La vida del crítico y del informador cinematográfico resulta bastante ajetreada últimamente, sobre todo porque en las
La vida del crítico y del informador cinematográfico resulta bastante ajetreada últimamente, sobre todo porque en las últimas semanas vienen estrenándose entre 12 y 14 películas por viernes. Así las cosas, la supervivencia resulta compleja, pues nos toca ir corriendo de un lado a otro cual galgo de pase en pase y de entrevista en entrevista. El problema es que las prisas no son buenas.
Por culpa de este ritmo de trabajo uno puede llevarse falsas impresiones de las cosas. Hace unos días, estuve en una proyección de El único superviviente, reconstrucción de la tragedia de un grupo de cuatro miembros de los Navy SEALs que fueron a liquidar a un líder talibán en Afganistán, pero todo fracasó por culpa de una decisión... ¡acertada! No revelo más. El caso es que cuando parece que el film va a terminar uno tiene una sensación positiva, creo que Peter Berg, en una línea más similar a La sombra del reino que al truñaco de Battleship, que también es suya, filma con garra las secuencias de acción, y la historia tiene enjundia. Yo quitaría unas frases de Eric Bana, como el oficial al mando, que recuerda que los americanos no matan si no se les agrede primero. No hacen falta y están metidas con calzador. Pero insisto, hasta su desenlace el film deja una sensación bastante positiva.
Compruebo que un compañero reconocidísimo por la profesión, pero aquejado por esa falta de tiempo que nos atormenta a todos, intuyendo que comienzan los títulos de crédito abandona a toda prisa la sala, pues debe ir en moto a algún otro sitio. No me dio tiempo a consultarle, pero estoy casi seguro de que en ese momento se llevó una impresión sobresaliente de la película.
Pero después de que abandonara la sala, El único superviviente incluye lo que parece que va a ser la típica fotografía del protagonista real en plan emotivo y bonito y tal. Lo malo es que finalmente el realizador se alarga hasta la extenuación, enseñándonos uno tras otro a todos los personajes reales, con su familia y tal –sólo le falta mostrarnos que se van todos juntos de cañas un domingo a la hora del aperitivo– a ritmo de música moñas.
Le falta un anuncio final estilo Objetivo: Birmania, rodada durante la II Guerra Mundial, en plan “si quieres ser como estos héroes americanos... ¡alístate! El tío Sam te necesita”. Además, por culpa de esto, una parte de la crítica desdeñará un largometraje valioso, con la típica excusa de siempre de que sí “es patriotera”, y se quedarán tan frescos.
Qué pena que lo que podría resultar memorable quede un poco ensombrecido por no haber sabido cortar un par de detalles. El caso es que si alguien sigue los pasos de mi ilustre colega, y se retira a tiempo victoriosamente de la sala de cine, se llevará consigo una mejor impresión, como si hubiera visto otra película.
