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Zona friki

Mi padre, Clint Eastwood y el resto del cine

Mi padre era un tipo peculiar al que sólo le gustaban tres películas.

Mi padre, Clint Eastwood y el resto del cine

Eran las siguientes: Por un puñado de dólaresLa muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. El resto le aburrían en el minuto 2, cuando comprobaba que no se parecen a las legendarias cintas de Clint Eastwood.

Todo lo demás provocaba el siguiente fenómeno: al minuto dos, más o menos, empezaba a sospechar que aquello no se parecía demasiado a una de esas legendarias historias de pistoleros protagonizadas por Clint Eastwood. Y entonces se levantaba, como quien ha comprobado que la sopa está fría, y se iba a otra habitación.

Una vez intenté engañarle.
Le puse Harry el sucio, pensando que aquello podría colar: salía Clint Eastwood, había pistolas, miradas duras, frases contundentes. Pero claro, el problema era evidente: Clint no llevaba sombrero de vaquero.
A los pocos minutos se marchó. Con la serenidad de quien ha detectado un fraude.

En mis años de estudiante yo iba justo por el camino contrario. Intentaba verlo todo: películas de cualquier país, duración, género o época. Sobre todo perseguía las imprescindibles, las de los directores consagrados, las que venían rodeadas de fama y prestigio.

Un día, mi padre entró en el salón y me pilló de lleno contemplando El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais.

Lo normal habría sido que saliera huyendo, como hacía siempre. Pero ocurrió algo extraño: se quedó.

La película empezaba con largos planos de una mansión interminable mientras una voz en off recitaba frases como:
“Para siempre un pasado de mármol como este jardín tallado en la piedra, esta mansión, sus habitaciones ahora desiertas…”

Aquello duraba minutos. Y encima repetía frases.

Mi padre miraba la pantalla con la misma expresión que pondría un vaquero al encontrarse un ovni en mitad del desierto.

Después venía una sucesión de escenas crípticas hasta que, por fin, parecía arrancar la trama: un personaje llamado X perseguía sin descanso a una mujer llamada A, utilizando ese método tan clásico de ligar que consiste en preguntarle si no se conocían ya. Según él, se habían visto el año anterior, aunque no en Marienbad —como prometía el título— sino en Frederiksbad, que debía de ser otra ciudad igual de impronunciable.

Los diálogos ayudaban poco:

—¿Cómo te llamas?
—Sabes que no importa.
—No, no importa.
—Eres como una sombra esperando para acercarse.

A veces las frases se repetían en otros escenarios, como si la película tuviera eco. Y cuando parecía que algo iba a aclararse, se acababa de golpe.

Salieron los títulos de crédito.
Mi padre se quedó unos segundos mirando la pantalla negra. Luego me miró a mí. Se rascó la cabeza con el dedo índice, pensativo.

Y dijo una frase que, por alguna razón, todavía resuena con toda claridad:

—Hijo, preferiría haberte pillado viendo una película pornográfica. Me hubiera preocupado menos.

Y, hoy, cada vez que suenan los primeros compases de un western de Clint Eastwood, el salón vuelve a parecer un poco más lleno.

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