Lleva más de 50 años interpretando personajes en el cine y es uno de los actores argentinos más prestigiosos. Si la veteranía es un grado, entonces Héctor Alterio ha alcanzado sin duda la categoría de los más grandes. Le entrevistamos en Madrid con motivo de la presentación de su último film, Un poco de chocolate.
¿Qué le interesó de su personaje?
Mentiría si dijera que un actor no se fija en un trabajo concreto donde no pueda manifestarse. De todas maneras, la historia de Un poco de chocolate tiene mucho peso. Por otra parte, y aunque esto pueda sonar a frivolidad, uno está supeditado a las fechas, a sus compromisos y eso también afecta a la hora de aceptar un papel. En fin, fue una conjunción de cosas las que hicieron que yo aceptara. Y más allá de eso, el personaje también me divirtió y me entretuvo mucho. Y luego tuve la suerte de que el rodaje y todo lo demás alrededor fuera realmente grato.
¿Qué significa para usted “subir al Sisha Pangma”?
En mi profesión uno accede a cosas que en la realidad no tienen nada que ver con él, como eso del Sisha Pangma, que es una montaña. Con el argumento de esta película, de repente me veo inmerso en algo ajeno, en terminologías de alpinismo, en la idea de subir una montaña. Pero así es esta profesión, te obliga a abrirte a cosas distintas.
¿Pero es una metáfora de la felicidad?
Sí, por qué no. Lo que ocurre es que sería una metáfora de una mente que está entrando en una especie de alzheimer. Pero sí, claro que puede ser una metáfora, un oasis de espacios saludables en su mente deteriorada. Totalmente aceptable.
¿Cómo construyó el personaje?
No quiero caer en vanidades… Pero tengo en mi haber 150 películas, y 50 ó 60 obras de teatro. Esto no quiere decir que sean todas buenas, nada de eso, pero son fruto de mi profesión desde hace más de cincuenta años. Yo leo un personaje y si me divierte, lo hago, y existe la posibilidad de que entretenga al público. Y luego la vida propia ayuda, porque uno tiene vivencias en las cuales tuvo acceso a personajes reales y ficticios, a muchas situaciones, y de repente los puede repescar y acomodarlos a una representación ficticia. Eso es, digamos, construir un personaje para mí. Ayudado por el director, claro. Uno puede proponer y otro aconsejar desde fuera.
En la película se mezclan la ternura, la memoria y la muerte. ¿Cuál es el ingrediente más importante?
Los tres. Lucas es muy tierno, pero vive de recuerdos. Los personajes de su memoria transitan por su vida de un modo natural, aunque son personas que murieron en el pasado.
Hay mucha emotividad a la hora de hablar de la familia en la película, con una gran idea de fidelidad, pues lo que se quiso en el pasado se mantiene… ¿Qué opina de ese concepto de unidad familiar?
Hace tiempo hice una película que se titula El hijo de la novia, y ahí me familiaricé con la situación de un personaje que sufre alzheimer y vive de sus recuerdos. Por otra parte, yo quisiera que mi vida personal no trascendiera a mis personajes. Yo tengo mi vida con mi mujer. Mis hijos ya tienen su propia familia, y últimamente he tenido la alegría de tener un nieto. También trato de ser muy respetuoso con los demás. En este sentido soy muy puntilloso, no sé si es por el hecho de ser extranjero, aunque llevo aquí 34 años.
¿Se siente extranjero en España?
Bueno, yo soy argentino. Y he sufrido a veces ciertas apreciaciones que rozan el desprecio por ser extranjero. Y mí me molesta mucho que me consideren así en un lugar donde por derecho propio estoy viviendo, ya desde hace más de treinta años.
Alguna vez usted ha dicho que ha llegado el momento del trasvase generacional, que lo papeles protagonistas son para los jóvenes…
Sí, y sigo manteniéndolo. Una vez dije que el actor es material descartable. Y con el tiempo me doy más cuenta. En mi profesión estamos expuestos a ser criticados. Ahora por eso hago los personajes que me corresponden por edad. Todo depende de las apetencias de cada época. Podría pasar que de repente las bellezas y los galanes pasaran a segundo término y que los viejos fuéramos los protagonistas… Me gustaría. Pero las cosas no son así, y yo estoy desde hace tiempo haciendo secundarios. Los jóvenes ahora interesan más.
Su personaje sabe cuándo va a morir, ¿cree que esto es posible?
Bueno, yo hace tiempo que pienso en la muerte. Y mi nieta me provoca más esa situación. Pero es inevitable que la longevidad me haga pensar en ello.
La película tiene toques surrealistas y mucho realismo mágico. ¿Se sintió cómodo o prefiere el drama?
No. Prefiero este tipo de películas, donde hay humor. Me divierto más, tanto como actor que como espectador. El humor rompe rigideces y todo se hace más amable y yo opto por esa actitud en el trabajo, en la vida, en las relaciones. El humor nos hace sentir bien, e incluso diría que provoca salud.
Recientemente ha trabajado en El amanecer de un sueño, con otro director debutante…
Sí. Y ha sido excelente trabajar con debutantes. De alguna manera estoy influyendo en el nacimiento de alguien que entra en el cine por primera vez. Es como darle la palmada para que empiece. Y me hace sentir bien.
¿Cómo ve a las nuevas generaciones de actores? ¿Están mejor preparados?
Con envidia. Pero yo creo que siempre es igual. Y aunque lógicamente la época es distinta, les veo y me acuerdo de mí mismo.
¿Qué le ha parecido Daniel Brühl?
Le conocí en el cine en la película Good Bye, Lenin! Me pareció una figura muy sincera y atractiva. Y luego lo vi en Salvador, también en el cine. Ahora en el rodaje he encontrado a alguien entrañable, entregado a su trabajo y fundamentalmente divertido. Habla fluidamente el castellano, pero al ser de padre alemán y madre catalana, hay una fracción de segundo en que se nota que está pensando cuando habla. Y eso le obliga un poco a mantenerse en silencio… Lo pasé estupendamente bien con él.
¿A lo largo de su carrera qué personalidades le han marcado y qué películas prefiere entre su filmografía?
Coincidí una vez con John Gielgud en una coproducción, y me pareció inalcanzable. Me impactó. También me marcó trabajar con el asistente de Pasolini, con Giulietta Massina, y con muchos otros. Para mí fue una satisfacción trabajar codo a codo con estas personas que han trascendido a su oficio. Y entre las películas de las que guardo mejor recuerdo, podría citar La tregua, basada en un cuento de Benedetti. Fue mi primer papel protagonista y fue dirigida por Sergio Renán en 1974. Con sus defectos y sus virtudes, tuvo bastante éxito y fue nominado al Oscar como mejor película extranjera.
