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Blog de Hildy

Juego de tronos: las reglas de esta serie y otras

He aprovechado este largo fin de semana de san José para ponerme al día de una serie televisiva de la que me habían hablado

He aprovechado este largo fin de semana de san José para ponerme al día de una serie televisiva de la que me habían hablado maravillas, Juego de tronos. Pues bien, ya tengo formada mi propia opinión al respecto. ¿Y qué puedo decir? Pues que me embargan sentimientos contrapuestos.

La calidad de la producción con pasajes deslumbrantes es innegable, con la construcción de un mundo imaginario, primitivo y brutal, que se diría una reinvención de los mitos de la Inglaterra artúrica, con luchas de poder, amores prohibidos y secretos oscuros. No soy un experto en el "mundo tronero", pero observo que existen abundante literatura y merchandising sobre el tema, las novelas de "Canción de hielo y fuego" escritas por George R. R. Martin, además de un cómic y diversos juegos roleros y de cartas, amén de un videojuego. No sé qué va antes y qué va después, pero tan abundante material revela sin duda una base sólida de público, fan ávido de estas aventuras medievales; podría uno tener la tentación de conectar Juego de tronos con la popularidad de El Señor de los Anillos, pero tengo bien claro, y supongo que la mayoría de los conocedores de ambas sagas coincidirán conmigo, que se trata de fenómenos bien distintos. Que Sean Bean fuera Boromir en las películas de Peter Jackson y Eddard Stark en Juego de tronos puede ser una jugada calculada, pero que nadie se confunda, por favor.

La serie televisiva creada por David Benioff y D.B. Weiss bebe más en la tradición de todo un grupo de series televisivas y sagas cinematográficas sobre intrigas palaciegas y similares, donde se lucha por el poder y la propia piel. Vienen a la cabeza El padrino -de la que estos días se conmemoran 40 años de su paso al cine-, o series televisivas clásicas, como la mítica Yo, Claudio. Es curioso porque dentro del mundo inmoral y cruel que se pintaba en los citados ejemplos, quedaban planteados ciertos dilemas morales, había algunos valores que se consideraban importantes -la familia-, fronteras que no debían traspasarse -don Vito Corleone no quería introducirse en el mundo de la droga-, o al menos se luchaba por la propia supervivencia y la de otros inocentes -Claudio en medio de las intrigas de la Roma imperial-.

En las creaciones actuales hay personajes interesantes y las intensas situaciones presentadas a veces tienen gran fuerza. Pero detecto ahora mucho más cinismo, y ganas de impresionar con esquemas muy retorcidos donde se piensa en lo peor de lo peor, y luego se empeora un poquito. La bofetada que recibe el espectador en tal sentido es monumental, y se logra el objetivo de llamar la atención, pero hay abuso, mucho abuso, y la cosa deviene en recurso facilón. Y no me refiero sólo, que también, al tratamiento gráfico del sexo y la violencia, que en las series de HBO está alcanzando cotas grotescas.

En otras ocasiones me he referido al complejo de estas empresas de televisión cable, que al producir series parecen querer demostrar su capacidad de no tener que someterse a la censura con la que deben cumplir las cadenas americanas en abierto, con un exhibicionismo gratuito, que me retrotrae a la España del destape, cuando se mostraba en las pantallas lo que no cabía en los años del franquismo, con ocasión o sin ella. No entiendo que me tengan que restregar al enano Tyrion Lannister beneficiándose a unas prostitutas, las relaciones incestuosas de dos hermanos de estirpe real, el dueño de un prostíbulo instruyendo a dos mujeres en la "profesión", sexo entre una mujer delicada y un salvaje, mutilaciones de cabezas, lenguas y todo tipo de miembros, un rey coronado con oro líquido... Porque no es que se sugiera o se muestre fugazmente tal o cual cosa, sino que parece existir una intencionalidad de "epatar" que roza lo enfermizo. No sirve la excusa de que no se hace más que subrayar la brutalidad de ciertas sociedades primitivas, siglos de hierro o épocas bárbaras. Cualquier persona medianamente informada sabe de las salvajadas cometidas por el ser humano a lo largo de la historia, incluida la nuestra, pero el buen gusto, o simplemente el sentido común, aconsejan poner ciertos límites que no advierto en Juego de tronos.

En realidad se transita por caminos ya hollados recientemente en el contexto de una cultura de la sospecha, del "piensa mal y acertarás", vienen a la cabeza series recientes como Los Tudor (las intrigas de Enrique VIII son muy diferentes a las que podían verse en Un hombre para la eternidad o La vida privada de Enrique VIII), Los Borgia (serie), Roma y Spartacus: sangre y arena. Allí se presentan roles donde apenas hay alguien medianamente honrado, con principios; en el caso de que lo haya, uno sospecha que el "ingenuo" acabará muerto o apaleado.

Los gángsteres de Martin Scorsese en Uno de los nuestros y Casino ya dejaban atrás el concepto padrinesco del honor de las películas de Francis Ford Coppola, pero está claro que se da un paso más hacia el nihilismo y el vacío existencial tan contemporáneos en series de la calidad de Los Soprano y Boardwalk Empire. La primera pinta a unos mafiosos contemporáneos que no serían "como los de antes", con el capo Tony acudiendo a sesiones de psicoanalista e ingiriendo su dosis de prozac, aburrido, deprimido, con unos hijos adolescentes que no dejan de verse salpicados por la actividades criminales de su progenitor. Y aunque la otra serie citada sea de época, se sitúa en el Atlantic City de la ley seca, la mirada y los temas abordados son muy de nuestros días, personajes desubicados, empujados por las circunstancias a situaciones límite donde la libertad para hacer lo correcto no parece existir, en realidad no parece que existan actuaciones correctas, sólo una visión cortoplacista de acciones individuales que redunden en el propio beneficio.

Con estos planteamientos, Juego de tronos y compañía logran una importante minoría de adeptos, pero pienso que también dejan mucho público fuera. Se logra rentabilidad, pero el precio a pagar puede ser dejar de hacer algo verdaderamente memorable. Pues lo que hoy es innovación, mañana puede estar completamente pasado de moda. Yo creo que un espectador nunca se cansa de ver las andanzas de personajes puestos a prueba, héroes cotidianos que se esfuerzan en estar a la altura de las circunstancias, haciendo lo que hay que hacer. En cambio acumular escenas tremebundas, un tipo ahorcado con sus propias tripas, una sesión de sexo a tres mientras se planea una matanza, más cualquiera otro tipo de escena retorcida salida de un equipo de guionistas al que se le pide precisamente eso, sólo puede producir hastío o triste adicción. Desde luego, no arte.

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