Con “Sala de profesores” nos ofrece una lección de cine. Gracias a ella ha logrado una candidatura al Oscar a la mejor película internacional, codeándose con cuatro de los grandes, Wim Wenders, Matteo Garrone, Jonathan Glazer y el español Juan Antonio Bayona. Ilker Çatak nos recibe en un hotel madrileño para hablar de este intenso thriller escolar –que merece un sobresaliente– donde una profesora de un instituto descubre que una de las administrativas está detrás de recientes robos.
Ha coescrito Sala de profesores, con su amigo y frecuente colaborador Johannes Duncker. ¿De dónde surgió la idea?
Para mis películas suelo basarme más o menos en hechos reales. Johannes y yo íbamos juntos al instituto. Cuando teníamos unos 14 ó 15 años tres empleados del centro entraron en la clase y nos cachearon a todos los alumnos. También nos registraron la mochila. En aquel entonces no lo cuestionábamos porque no éramos conscientes de nuestros derechos. No es como hoy, donde un pequeño incidente se convertiría en algo enorme porque una persona escribiría algo en un grupo de WhatsApp. Pero en aquel momento no ocurrió nada. Nos olvidamos por completo de lo que pasó.
Un día, Johannes y yo nos fuimos de senderismo. Me contó una historia sobre su hermana, profesora de matemáticas, que tenía problemas porque alguien robaba en su instituto, así que recordamos lo que nos había ocurrido. A partir de ahí, empezamos a imaginar cómo se envenenaría un centro educativo si se acusa a alguien. Nos servía también para hablar de prejuicios y otros asuntos.
Sala de profesores se desarrolla en una escuela que parece un microcosmos de la sociedad en general. ¿Ha querido describir el panorama actual en su conjunto?
Cualquier escuela sirve de modelo para representar la sociedad en su conjunto. Fuimos a visitar diferentes escuelas. Cada una tiene su propia política, aunque estén en la misma ciudad. Investigamos mucho y hay centros que son muy liberales, y luego hay escuelas que mantienen la ley y el orden, con tolerancia cero. Existe un jefe de Estado con poder, que sería el decano, y éste tiene personas a cargo y están alineados con el decano o no. También tenemos a la población, que serían los estudiantes y hasta los medios de comunicación estarían representados a través del periódico escolar. Todas estas cosas permiten contar lo grande a través de lo pequeño.
Ha captado muy bien cómo funcionan los medios.
Son jóvenes idealistas, que tienen sus propios intereses, y cuentan lo que les conviene, y también quieren quemar la escuela. Como jóvenes tienen que hacer ruido para que los adultos les escuchen.
En cuanto a los medios, me preocupan las “fake news”, y las interpretaciones alternativas, que ahora están desgraciadamente en boga. El mundo es un caos. El periodismo ha sufrido muchísimo. Ya no parece importar la verdad, todo el mundo intenta inventar la suya propia. Durante la pandemia, todo el mundo buscaba fuentes diferentes para concluir si teníamos que utilizar mascarillas o no. Al final, la verdad se convertía en una cuestión de creencia. Twitter es como una guerra. Todo el mundo intenta tener razón, por lo que no existe voluntad de entendimiento o consenso.
¿Por qué decidió incluir las metáforas matemáticas que aparecen en Sala de profesores?
Entre los matemáticos no se han aclarado todavía sobre el problema que se presenta en la primera escena. ¿Es 0.9 periódico similar a 1? Si se trata de dos números diferentes, existe un tercer número entre ambos, pero es difícil demostrarlo. Hemos creado toda esta película acerca de ese número indeterminado, una zona gris que puede cambiar las cosas. El final abierto también refleja la dificultad para resolver algunos problemas en la vida, como ocurre frecuentemente en matemáticas.
¿Por qué eligió rodar su película con la clásica proporción de 4:3?
Me encanta hacer pruebas antes de rodar. Me llevo muy bien con mi directora de fotografía, Judith Kaufmann, así que resulta agradable pasar tiempo juntos para filmar esas pruebas con diferentes lentes. Después las proyectamos para hablar sobre cómo haremos la película. Y exploramos diferentes relaciones de aspecto y diferentes lentes. Al final, nos decidimos por esta relación anticuada porque, en primer lugar, es un gran formato para los retratos. También resulta ideal si quieres contar una historia sobre una persona que se siente aislada. Es un poco claustrofóbico. Y me recuerda a mis años escolares, porque es como mirar una vieja Polaroid. Cuando estábamos discutiendo sobre este asunto, me dijo que nunca había rodado una película en 1,33, así que por qué no íbamos a intentarlo. Nos ayudaría a mantener una visión fresca. “Sabes, nunca he hecho 1,33. Intentémoslo”. Y, en última instancia, estás buscando formas de mantener la vista fresca y así es como lo hicimos.
