Ando de regreso ‘septembril’ a las labores, sin que me hayan dado siquiera un miserable corticole. En estos días vacacionales me
Ando de regreso ‘septembril’ a las labores, sin que me hayan dado siquiera un miserable corticole. En estos días vacacionales me presentaron a una chica que me explicó que trabajaba como interiorista, ya que diseñaba interiores. “¿Y tú a qué te dedicas?”, me preguntó. “Yo soy terrorista”, le dije. “Me encargo de escribir un blog de terror”. Después estuve reflexionando un poco sobre mi curiosa profesión, lo que me llevó a la conclusión de que corren malos tiempos para los que nos dedicamos a esto, ya que escasean cada vez más los estrenos que se adscriban al género; ya no llegan ni esos subproductos de serie B que resultaban ser auténticos truñacos, pero que, quién lo iba a decir, incluso echamos de menos.
Por suerte ha dado señales de vida un clásico, nada menos que Sam Raimi, al que sigo desde el 84, verano en el que disfruté de la plata en basket en Los Ángeles, de “El diario secreto de Adrian Mole” y del debut de este cineasta, Posesión infernal, de repesca en un cine de verano, ya que se había estrenado tres años antes. Desde entonces el cineasta ha rodado dos secuelas del film, ingresó en la primera división con Darkman, se adentró por los terrenos del western con la sosa Rápida y mortal, entregó un buen thriller, Un plan sencillo, se convirtió en director de blockbusters, con Spider-Man, y hasta se vio relegado a dirigir Entre el amor y el juego, un film deportivo de béisbol con Kevin Costner, que no pega nada en su filmografía.
Ahora que la temporada estival da sus últimos coletazos, se estrena The Possession (El origen del mal), que cuenta con Raimi como productor, y que está dirigido por el antaño prometedor Ole Bornedal (El vigilante nocturno). Cuando decidí acudir corriendo al cine no sabía que iba a vivir una experiencia espeluznante.
—Buenas tardes. Deme una entrada para The Possession, a las ocho cuarenta.
—Muy bien, aquí tiene. Ocho cuarenta.
—Ya sé a qué hora es la sesión. ¿Qué le debo?
—Ocho cuarenta, es lo que le estoy diciendo.
Me quedé petrificado por completo. Ya no puedo quejarme de que no consiguen aterrarme en el cine últimamente.
Por desgracia, la película no tiene la misma capacidad de impacto. El caso es que no empieza mal, pues resulta ser de ésas que en lugar de abundar en las secuencias escabrosas se preocupa por describir a los personajes (un padre separado, su ex, y sus dos hijas) por aquel pequeño detalle de que luego nos tiene que afectar un poco lo que les ocurra. Pero a partir del segundo tramo la cosa degenera y acaba siendo una especie de refrito de El exorcista en versión hebrea, ya que el ente es un dybbuk, palabro que desconocía que hacía referencia a un espíritu maligno del folclore judío. Lo malo es que el film ha sido número uno en el box office, por lo que me que 'tantísima' originalidad creará escuela y próximamente veremos desfilar por las pantallas al mulá exorcista islámico, y hasta a algún exorcista ortodoxo griego (ambas confesiones practican también ritos de expulsión de demonios). En resumen, me sablearon por ver una película cuyo desastroso, efectista e incoherente final deja un sabor de boca muy amargo. ¡Pues sí que empiezo bien el curso!
Por cierto, no creo que nadie se haya quedado con la intriga. Pero no, la chica a la que le dije que soy terrorista no me ha dado su número de teléfono.
