La semana pasado murieron dos grandes pesos pesados de la pantalla. La marcha de ambos nos afectó, pero me atrevo a decir que de modo diferente. Por supuesto, sus carreras no se parecen demasiado, pero está claro que resultó más doloroso saber de la muerte de Robin Williams que de la de Lauren Bacall.
Sí, vale, Bacall era legendaria, la mujer de Bogie, “si me necesitas, silba”, una gata preciosa, y tal y cual, pero la actriz tenía 89 años y murió de muerte natural. Lo aceptamos como parte de la vida, recordamos sus maravillosas películas, volvemos a ver tal vez El sueño eterno o Tener y no tener, y el creyente se dice que “por si lo necesitas, rezo”.
La muerte de Robin es distinta. Por supuesto, no podemos meternos en su cabeza, ni nos corresponde juzgarle, sentimos lástima y nos compadecemos, y los que tenemos fe le deseamos que haya alcanzado, de verdad, la paz. En cualquier caso, su muerte ha sido inesperada, un auténtico shock, el actor se ahorcó. Y al tratarse de alguien que nos ha hecho reír tantas veces en la pantalla, un hombre risueño, verdadero volcán de las bromas y las imitaciones, no podemos dejar de preguntarnos por qué, y también parece que, sin confesarlo con total claridad en tuits y comentarios mil, como se han hecho estos días en los medios de comunicación y en las redes sociales, no podemos evitar preguntarnos si podría darse en nuestra vida alguna situación que nos pusiera en esa tesitura de desear morir; e incluso tal vez recordamos momentos de desesperación en que hemos pensado en hacer alguna tontería, que al final, gracias a Dios, hemos desechado.
Resulta curioso ahora evocar las películas de Robin Williams, cómo el profesor Keating nos invitaba en El club de los poetas muertos a hacer de nuestra vida algo extraordinario. También esas fotos de antiguos alumnos que estaban “criando malvas”, pero que transmitían su famoso legado del “carpe diem”, “aprovecha el momento”. Mensaje que uno de sus estudiantes interpretaba erróneamente recurriendo al suicidio, lo que anegaba en el dolor al vitalista Keating.
Estos días se han sucedido los intentos de explicación para la decisión del actor, que como suele ocurrir no explican nada. Pero los hombre somos así, en vez de mirarnos a nosotros mismos para tomar la decisión de procurar ser cada día mejores personas, miramos morbosamente lo que han hecho los otros. Se ha hablado de las adicciones de Williams, de su depresión, del estado de salud, su corazón. “Demasiado delicado para este mundo”, comentó el director Barry Levinson, una sensibilidad a flor de piel. El diagnóstico de los primeros síntomas de un Parkinson, ha revelado también su viuda. Piezas de un puzzle irresoluble, por muy racionalistas que nos pongamos.
Me acordaba estos días de Hook y pensaba que ojalá Robin Williams y todos supiéramos encontrar cotidiamente el “pensamiento alegre” que nos invita a seguir adelante y crecer, y que en el caso de Peter Banning eran sus hijos. También evocaba al capitán Garfio obsesionado con el paso del tiempo, tic-tac, tic-tac... Podemos atravesar épocas oscuras, olvidar que conviene mantener el alma de niño, precisamente para conectar con los hijos, el problema de Peter Banning-Peter Pan, el niño que no quería crecer y creció, y se despistó...
Los numerosos reportajes televisivos sobre Robin con escenas de sus películas, también me hizo pensar en La memoria de los muertos, película en que las personas disponían de un chip para grabar momentos de sus vidas, lo que permitía a la hora de morir hacer un obituario ciertamente original. Con el actor ha pasado lo mismo, y está claro que su cine es un magnífico legado, pero uno se daba cuenta también de que las imágenes, aun siendo tan evocadoras, no bastan.
Buscamos el amor, y buscamos vivir para siempre, hay en nosotros un deseo más o menos nítido de eternidad, de Dios, de reencontrarnos con los seres queridos. Es así. Y también Robin Williams nos lo mostró en una de sus películas menos apreciadas, aunque a mí siempre me gustó, con su imaginería evocadora del Bosco y Caspar David Friedrich: Más allá de los sueños, del neozelandés de carrera algo errática Vincent Ward, de quien siempre me fascinó Navigator, una odisea en el tiempo. En el film, el protagonista viene a ser una especie de moderno Dante, sacudido por la desgracia, y que en el más allá no deja de pensar en su amada Beatrice. Curiosamente dolor, depresión e ideas suicidas también revoloteaban en un film que invitaba a la esperanza.
