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Blog de Hildy

Películas extremas como “El consejero” y “Don Jon”: ¿a quién ayudan?

Una de las grandes mentiras que rodean a las películas es la consabida frase de sus responsables, que aseguran no querer transmitir

Películas extremas como “El consejero” y “Don Jon”: ¿a quién ayudan?

Una de las grandes mentiras que rodean a las películas es la consabida frase de sus responsables, que aseguran no querer transmitir ningún mensaje, simplemente están contando una historia. Por supuesto que no pretenderán, como consecuencia de ver su film, que todos los espectadores den un giro copernicano a su existencia, pero lo habitual es que un artista, creador, contador de historias, pretenda llegar a su público, y comunicarle cierta experiencia más o menos personal, hacerle reflexionar sobre una determinada cuestión, abrirle los ojos. Un director de cine y su equipo proponen siempre al espectador un viaje, le piden que acompañe a uno de los héroes y comparta su peripecia. Con mayor o menor profundidad, quiere que uno se interrogue sobre aquello que uno mismo se ha preguntado, y que, tal vez, le ayude a ser mejor persona.

Pienso en Blue Jasmine de Woody Allen, cineasta nada sospechoso de entregar moralina con sus películas. Considero imposible salir de este film y no interrogarse sobre los excesos de la crisis financiera, que es sobre todo una crisis de valores, o sentir escalofríos ante la revelación final sobre la protagonista, maravillosa Cate Blanchett. Resulta una interpelación honrada, muy interesante.

Recientemente he visto dos películas muy extremas, en las cuales no dudo de que existe cierta perspectiva moral. De todos modos resultan tan excesivas, que me pregunto a quién pueden ayudar sus historias.

Don Jon es una revisión del mito donjuanesco, el protagonista encarnado por Joseph Gordon-Levitt es un tipo promiscuo, que se acuesta con todas las mujeres que se ponen a su alcance en relaciones sin compromiso. Tan lejos ha ido en su hedonismo, que prefiere la sexualidad virtual –el porno en internet– que la ejercida en vivo y en directo: evita el contacto personal y la implicación, se diría una actitud más “higiénica”. Por supuesto este adicto al sexo no es feliz, y conocerá cierta evolución en su visión del amor, al menos hacia el final de la cinta ha aprendido a ver y relacionarse con personas al tratar con las mujeres, y no usarlas como meros objetos de placer.

El novelista Cormac McCarthy escribe su primer guión para la pantalla en El consejero, donde seguimos a un grupo de personajes hundidos en la miseria de un comportamiento inmoral y egocéntrico. Las componendas con el mundo de la droga les enfangan hasta ponerles en una situación donde su vida corre muy serio peligro. Destaca el cinismo de Malkina, interpreteda por Cameron Díaz, enfermiza mujer capaz de practicar el sexo con... ¡un automóvil! con el “placer” añadido de tu novio (?!) convertido en perplejo “voyeur”.

Ambas películas parece inscribirse en ese tipo de relatos que podrían describirse como “ten cuidado de seguir el ejemplo de estas personas, no vale la pena” o algo así, historias de advertencia acerca de que se acaban pagando las consecuencias de ciertos comportamientos extremos, al menos con la moneda de la infelicidad.

Resulta curioso además que los dos títulos contengan escenas relacionadas con el sacramento de la confesión. Aunque tratado con frivolidad, no deja de latir, al fondo, el anhelo del perdón y lavar las culpas, tan natural en el ser humano: Jon pasa por la rejilla todas las semanas, como si aquello fuera el túnel de lavado para coches, no hay verdadero arrepentimiento, se busca una tranquilidad ante un sacerdote que parece una especie de robot, la experiencia se asemeja a la de sacar dinero de un cajero automático; en cuanto a Malkina, interroga con curiosidad a su amiga católica Laura sobre el sacramento, para luego tener una extraña experiencia en el confesionario, donde no es fácil saber si desea algo más que escandalizar al cura que le escucha.

Me pregunto a quién pueden ayudar estas dos películas. Al espectador que no comparte los hábitos de los personajes, poco le aportan, a no ser caerse del guindo, y pocos a estas alturas pueden caerse de algún guindo; en todo caso, y lejos de mí querer ser alarmista, la explicitud de algunas imágenes pueden despertar una curiosidad morbosa por el porno al alcance de un click, sembrar la semilla de una adicción. Mientras que quien pueda tener costumbres y actitudes viciosas, lo más seguro es que su experiencia personal, su propio hastío e infelicidad, aportan argumentos más convincentes para “desengancharse” que estas películas, que narran con cierta distancia, precisamente para que nadie les acuse de moralizantes. Y no basta, porque cuesta cambiar, hace falta la ayuda de los que nos quieren y mucha fuerza de voluntad.

Hay humanidad en Don Jon y El consejero, pero contemplo Blue Jasmine, y encuentro su indudable mirada de advertencia mucho más satisfactoria y cercana. Así veo las cosas.

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