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Festival de San Sebastián 2015

La sombra del fatalismo es alargada

Festival de San Sebastián 2015, 23 de septiembre: el puño del destino de Moira y la porca miseria del Rey de La Habana

Segundo día gris y de lluvia en San Sebastián. Las dos películas a concurso de hoy están a tono con esa visión ceniza de la vida, donde apenas controlamos los hechos de los que somos protagonistas. La diferencia estriba en que la georgiana "Moira" se ve, mientras que la española "El rey de La Habana" resulta difícilmente soportable.

Festival de San Sebastián 2015, 23 de septiembre: el puño del destino de Moira y la porca miseria del Rey de La Habana

El cine ligado a la antigua república soviética de Georgia no llega al resto del mundo con la frecuencia y buena distribución que serían de desear, pero a veces se cuelan en las pantallas de cine comerciales títulos tan apreciables como Corn Island y Mandarinas. En la competición hoy he podido ver Moira, del para mí desconocido Levan Tutberidze, quien sabe contar con firme pulso narrativo un drama familiar de corte fatalista.

Mamuka ha pasado 5 años en prisión por un crimen que no cometió. Le aguardan en su pueblecito costero su padre, anclado en una silla de ruedas tras sufrir una apoplejía, y su hermano pequeño, con novia formal y que desea casarse, tras haber cuidado del progenitor. La madre, cantante, ha permanecido en Grecia todo ese tiempo para aportar ingresos al hogar, y lo deseable sería que se reuniera felizmente toda la familia. Deseoso de llevar una vida honrada, Mamuka se las ingenia para comprar un barco, su hermano y él podrían vivir de la pesca. Pero el hermano pequeño se deja enredar en los manejos de una organización mafiosa, y con otro socio acepta transportar personas clandestinamente por la noche en su embarcación.

Moira es el nombre que Mamuka da al barco que debería darles tantas alegrías. Alude a las moiras griegas que personifican el destino, también conocidas como fatas. O sea, Tutberidze pone pronto sus cartas boca arriba, nos está hablando de un microcosmos humano que está tratando de labrarse su propio destino, y de las circunstancias que les aprisionan y no les permiten hacer aquello que desearían. El cineasta georgiano no niega la libertad –la madre puede elegir cuidar de su esposo en un rincón perdido o irse y proseguir con su carrera; el hermano pequeño puede irse con su novia aunque los padres de ella le aceptan o no; y Mamuka, aunque se le vayan cerrando las opciones, puede escoger si lo desea el camino siempre difícil de olvidarse de sí mismo.

La película está rodada con agradecible clasicismo, con una bella fotografía de muchos grises, y hay personajes y dilemas que interesan. Quizá se la ve venir demasiado, no abundan los giros sorprendentes. Pero esto a veces es bueno, pues muchas películas se malogran por el deseo de ofrecer algo diferente a cualquier precio.

Si algo puede salir mal, saldrá peor

Coincide la proyección de está película que transcurre en Cuba –supuestamente, pues está rodada en República Dominicana–, con el final del viaje del Papa Francisco a la isla. Es de esperar que el ilustre visitante habrá visto algo más animante que lo que nos muestra el deprimente film El rey de la Habana.

La miseria en las calles más deprimidas de La Habana, a finales de la década del siglo XX. Tras una cadena de desgracias, Reinaldo pierde a toda su familia –abuela, madre y hermano– y termina dando con los huesos en un correccional. Logrará fugarse al cabo del tiempo y de vuelta a su antiguo barrio, inicia una vida de golfería donde cobran protagonismo Magda, una vecina mayor que él, de la que siempre anduvo encandilado, y Yunisleidi, un travesti.

Agustí Villaronga hace un cine visceral, provocador, desagradable, él sabrá por qué. Los traumas, desgracias y patologías de tristes personajes marcan sus películas, incluida la más comercial y ganadora del Goya Pan negro.

El rey de La Habana, adaptación de una novela del cubano Pedro Juan Gutiérrez, transita por la senda habitual, si acaso Villaronga se hace más extremo en la presentación de seres humanos desalmados, a los que apenas queda un resquicio de bondad, el deseo ingenuo e irrealizable de la felicidad que sería para el Rey Reinaldo constituir una familia.

Pero más allá del leve apunte de anhelo de una vida mejor, tenemos sobre todo una pintura negra hasta lo grotesco, donde el arranque del film parece una especie de broma macabra, con las tintas toscamente cargadas. Y a partir de ahí se sucede una vida de picaresca sin pizca de gracia, una insistencia en lo sexual exagerada, más el tremendo egoísmo de los personajes, sin rasgos que inviten, ya no a la simpatía, sino al menos a la compasión; todo esto debería tener el efecto de alejar al potencial espectador, testigo de un lamentable espectáculo, que le resultará lejano, pues nada hay para suavizarlo, para hacerlo digerible. Para el director, la condición humana arrastrada en el fango es “porca miseria”, darwinismo social y celos, y no hay lugar ni para la redención ni para el amor, ni siquiera breves lapsos de tiempo para gozar, sólo sexo asimilado al de los animales y el hecho de seguir respirando... de momento.

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