Me encuentro actualmente de vacaciones en una ciudad llena de magia que podría calificarse como 'surrealista'... No, no es ésa la
Me encuentro actualmente de vacaciones en una ciudad llena de magia que podría calificarse como 'surrealista'... No, no es ésa la palabra que la define, existe otra que le va mejor, pero ahora no caigo. El caso es que en este sitio las chicas que tienes al lado pueden salir volando (más detalles en el próximo post). Pero aún alejado de España no consigo dejar de escribir, indignado por algunos estrenos cinematográficos.
Si yo adquiero en un establecimiento un smartphone, y cuando llego a mi casa dentro de la caja me encuentro una patata, tengo todo el derecho a volver y reclamar. Sin embargo, con las películas no te devuelven el dinero aunque te hayan engañado no como a un chino (los chinos son bastante listos), sino más bien como a un español que come supuesto ‘pollo’ agridulce en el chino.
¿Por qué no se puede reclamar el dinero en el cine si te dan gato por liebre? Uno tiene la sensación de que si vas a ver la última de Tom Cruise, y resulta que consiste en que éste sale, enseña el culo y hace un corte de mangas, pues te tienes que ir a casa sin ningún derecho a que te devuelvan tus 8 euros (y subiendo).
Pues bien, he tenido la sensación de que algunos estrenos de esta semana no dan ni de lejos lo que prometen. Uno de ellos, sin duda, Las aventuras de Tadeo Jones. Se supone que se trata de una parodia, género que consiste en repetir esquemas, personajes e incluso secuencias de un título ya conocido, pero aportando risas. Un ejemplo de una buena parodia es sin duda El jovencito Frankenstein. Original no es, cuenta lo mismo que Frankenstein, pero está llena de momentos tronchantes.
¿Entonces por qué Las aventuras de Tadeo Jones tiene menos gracia que un duelo de chistes entre Los Morancos y Miliki? Se supone que calca el espíritu del dibujante Jan, que llegó a dibujar un par de álbumes del personaje, y que creó a Superlópez, hilarante parodia de Supermán, que podrían haber estudiado más a fondo para intuir cómo dar risa.
Estos días, antes de salir de España he estado viendo Dallas 2012, porque se supone que aparecían J.R. y Bobby Ewing. ¡Qué nostalgia! Pero en primer lugar sale Bobby, que ha alcanzado ya una edad respetable, y uno piensa que si éste era el hermano menor, ¿cómo estará J.R.? Pues bien, el tiempo pasa y ahora J.R. resulta ser un abuelillo entrañable, que sigue con sus trapicheos, pero ya no intimida mucho, más bien dan ganas de preguntarle qué tal los nietos. Y además, enseguida se marcha a otra ciudad y casi ni sale. Por cierto, me viene a la memoria aquel "¿Quién disparó a J.R.?", que conmocionó a los televidentes ochenteros, y que dio lugar a una parodia hilarante, el "Quién disparó al Sr. Burns", de Los Simpson.
Pero sobre todo me ha resultado estos días decepcionante Abraham Lincoln: cazador de vampiros. Porque vamos a ver, viene a contar que el legendario presidente, en los ratos libres, después de firmar la Proclamación de Emancipación famosa, coge y se va por ahí a combatir chupasangres. Si partes de una idea tan delirante, uno espera que todo sea un auténtico jolgorio, ¿no? Pues resulta ser seria, y se queda en una sucesión de secuencias de acción videojuegueras a lo Wanted (Se busca), del mismo director. Yo había ido a ver otra película. Imaginad que estrenan “Felipe González en los Men in Black” y “Aznar se puso cachas para combatir a los zombies”, pero luego vais a verlas y pretenden ser dramáticas sin espacio para la risa... ¡Pues vaya timo!
Por cierto, ¿habéis notado que en televisión la anuncian como Cazavampiros, dejando en pequeñito lo de “Abraham Lincoln”? Se ve que la distribuidora confía poco en que los potenciales espectadores, de entre 13 y 15 años, hayan aprendido en la ESO quién fue Lincoln, o que existe el temor de que el nombre les suene lejanamente a los chavales a clase de Historia y que no vayan.
-¿Abraham Lincoln? Tío, sé quién fue. El Abraham ése era el cazavampiros de Drácula, fijo. Molaba mazo.
-Estás ‘to’ loco, colega, no te ralles. Vete a comer unos ‘riskettos’. Ése que tú dices se llamaba Abraham Olano.
