El director Christian Vincent visita Madrid con motivo del estreno de su película El juez, una sutil historia de amor, con el mundo judicial como telón de fondo.
¿Cómo surgió la idea de El juez?
Mi productor acababa de hacer una película con Fabrice Luchini y me preguntó si querría trabajar con él. Y tiempo atrás había leído una novela de Georges Simenon que justamente hablaba de un juez, y pensé que quizá encajaba. No se trataba de adaptar la novela, por era muy de su tiempo, todo transcurría en la sala judicial, el juicio en sí no me interesaba... Pero la idea de acompañar a un magistrado durante tres o cuatro días sí me atraía. Mi productor dio el visto bueno. Y como no sabía nada del tema, lo primero que hice fue asistir a un juicio.
El juez ofrece drama, comedia, romance y película judicial, ¿buscaba esa mezcla?
Sí. De hecho el principal reto del guión era precisamente encontrar una unidad de todo esto. En francés, hay una expresión para decir esto: “ir detrás de varias liebres”. Sabía que debía interesar al espectador con la historia íntima del juez, también debía atraerle el juicio y también debía atrapar todo el mundo de los jurados, gente que no se conoce, que han sido elegidos por sorteo, son de clases sociales distintas, y van a tener que trabajar juntos y tomar una decisión muy importante. Con todos estos elementos sabía que la apuesta era difícil.
Y lo logró…
Escribí el guión y rodé el film. Pero realmente no sabía si la película “estaba”. Ïbamos montando secuencialmente, pero hasta la primera proyección no sabía cómo resultaría. Lo primero es que duraba dos horas y diez. Demasiado larga. Pero también nos tranquilizó mucho, porque teníamos una historia. La reducimos temporalmente y supimos que funcionaba.
Pero no tiene una estructura clara.
No se trata de una construcción clásica. Se pasa de un universo a otro. Es como una de esas películas “corales”, que son tan difíciles de mantener. Son de esas películas que hasta que no las ves acabadas no sabes si realmente están listas. Un poco al estilo de Robert Altman, aunque para mí no es que sea un modelo. Pero es verdad que arriesga en sus construcciones.
Poco a poco la resolución del juicio mismo va perdiendo importancia, porque la historia va por otro lado. ¿Era el objetivo?
Es justamente lo que yo quería. Así era el guión. Tras un pequeño giro en las declaraciones, el juicio ha de perder su interés, aunque lógicamente debíamos saber el veredicto, pero efectivamente la atención va hacia otro lado. Tanto a la historia personal del presidente, como a la reflexión más general que el jurado hace sobre la justicia, sobre la responsabilidad social de su papel.
En este sentido, el personaje de Ditte recuerda al de Henry Fonda de 12 hombres sin piedad. ¿Le influyó?
No pensé en esa película. Cuando escribí el guión ni me acordé de ese film. Pero volví a verla después de hacer la película. La tenía en casa en DVD y volví a verla. Es una película fabulosa y también la obra de teatro era una maravilla. Pero me alegro de no haberla visto antes. De todas maneras yo no filmó la deliberación propiamente dicha, sino la vida de alrededor, los comentarios, etc. Aunque quien siembra la duda es Ditte, y también su hija, es cierto. Me encanta el tema de la intuición sobre la verdad. Como en esa película de Woody Allen, Match Point, que me encanta, con el policía que intuye la historia que ha sucedido y nadie le hace caso. En el mundo real ocurre parecido, la verdad surge inesperadamente.
¿Está de acuerdo con los jurados populares?
Sí. Me parece un sistema genial. En Francia sólo hay jurado popular en juicios de sangre, donde el acusado sería condenado por un mínimo de diez años. Por tanto sólo hay jurado en los crímenes graves. El jurado popular de hecho nació en la Revolución Francesa, y es un sistema muy apreciado en Francia. Por un lado depende del pueblo, de gente elegida por sorteo de todas las clases sociales, y por otro lado, están los profesionales, los magistrados. En Francia ambas partes pueden hablar, al contrario que en Estados Unidos, lo cual creo que es para poder equilibrar las decisiones, porque los jurados por sí solos tienden a ser muy radicales.
Los personajes son normales, y especialmente el juez es especialmente vulgar, incluso mediocre, ¿era lo que buscaba o se fue creando así poco a poco?
Fueron creados así desde el principio del guión. Son seres corrientes. Muestro un presidente con su mezquindad, sus defectos. Cuando ejerce su profesión sube el nivel, es muy buen profesional y es hábil para hacer preguntas.
El personaje parece escrito para Fabrice Luchini.
Sabía que Fabrice podía llegar a ser en pantalla muy antipático, pero sin perder por eso ni una pizca de encanto. A Fabrice Luchini o se le adora o se le odia, y a veces las dos cosas a la vez. Pero en general el público disfruta odiándole. Y darle el papel de un hombre bastante odioso, nada generoso, me pareció una gran idea para el film. Porque a la gente le gusta odiarle. En Francia la relación del público con Fabrice es ambivalente. Es un tipo que a la vez te hace reír y te saca de quicio. Tiene mucho talento pero dan ganas de estrangularle. Diseñé por eso un personaje con gripe, siempre de mal humor. Pero el objetivo es que él acabe sonriendo y también el público.
Podría verse la película como una metáfora sobre la influencia de la bondad –el personaje de Ditte– sobre una serie de personas. ¿Comparte esa opinión?
Totalmente. Quería que entre el jurado hubiese alguien que desequilibrara el desarrollo normal del proceso. Imaginé a una mujer y su historia. El juez está del lado de la ley, es un personaje sombrío, y necesitaba a una mujer luminosa, generosa, y así se creó Ditte.
¿Nos puede hablar de Sidse Babett Knudsen?
Tiene una fuerza inmensa y es una mujer maravillosa. No quería una mujer muy joven, tenía que estar en la cuarentena. Y entre las actrices francesas ninguna me convencía. Por esa época se estaba emitiendo la tercera temporada de Borgen y me parecía una actriz increíble y muy guapa. Un domingo por la mañana tecleé su nombre en google y me encontré con que sabía francés porque había vivido desde los 18 hasta los 23 años en París. Inmediatamente llamé al productor y le dije que ya teníamos a nuestra actriz. Y nos marchamos a Copenhague para hablar con ella. Sidse es guapa, femenina y me recuerda a las heroínas de las películas de John Ford, con ese lado fuerte, lleno de carácter.
Y es fantástica la relación con su hija.
Había que ver al personaje también en su entorno. Estar con ella fura de la sala del juicio, en su casa y en su trabajo. Y deseaba ofrecer una relación de complicidad entre la madre y la hija, no quería el típico conflicto maternofilial. Quería que esa muchacha admirase a su madre. Y además era vital para que existiera la pareja, ella es la tercera en discordia y hace que la relación encaje.
¿Qué proyecto le gustaría llevar a la pantalla?
Hay un relato de Milan Kundera que me gustaría filmar, pero Kundera no quiere que se adapte. Se titula "El falso autostop", y trata de una pareja joven. Es un relato de veinticinco páginas, extraordinario. Me encantaría hacer una película pero desgraciadamente por el momento es imposible.
