Ya ha desembarcado en las carteleras españolas Relatos salvajes, tremenda comedia negra argentina de Damián Szifron, director de la hilarante Tiempo de valientes. No, no es muy apta para ir con tu abuelilla anciana atraída por el actor de El hijo de la novia, esperando ver una peli entrañable, pues desde luego, el título le va al pelo a estos cuentos bochornosos. Pero sintiéndolo mucho por David Trueba la representante de Argentina en los Oscar es muy buena.
Si aún no la habéis visto, conviene que ni yo ni ningún otro cantamañanas os desvele demasiado del argumento. Pero aconsejo a los que tengáis la costumbre de ir al cine –aún quedamos cuatro locos– que la veáis en pantalla grande, pues es toda una experiencia. La gente se ríe a carcajadas, pero no con una risa sana, de ésa que brota con una ocurrencia divertida. No, es otra cosa, una especie de reacción nerviosa, entre la indignación y la constatación de que se identifican con lo que se ve en la pantalla.
El episodio de Ricardo Darín posee un especial potencial de conexión con todo aquél que haya sido tratado injustamente y sin ningún atisbo de humanidad por algún funcionario público (¿seremos muchos o sólo cuatro gatos como los que aún vamos al cine?).
En mi caso, esta historia me trajo a la mente mi grata experiencia con la nueva tarjeta del Consorcio de Transportes de la enorme ciudad en la que vivo, que me ha traído tantas satisfacciones que incluso la he citado anteriormente en este blog. Resulta que el metro, 'por culpa de la crisis', se ve obligado a reducir drásticamente la frecuencia de los trenes, lo que a veces entre 9 y 10 de la noche produce situaciones dramáticas de las que he sido testigo cuando la gente no puede entrar al vagón de viajeros enlatados, y se desespera ante la perspectiva de esperar al menos 17 minutos al siguiente.
Pero, paradojas de la vida, sí que hay pasta para renovar todos los abonos mensuales. No, no seáis malpensados, estoy seguro de que nadie se ha llevado una comisión más alta de lo legítimamente estipulado por modernizar todos los accesos del mismo metro. Lo que más me colma de dicha es cómo te venden como una ventaja que con ella ahora tienes derecho a 4 días menos que antes, 5 los años bisiestos. Me recuerda a cuando los supermercados querían que les felicitaras por pasar a cobrarte las bolsas de plástico, en aras de su infinita 'preocupación' por el medio ambiente.
Una vez aceptado todo esto, mucha resignación, qué le vamos a hacer. Al fin y al cabo, la reacción del personaje de Darín es sólo una esperpéntica invención cinematográfica. Tratas de mantener la calma y seguir con tu vida, hasta que por muy bien que trates la tarjeta y la lleves bien enfundada, resulta que un día se desmagnetiza por completo y deja de funcionar. El abono anterior llevaba al menos un billete que ponía que tenías derecho a entrar en el transporte público durante el mes en curso pero ésta nada de nada. Te quedas tirado por mucho que te queden 15 días aún sin utilizar...
Finalmente, la mayor alegría te la llevas cuando te enteras de que encima de que para salir del paso has tenido que pagar billetes sencillos, renovarla cuesta pasta –si se te ha acabado la garantía–. Así que encima de cornudo, te apalean sacándote otros ¡6 euros!
Así las cosas, lo único malo que le puedo achacar a Szifron, es que nos inspira malas ideas. Al final va a ser verdad eso de que el cine puede provocar comportamientos violentos. Yo mismo me lo estoy pensando... El realizador argentino ha sacado lo peor de mí.
