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Ficción o documental, ambos pueden hacernos profundizar en los grandes problemas de la humanidad

A la hora de abordar con narrativa audiovisual una cuestión de importancia primordial para el ser humano, puede uno preguntarse qué es

Ficción o documental, ambos pueden hacernos profundizar en los grandes problemas de la humanidad

A la hora de abordar con narrativa audiovisual una cuestión de importancia primordial para el ser humano, puede uno preguntarse qué es mejor, si hacerlo mediante una dramatización, una película de ficción con actores, o a través de un documental, donde se mojen los más sabios, los directamente implicados en el tema que sea, con lo aportación de datos bien concretos y reveladores. La mejor respuesta la daría, por supuesto, un gallego, que diría “Depende”. Y yo estoy de acuerdo, ambos procedimientos pueden enriquecernos con información que no teníamos o en la que no habíamos ahondado, proporcionarnos ciertas emociones y elevar la película entregada a la categoría de obra de arte.

Hay muchísimas películas de ficción que me interesan sobre Oriente Medio, un conflicto que desgraciadamente no cesa. Hace poco una película, Inch'Allah, me ha dado nuevas luces, aunque ya antes me iluminaron títulos tan interesantes como Los limoneros, El atentado, Paradise Now, el Munich de Spielberg... Al mismo tiempo, puedo asegurar y aseguro que he aprendido mucho con Los guardianes (The Gatekeepers), documental nominado al Oscar donde 6 antiguos jefes del Shin Bet, los servicios de seguridad israelíes, hablan de su experiencia para combatir el terrorismo: sorprende el realismo con el que se refieren al problema palestino, su mente no está en absoluto obcecada ni su punto de vista puede describirse como monocarril.

A la hora de hablar de los riesgos que conlleva la perforación de terrenos para explotar el gas natural, puede ser válido el didactismo al que se apunta Gus Van Sant, con guión y protagonismo de Matt Damon y John Krasinski, en Tierra prometida (Promise Land), u optar por el documental Gasland. Y en ambos casos uno aprenderá algo, y ejercerá también su sentido crítico: no todo es blanco y negro, y la postura de los responsables de los citados filmes resulta bastante clara, pero verlos ayuda a tener deseos de indagar más, a preguntarse por energías alternativas al petróleo y su coste, no sólo económico.

Un documental estupendo es El impostor, que cuenta una historia insólita, de un tipo que asume la identidad de un desaparecido, con la sorpresa de que la familia dolida le acoge. El intercambio de Clint Eastwood también contaba una historia real, en clave de ficción, en que una madre le trataban de dar el “cambiazo” con el hijo desaparecido. Las dos películas son poderosas y trasladan al espectador fuertes sensaciones sobre casos extremos.

Leyendo las estupendas crónicas de Jorge Collar del Festival de Cannes, también encontraba argumentos para las ideas que estoy desarrollando en este post. Hay quien dice que la nostalgia de los hermanos Coen al imaginar la trayectora de un cantante folk en Inside Llewyn Davis le ha hecho recordar el caso de Rodríguez contado en el documental ganador del Oscar de este año Searching for Sugar Man. Y cuando veía la reseña de Le dernier des injustes, del director de Shoah Claude Lanzmann, pienso en el valor de esos inmensos documentales, que no quitan mérito a cintas más populares y necesarias como La lista de Schindler de Steven Spielberg.

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