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“Todavía hay directores que quieren contar historias muy personales y hay público para ellas, pero ha cambiado la manera de encontrarse”

Entrevista con Léa Drucker y Charline Bourgeois-Tacquet, protagonista y directora de “La vida de una mujer”

Me encuentro con Léa Drucker, protagonista de “La vida de una mujer”, y Charline Bourgeois-Tacquet, su directora, en un cine. Un lugar, en principio, más apropiado para hablar de películas que de quirófanos, Alzheimer o maternidad, pero la conversación acaba pasando por todos esos territorios y alguno más: la libertad, la necesidad de control y un cine francés que sigue empeñado en demostrar que todavía se pueden hacer películas personales en una época en la que parece que todo tiene que venir con su correspondiente etiqueta comercial.

Entrevista con Léa Drucker y Charline Bourgeois-Tacquet, protagonista y directora de “La vida de una mujer”

Y, por supuesto, hablamos de cirujanos, que para eso una de las protagonistas se pasa buena parte de la película operando. La vida de una mujer sigue a Gabrielle, una cirujana de unos cincuenta años que ha decidido no tener hijos y que ha construido su vida profesional y personal de acuerdo con sus propias reglas. Pero entonces aparece Frida, una mujer que despierta en ella un deseo lésbico inesperado y hace saltar por los aires ese delicado equilibrio.

La película nació de una experiencia personal de la directora. “La muerte de mi madre estuvo en el origen del proyecto, aunque no quería hacer una película sobre mi madre ni sobre mi duelo. Fue más bien una pregunta: ¿qué ocurre con una mujer cuando llega a esa edad? ¿Qué posibilidades tiene todavía? Quería imaginar una mujer que no estuviera definida por la enfermedad, por la pérdida o por la edad, sino por todo lo que todavía podía vivir”.

El trabajo de investigación llevó a Charline Bourgeois-Tacquet a interesarse también por los médicos como posibles protagonistas de otra película. “Sí, llegué a pensar seriamente que tenía que hacer un documental sobre ellos. Hay algo fascinante en esa mezcla de precisión extrema y absoluta normalidad. Pueden estar realizando una intervención de enorme complejidad y cinco minutos después estar hablando de cualquier tontería. Esa convivencia entre lo extraordinario y lo cotidiano me fascinó”.

lea drucker vida mujerLéa Drucker se tomó muy en serio la preparación de su personaje. Para interpretar a Gabrielle como cirujana pasó varias semanas en un hospital público francés observando el trabajo de los médicos. No quería limitarse a aprender cómo coger un bisturí o cómo moverse en un quirófano. Necesitaba comprender la actitud corporal, la autoridad y la manera de hablar de alguien acostumbrado a tomar decisiones importantes. “Necesitaba verlo y vivirlo de alguna manera. Si yo misma no me lo creo, ustedes tampoco se lo van a creer. No basta con jugar a ‘Operación’. Tenía que entender cómo se mueve una cirujana, cómo trabaja, cómo habla con los pacientes y con sus compañeros. Una profesión así está en el cuerpo. No puedes fingir que sabes hacerla simplemente porque te hayas aprendido cuatro palabras técnicas”.

La investigación también impresionó a Charline Bourgeois-Tacquet, que pasó dos o tres meses entrando en un servicio de cirugía y observando su funcionamiento. “Yo quería reproducir ese mundo con la mayor verdad posible y descubrí que un quirófano real se parece muy poco al de las películas. Hay gente entrando y saliendo, teléfonos, conversaciones que no tienen absolutamente nada que ver con una operación, momentos de tensión y momentos casi absurdos. Existe una especie de caos cotidiano que me parecía muy cinematográfico. De hecho, después de pasar tanto tiempo allí llegué a pensar que podría hacer un documental sobre los cirujanos. Me fascinó su manera de trabajar y, sobre todo, la normalidad con la que conviven con situaciones que para nosotros serían extraordinarias”.

La directora incluso esperó alrededor de un año para poder contar con Léa Drucker. “Cuando escribía a Gabrielle pensaba en Léa. No quería buscar una actriz que se pareciera al personaje; quería que el personaje tuviera algo de Léa. Así que preferí esperar. Después de Los amores de Anaïs sabía que ella podía hacer algo muy diferente y me interesaba precisamente esa transformación. Gabrielle necesitaba tener autoridad, inteligencia y cierta dureza, pero también una enorme vulnerabilidad”.

La maternidad constituye otro de los grandes asuntos de la película. Charline Bourgeois-Tacquet, sin embargo, se resiste a convertirla en un debate entre buenos y malos. “No quería hacer una película contra la maternidad. Lo que me interesaba era que Gabrielle hubiese construido su vida de otra manera y no se sintiera víctima por ello. No quería que el hecho de no tener hijos apareciera como una carencia que había que compensar. Ella ha elegido otra vida y esa vida puede ser plena. Creo que es importante poder hablar de esto sin tener que defender constantemente una decisión personal”.

La directora tampoco quería convertir a Gabrielle en una especie de heroína feminista perfecta. “Gabrielle no es una santa. Puede ser muy dura, puede ser egoísta, puede tener comportamientos que resulten incómodos. Pero también es generosa, responsable y capaz de cuidar muchísimo a los demás. Me interesaba que el espectador pudiera quererla y, al mismo tiempo, enfadarse con ella. Si haces un personaje completamente ejemplar, deja de ser una persona”.