¿Cómo ha sido su trabajo con Leonie Benesch, que da vida a la profesora protagonista?
Me impactó cuando la vi en 2009 en La cinta blanca, de Michael Haneke. Cuando escribíamos el papel, ya pensábamos en ella. Me parecía muy importante que la actriz pudiera sonrojarse, ya que eso es muy complicado de hacer, pero ella podía hacerlo. Además, me parece muy natural, no me da la impresión de que intente demostrar sus habilidades para la actuación, simplemente hace creíble la escena.
Trabajar con ella fue una grata experiencia. No hacía apenas falta que le diera indicaciones. Lograba lo que quería a la primera, así que terminábamos pronto.
También realiza un buen trabajo la madre, interpretada por Eva Löbau. ¿Cómo prepararon el personaje?
Para nosotros era importante que no quedara claro del todo lo que hizo. Tenía que haber un residuo de ambigüedad en la película. Para Eva el personaje es inocente y así lo desarrolló. En toda sociedad es necesario que haya chivos expiatorios, incluso si las pruebas en su contra son ambiguas. Me alegro de que Eva haya asumido el papel: es fenomenal y muy inteligente.
¿Cómo dirigió a los niños?
Primero hice un casting multitudinario. Reunía a los chicos en grupos de cuatro o cinco, y les pedía que improvisaran una discusión sobre, por ejemplo, Greta Thunberg y el Medio Ambiente. Luego les filmamos debatiendo conmigo. Esas tomas las vimos en una sala de proyección con los productores, y escogíamos a los chicos que más nos gustaban.
Una vez que les fichamos, me entrevistaba con ellos para aclararles que yo no era su jefe, sino su compañero. Les pedía ética de trabajo, acostarse temprano, comer bien y tener claro qué se va a rodar cada día. Además, les inculqué que el equipo tenía que funcionar como una familia. Todos somos hermanos y hermanas, y si uno de nosotros no se siente bien, todos cuidamos de esa persona.
Algunos padres vinieron a verme para quejarse de que su hijo no tenía líneas de diálogo. Les dije que no se podía incluir a 23 niños en el guión, así que siempre hablan los mismos, ocho o nueve como mucho. De todas formas, no considero que ninguno sea un extra, así que pedí en producción que todos ganaran el mismo dinero, tanto Leonard Stettnisch, que interpreta a Oskar, uno de los papeles principales, como los que permanecen mudos. Pero así teníamos claro que no había VIPS, y que todos funcionábamos como una familia.
¿Cree que puede aportar una visión más interesante al proceder de una familia de origen turco?
Mi padre, emigrante, se trasladó a Alemania en 1962. Era todavía un niño. Yo pertenezco a la tercera generación. Mi abuelo era analfabeto, así que me parece una locura que en dos generaciones Alemania haya criado a individuos como yo, no sólo totalmente integrados, sino también representando a mi país para los Oscar. Es una historia bonita. Me quito el sombrero ante Alemania. Y doy las gracias.
La emigración es buena para un país. No se puede generalizar, pero creo que Alemania se ha beneficiado de esa oleada de inmigrantes. Espero que también en el futuro salga ganando con la generación que ha venido al país en 2015. No pienso que hay que mirarlos como un peligro. No se puede imaginar Estados Unidos sin inmigrantes. Toda su identidad cultural desaparecería si los quitamos.
Por ejemplo, creo que el humor desapareció en el cine en Alemania tras la II Guerra Mundial. ¿A que usted apenas recuerda grandes comedias alemanas recientes? En aquel momento se exiliaron los mejores realizadores de humor, empezando por Ernst Lubitsch. Ojalá los recién llegados puedan aportar algo de risas. Creo que es bueno mezclar. Hasta los agricultores saben eso. No puede crecer lo mismo en la misma tierra un año y otro, por eso recurren al barbecho. Primero plantan maíz, y luego cambian a otra cosa. Lo mismo ocurre con la sociedad.
¿Le ha influido el cine de Fatih Akin? Fue el primer realizador turcoalemán que empezó a destacar.
He crecido viendo sus películas. Cuando gané el galardón al Mejor Director en los Premios del Cine Alemán, recordé en el escenario a todos mis maestros, y él fue uno de los que nombré. Siempre le llamo maestro. Es importante reconocer la importancia de los profesores. Cuando aprendo algo de alguien me gusta agradecérselo.
