El Festival se encuentra ya lo suficientemente avanzado para poder asegurar que el nivel de la sección oficial es el más flojo de los últimos años. Hoy la mirada de John Sayles en Amigo a la presencia estadounidense en Filipinas decepciona. En cambio es una arriesgada bocanada de aire fresco Aita, una película en la frontera entre el documental y la ficción.
La veteranía es un grado, y el guionista y director John Sayles tiene un buen puñado de películas a sus espaldas que prueban de sobras su solvencia. Por ello tenía interés en ver su último trabajo, Amigo, y pese a ciertos destellos de su habilidad como cineasta, su película no tiene la fuerza esperable, está lejos de Hombres armados, el título con que más fácilmente puede asociarse.
El film se sitúa en la época revolucionaria de Filipinas, el declive español es evidente y las tropas de ocupación norteamericanas no hacen más que enredar y complicar las cosas. Rafael Dacanay, un hombre justo y cabal, es el carismático líder del pueblo selvático de San Isidro, situado en la zona donde chocan estadounidenses y guerrilleros. Su hermano Isidro y su hijo Joaquinito están en la selva, con los revolucionarios. Él en cambio es un hombre pacífico y pragmático, que sobre todo quiere lo mejor para la gente del pueblo, en vez de enfangarse en luchas y enfrentamientos que sólo generan odio y destrucción. Tal postura le hace ser malinterpretado por unos y otros.
Parecen claras las intenciones de Sayles de presentar su historia como metáfora de otros “asentamientos” más recientes de sus compatriotas, Vietnam o las cercanísimas Irak y Afganistán vienen enseguida a la mente. Algunos trazos funcionan, pero otros son menos sutiles. De modo especial chirría esa especie de general Custer al que da vida Chris Cooper, caricatura del militar descerebrado, o la muy evidente utopía de la convivencia pacífica entre americanos y nativos, rota enseguida por la realidad impura y dura. También suenan a cliché la atracción entre yanqui y filipina y la visión del fraile como soldado de Dios. Da la impresión de que el director ha acudido a su biblioteca mental de “recursos para que la cosa funcione”, véanse los montajes paralelos de dos enterramientos muy diferentes, con los discursos de los bandos enfrentados, o el clímax con los hilos del telégrafo, que prueban su habilidad artesanal, el resultado es apañado, pero que suenan a conocido, a recurso fácil para criticar a los “metepatas” habituales, los yanquis. La costumbre de autoflagelarse típica de los americanos empieza a traspasar en exceso los sanos límites de la autocrítica para ubicarse en territorio masoquista.
El cine en la frontera
Aita es una película singular, que a más de uno poco abierto a las gozosas experiencias estéticas puede descolocar, pillar con el pie cambiado. Toda la narración gira en torno a un caserón medieval del siglo XII, casi invadido por la frondosa vegetación que lo rodea. Muchas historias se han desarrollado en el lugar, si las paredes hablaran... Los que hablan son el guardés de la casa y el cura del pueblo, conversaciones llenas de vida aunque hablen de la muerte. La casa está pegada a la iglesia, y a través de los muros el guardés puede escuchar las voces del magnífico coro. Viene una visita escolar, presidida por la maestra. Unos jóvenes gamberretes irrumpen dentro por la noche. Y cuando no hay nadie, los fantasmas de la casa deshabitada se aparecen en forma de proyecciones espectrales en las paredes, donde los defectos de las viejas películas con escenas de antaño se confunden con las manchas de humedad y los sonidos de la lluvia que cae en el exterior.
José María de Orbe se mueve en esa frontera cada vez menos nítida entre la realidad y la ficción. Con planos sostenidos bellísimos, e improvisaciones en la conversación de unos actores no profesionales, entrega una película mágica, que despierta en el espectador sentimientos inefables, nostalgia por la belleza, afán de eternidad. Esta magnífica película se encuentra despojada de los artilugios de la contemporaneidad, no hay móviles, ni internet, ni i-pods, lo más moderno es el cine, pero un cine humano, convertido en recuerdos del pasado.
