A pesar de lo que podría pensarse por "American Pie", Paul Weitz está dotado para la comedia sofisticada y con contenido. Lo probó al escribir el guión de "Hormigaz", y con sus últimos filmes, "Un niño grande" e "In Good Company".
El cartel de esta película dice: “Del director de American Pie”. ¿Se sentirá defraudado su público al ver una cinta tan diferente?
Como American Pie, he preparado esta cinta con mi hermano Chris. In Good Company también es una comedia, pero que se basa en personajes muy humanos, que parecen sacados de la realidad. La mayor diferencia es que he querido añadir muchas reflexiones, sobre el capitalismo y sus consecuencias. Me quiero quitar la espina de American Pie poco a poco, pero está siendo un proceso bastante doloroso.
Mi intención fundamental sigue siendo hacer reír, pero ahora con un poco de mensaje. Creo que lo he conseguido, a juzgar por la reacción de los espectadores del Festival de Berlín, donde acudí a presentar mi trabajo. Pienso que existe el sueño americano, pero en el film lo ponía en tela de juicio, para reflexionar sobre él. Mi modelo es el cine de Billy Wilder, realizador que había intentado imitar en Un niño grande. Pero aquella era una historia muy inglesa, y ahora quería reflexionar sobre el sueño americano, la lucha generacional y sobre cómo afectan las decisiones económicas a las vidas individuales.
Con tantas familias desestructuradas en el cine, es curioso ver una familia normal, como la de su película, cuyos miembros se quieren con naturalidad.
Mi idea era mostrar una familia real, que también tiene conflictos. Pero esos conflictos no vienen de ningún problema grave, sino de falta de comunicación. El padre y la hija se quieren con locura, pero su relación está cambiando. Hasta entonces Alex era la mejor amiga de su padre, y está empezando a ser una mujer completamente independiente. De ahí emerge el conflicto.
¿Cree que esta sociedad desaprovecha la experiencia de las personas que van teniendo una cierta edad?
Cuando empecé a escribir el guión, recordé que la gente me había contado muchas historias que atestiguan que eso es verdad. Me hablaban de parientes y amigos, que ya habían cumplido los cincuenta, y que habían sido despedidos, o habían sido víctimas de una reducción de plantilla. Y ahora se encontraban buscando trabajo, cuando deberían haber estado en una buena situación laboral. Se veían obligados a reciclarse para reencontrar trabajo en otro sector. Todo eso alimentó mi idea de narrar la historia de un hombre de 51 años que, repentinamente, se convierte en empleado de un chico que tiene la mitad de su edad, lo que resulta bastante humillante.
El reparto está muy bien escogido. ¿Siempre había pensado en esos actores para los papeles que interpretan?
En un primer momento sólo tenía en la cabeza a Dennis Quaid. Su papel está escrito pensando en él. Me parece genial que un tipo que interpreta papeles de acción, como protagonista, de repente acepte interpretar a Dan, un hombre que valdría para mucho más, que todavía puede rendir y que se ve arrinconado y marginado. Tuvimos que teñir cada día su pelo de gris. Debería haberle dejado algo del mío. Me encantó su trabajo durante el rodaje, pero después, en la mesa de montaje, descubría cosas nuevas que hasta ese momento me habían pasado desapercibidas.
Nunca pensé en Topher Grace para hacer de Carter, pues quería contratar a Ashton Kutcher, su compañero de trabajo en la serie That ‘70s Show. Pero después me fijé en él, le hice una prueba junto a Dennis Quaid, y resultó que había mucho dinamismo entre ellos. A mí personalmente su excesiva energía me recuerda a la de Jack Lemmon de joven.
En cuanto a Scarlett Johansson es una de las mejores actrices con las que ha trabajado. Conseguí que trabajara conmigo porque llevaba un año de drama en drama, y pensé que le interesaría una comedia para oxigenarse un poco. Es extraordinariamente natural. Me resulta imposible imaginar alguna cosa que ella no sea capaz de transmitir en la pantalla.
