“Nadie es profeta en su tierra”. Tampoco Paul Naschy , pues aunque con motivo de su fallecimiento ha ocupado espacio en los medios de comunicación
“Nadie es profeta en su tierra”. Tampoco Paul Naschy, pues aunque con motivo de su fallecimiento ha ocupado espacio en los medios de comunicación españoles, lo cierto es pocos productores apostaban por él, y los estudiosos del cine y críticos sesudos no prestaban atención a sus películas.
Pero lo cierto es que no recuerdo que ningún otro cineasta español fallecido en los últimos tiempos haya merecido espacio tan generoso en medios estadounidenses como el que el día 12 de diciembre le dedicada a Naschy el New York Times. Desde luego gente tan conspicua como José Luis López Vázquez o Fernando Fernán Gómez, por citar dos pesos pesados fallecidos en los últimos tiempos, no han despertado la atención del rotativo de la Gran Manzana.
Uno se da cuenta a través de ese artículo de Margalit Fox, de algo poco sabido, y es que el cine de Jacinto Molina –el nombre auténtico de Paul Naschy, como bien saben sus seguidores– se distribuía bien por todo el mundo, también en el mundo anglosajón, donde incluso sus memorias cuenta con una traducción. Recuerda Fox que Naschy ha sido comparado con Lon Chaney o Boris Karloff, y que ha hecho prácticamente todos los papeles que se asocian al género del terror: Drácula, la Momia, Jack el Destripador, el diablo, Fu Manchu, el fantasma de la ópera, el jorobado de Notre Dame, asesinos mil, además de por supuesto, a su emblemático y favorito hombre lobo.
Yo, en los tiempos en que hice con él el corto Hambre mortal –espero que en breve podamos ofrecer en exclusiva este film de 22 minutos en nuestra web–, recuerdo cómo contaba que un día le había llamado a casa Steven Spielberg, y él pensó que era una broma, pero no, o cómo fue tanteado para el musical de Evita –para el papel de Perón–, pero no pudo aceptar porque no tenía entrenadas sus habilidades cantarinas.
Sí, fuera fue más reconocido, y en casa ahora salen voces que le reconocen, pero gran parte de la industria hispana le ignoró, quizá también porque sus ideas no eran la del llamado ‘sindicato de la ceja’.
