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El relato documental. Efectos de sentido y modos de recepción (Pilar Carrera y Jenaro Talens, Cátedra, Col. Signo e Imagen, 234 págs)

Interesante ensayo acerca del llamado género documental, fruto del Master impartido en la materia por Pilar Carrera en la madrileña Universidad Carlos III, y de las conversaciones mantenidas por ella sobre el tema con Jenaro Talens. Supone una completa y sugerente reflexión acerca de las limitaciones que subyacen en la distinción entre documental y ficción, en la medida en que ambos pueden ser capaces de atrapar la realidad, o, como se dice citando el Teorema de Thomas, las consecuencias de la realidad. Algunos ejemplos de películas citados en los preliminares del libro –Furia (Fritz Lang, 1936), Yo soy el padre y la madre (Frank Tashlin, 1958), El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962)–, ya sirven para apuntar que lo que parece documental puede no serlo, que la presunta objetividad de la publicidad no lo es, que el lugar donde se coloca la cámara puede cambiar la percepción de las cosas.

Así, resulta valiosa la consideración de que el cine nace documental, o lo que se entiende habitualmente por documental. Y que serían las ficciones que se empiezan a narrar con la cámara, con el transcurrir del tiempo, las que invitan a la distinción, hasta que surge por contraposición el concepto “documental”, que podría tener una motivación ideológica, política, en la medida en que la ficción no exigiría el rigor que se le supone al documental, por lo que estaría libre de rendir cuentas a la hora de manipular al espectador, todo es fantasía, no hay responsabilidad del cineasta.

También da que pensar el caso Nanuk, el esquimal (1922), considerado como el padre y la madre de todos los documentales, y que desde luego tiene mucho de puesta en escena por parte de Robert Flaherty, dentro de su supuesto realismo. Además, en muchos documentales, existe por supuesto la mediación, se utilizan registros documentales aportados por otros, y que el nuevo documentalista reelabora para entregar su discurso. De modo que el planteamiento de los autores viene a decir que un documental entrega extensiones de la realidad, pero no la realidad misma. Lo que permite también la consideración documental de los filmes según el receptor los considera como tales, o porque así se presentan, por parte del emisor.

En cualquier caso, no deja de ser curiosa la ausencia casi total del concepto “verdad” en las líneas del libro –se habla más de realidad, hechos reales, realidades factuales...–, quizá porque nos movemos dentro de las categorías de la modernidad y la posmodernidad, en que su posible aprehensión o la aproximación a ella resultan poco menos que implanteables. Ante la cuestión relativista, siempre problemática, se trata de encontrar un pragmático punto medio y así se asevera: “Contra el relativismo de los que sostienen que, por el hecho de ser también esencialmente representación, esto es, discurso, el documental no es sino otra forma de ficción, y esencialmente deshonesta, ya que pretende hacer pasar lo que no es sino un 'efecto de realidad' por la realidad misma, y frente a los que opinan, a la contra, que la realidad es un efecto del discurso y que, en el fondo, todos los discursos valen lo mismo pues son pura ficción, habría que oponer la postura, más operativa, de que hay que cultivar las diferencias en lugar de difuminarlas y no confundirlo todo, porque esa es la única manera de intervenir sobre eso que denominamos 'realidad'.”

Carrera y Talens recogen el fenómeno, acentuado por internet y los dispositivos móviles, del pandocumentalismo, la grabación y puesta a disposición general de imágenes que como mínimo son registros documentales. También hacen un recorrido por los distintos tipos de documentales, aunque el título del apartado que los recoge “Las máscaras del documental”, ya permite hacerse una idea del valor, relativo, que se concede a las categorizaciones, por ejemplo no sin un claro punto de razón, se señala que los supuestos “documentales de creación” parecen sugerir que los que no encajan en esta categoría estaría desprovistos de creatividad. Y ofrecen a la consideración del lector un concepto singular, el de “homeopatía documental”, para argumentar que los mejores filmes son los que administran la dosis justa para preservar su condición de relato, su “efecto de verdad”, su “autenticidad”.

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