecabezas. En cuanto a la banda sonora, yo vengo de la música, y cuando me imagino una película, tiene música. A priori la música forma parte de la estructura, del ritmo. Me interesa por tanto, pensar en temas musicales.
La experiencia fue muy rica. Cada historia está rodada de una forma distinta: formato, estilo, etc. Fue algo casi experimental donde traté nuevas cosas, me tomé nuevas licencias. Creo que esta película es mucho más cinemática que Amores perros. Es más lírica, más libre. Esta película se ha hecho con mucha intuición.
¿Cuál fue la localización más complicada?
Durante las primeras doce semanas en Marruecos hacía mucho calor, estábamos empezando el trabajo y se hablaban seis idiomas en el set. En esa situación encontrar el tono no era fácil.
¿Cuándo uno cierra un ciclo como éste, qué se plantea después?
Yo creo que hay una gran satisfacción.
¿Tienes algún proyecto nuevo?
Estoy trabajando en algunas ideas, pero nada en concreto.
