Sigue avanzando el 4º Festival de Cine Italiano de Madrid, con dos películas dirigidas por mujeres y que muestran a sus respectivas protagonistas en decisivas encrucijadas vitales.
Lo cierto es que los filmes proyectados ayer tenían elementos comunes, y no sólo por el dominante componente femenino de ambos -dos directoras y dos mujeres protagonistas absolutas-, sino por el compartido desencanto de dos féminas que de algún modo conocen el amargo sabor de la desilusión vital en distintas etapas de su existencia.
En Il mio domani, de Marina Spada, tenemos a una atractiva mujer, profesional bien situada, pero a la que las circunstancias de la vida han colocado en una situación vital de insatisfacción. Ella, especializada en dar cursos de motivación a empresas, donde vende a los cuadros intermedios el concepto de “vacío positivo”, tiene su vida llena de ocupaciones que no la hacen feliz, aunque esté siempre haciendo algo, atender a su padre anciano, mantener alguna relación sentimental, cuidar a su sobrino. La amargura que le toca arrastrar a Mónica, una inspirada Claudia Gerini, no parece tener salida, porque el vacío, viene a decir Spada, siempre existirá, sólo cabe ocuparlo con alguna actividad “positiva”, aunque podríamos replicarle, por favor, defíname “positiva”.
La directora se muestra pesimista, resulta bien significativo el pasaje en que explica la protagonista que en una relación, todo el que da, busca una posición de poder; cuando uno de sus oyentes le afea tal concepción, poniendo el ejemplo desinteresado de Jesús, que entrega sin esperar nada a cambio, ella replicará que incluso en tal caso Él espera algo de sus fieles, el reconocimiento.
Mucha más presencia tiene el elemento religioso en Corpo celeste, opera prima de Alice Rohrwacher que ofrece un retrato de confirmanda adolescente, Marta es una treceañera que acude a catequesis a su parroquia, en un momento existencial en que se está convirtiendo en mujer, sufre las impertinencias de su hermana mayor, y se fija mucho en el ejemplo que le dan las personas que tiene alrededor. Y a tal respecto, la jovencita no puede dejar de advertir un cristianismo mediocre y rutinario en el párroco -más preocupado de autopromocionarse y jugar a hacer política que en ejercer de sacerdote- y la encargada de catequesis -una ingenua mujer, que se queda en lo externo, sin ocuparse en serio en ilusionar los chavales a los que forma con vivir a fondo su fe-.
Historia iniciática, cuadro de un desencanto, el film de Rohrwacher, que se diría basado en alguna experiencia personal, es irregular y decididamente parcial, está mucho más logrado Lourdes de la austriaca Jessica Hausner, con toda seguridad una referencia para esta cinta cuyo desenlace conduce a cierto vacío. ¿Vacío positivo? No sé, no sé...