La relación con la madre de Gabrielle introduce otro elemento importante: el Alzheimer. La protagonista tiene que cuidar de una madre cuya enfermedad avanza mientras ella intenta mantener su propia vida en pie. Charline Bourgeois-Tacquet investigó esta parte con especial atención, hablando con personas que habían acompañado a familiares enfermos y consultando incluso a una jueza de tutelas. “No quería que la madre fuera simplemente ‘la señora que tiene Alzheimer’. Quería que siguiera siendo una persona con carácter, con humor, con momentos de lucidez y también con momentos de desconcierto. Cuando alguien enferma no desaparece su personalidad de un día para otro. Sigue siendo tu madre, sigue teniendo sus manías, puede seguir haciéndote reír o enfadarte. Y eso me parecía mucho más interesante y más verdadero”.

Léa Drucker considera que esa relación añade otra dimensión al personaje. “Gabrielle pasa buena parte de su vida cuidando de los demás. Es cirujana, tiene responsabilidades, cuida de su madre... Es una mujer acostumbrada a hacerse cargo de todo. Pero la enfermedad de su madre le recuerda que hay algo que no puede solucionar. No puede operar el Alzheimer. No puede devolverle a su madre aquello que está perdiendo. Y creo que eso la enfrenta a su propia vulnerabilidad”.

La conversación deriva entonces hacia el cine francés y su capacidad para seguir produciendo películas de autor. ¿Se puede hacer hoy una película como La vida de una mujer en un mercado cada vez más condicionado por las plataformas, las audiencias y la necesidad de encontrar productos fácilmente clasificables?

“Creo que el cine ha cambiado muchísimo, pero eso no significa que hayan desaparecido las películas de autor”, responde Charline Bourgeois-Tacquet. “En Francia seguimos teniendo una tradición muy fuerte de cine independiente y de apoyo a la creación. Hay productores, distribuidores, televisiones y organismos públicos que permiten que una película como esta pueda existir. Pero también es verdad que tenemos que luchar más para encontrar al público. Antes una película podía instalarse poco a poco en las salas. Ahora todo va mucho más deprisa. Hay muchísimos títulos y la competencia por la atención es enorme”.

La directora considera, sin embargo, que esa transformación también puede abrir nuevas posibilidades. “Las plataformas han cambiado nuestros hábitos, pero no creo que hayan matado al cine de autor. Al contrario, han hecho que determinadas películas puedan viajar mucho más lejos. El problema es conseguir que una película encuentre su público y no desaparezca entre cientos de títulos. Para mí sigue siendo posible hacer películas personales. Quizá incluso sea más importante hacerlo ahora. Si todas las películas intentan responder a la misma lógica, el cine pierde parte de su interés”.

Léa Drucker comparte esa visión desde el lado de una actriz. “Yo tengo la sensación de que todavía hay muchos directores que quieren contar historias muy personales y que hay público para ellas. Lo que quizá ha cambiado es la manera de encontrarse. Hay que trabajar más para que una película llegue a la gente. Pero cuando una película consigue tocar algo verdadero, creo que sigue existiendo una respuesta muy fuerte. El espectador no ha desaparecido”.

¿Y qué ha cambiado para las actrices? ¿Hay ahora más personajes interesantes para mujeres de cincuenta años?

“Hay más conciencia de que esos personajes existen y de que el público quiere verlos”, responde Léa Drucker. “Pero todavía queda mucho por hacer. Una mujer de cincuenta años no debería tener que celebrar que le han dado un personaje complejo como si le hubieran concedido un premio extraordinario. Debería ser normal. Podemos ser madres, no serlo, enamorarnos, trabajar, equivocarnos, tener deseo, cuidar a nuestros padres o empezar una nueva vida. Todo eso forma parte de la vida”.

Charline Bourgeois-Tacquet cree que precisamente ahí está la razón por la que quiso hacer esta película. “No quería hacer una película sobre ‘la mujer de cincuenta años’. Quería hacer una película sobre una persona. Pero para conseguirlo tienes que mostrar también aquello que normalmente no se muestra. Si una mujer de esa edad tiene deseo, lo muestras. Si tiene miedo, lo muestras. Si se siente sola, lo muestras. Si se enamora, también. No hay ninguna razón para esconderlo”.

Antes de terminar, volvemos al principio: el control. Gabrielle necesita controlar su trabajo, su familia y su vida. Charline controla el guion, la puesta en escena y el rodaje. Léa controla su preparación antes de ponerse delante de la cámara. Pero las tres —personaje, directora y actriz— descubren que el verdadero interés comienza cuando ese control se rompe.

“El cine también consiste en aceptar que algo se te escape”, reconoce Charline Bourgeois-Tacquet. “Puedes preparar muchísimo una película, pero después aparecen los actores, la luz, un gesto, un accidente, una emoción que no habías previsto. Y tienes que estar preparada para recibirlo. Si quieres controlar absolutamente todo, quizá acabes haciendo exactamente la película que imaginabas. Pero quizá no hagas una película viva”.

Léa Drucker asiente: “Como actriz, necesitas prepararte muchísimo para después poder olvidar parte de esa preparación. Yo necesito llegar al rodaje sabiendo exactamente quién es Gabrielle, qué quiere y de dónde viene. Pero después tengo que dejar que algo ocurra. Porque si todo está decidido antes de empezar, no hay descubrimiento”.

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