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"Kubrick en casa" (Vicente Molina Foix, Nuevos Cuadernos, Anagrama, 129 págs)

La colección Nuevos Cuadernos Anagrama alcanza su mayoría de edad con este título, que hace el número 18. Librito delicioso, que se lee casi de un tirón, describe la experiencia profesional y personal de Vicente Molina Foix con Stanley Kubrick, el escritor se ocupó de la traducción para el doblaje y el subtitulado de cinco de sus películas, La naranja mecánica, El resplandor, Senderos de gloria, La chaqueta metálica y Eyes Wide Shut. El seguimiento de su obra hasta el final, típico de Kubrick, le lleva a supervisar personalmente su entrega en otros idiomas, arrogándose el privilegio de encargar a directores y actores de prestigio, el doblaje, en el caso español sobre todo Carlos Saura, aunque también Jaime de Armiñán y Mario Camus. A este respecto también se desahoga en una coda final que titula "Infeliz final", donde expresa su lamento porque Warner no haya respetado su trabajo en la edición de los filmes en DVD y Blu-ray, cuando el cineasta ya había fallecido.

No deja de llamar la atención cómo más de un colaborador de Kubrick ha querido dejar constancia escrita en libros de cómo vio al genio –todos le consideran como tal, aunque puedan ser más o menos críticos con su célebre perfeccionismo–, antes de que entregara esta obra Molina Foix, ya habían hecho lo propio, por ejemplo, sus guionistas Michael Herr –en un libro publicado también por Anagrama– y Frederic Raphael. En cada línea se constata cómo el autor considera un auténtico privilegio haber podido tratar a Kubrick y haber contribuido con su granito de arena a la difusión de sus películas. Y tiene particular encanto el relato de su paso por Childwick Bury, la casa de Kubrick en Inglaterra, donde tuvo el privilegio de ser el primer espectador de El resplandor no involucrado en la realización del film, y de ser requerido por el cineasta para que le diera su opinión. Fruto del trabajo de esos días tranquilos –"no había prisa" para el cineasta cuando se trataba de entregar el mejor trabajo posible– sería la aquiescencia de Kubrick a darle una célebre y larga entrevista, luego reproducida en varios medios como el diario El País o la revista Fotogramas.

Molina Foix habla del desafío que supone para un traductor versionar en otro idioma una obra, más si hay una suerte de extraña lengua, el nadsat de La naranja mecánica, o si un film encadena exabruptos uno detrás de otro, el caso de La chaqueta metálica, título con el que me atrevería a decir que se ha buscado una particular aliteración o resonancia. Y hace su contribución al relato de si El resplandor tenía un final distinto que habría sido cambiado pocas horas después de estrenarse el film en algunas salas.

El libro recoge muchos recuerdos y anécdotas que conviene descubrir con su lectura. Pero no me resisto a comentar cómo ciertas reacciones e intimidades pueden interpretarse con distintos matices, según quien las lee o protagoniza. El autor recuerda, cuando está trabajando con El resplandor, la disposición de Kubrick a concederle la anhelada entrevista –que figura al final de libro completa–, que podría tener lugar el sábado o el domingo, y le comenta "los sabbaths son para mí como cualquier otro día" –Kubrick era de origen judío– continuando con la pregunta "¿va usted a misa los domingos?"; lo que le confirma en que uno y otro estaban "libres de devociones religiosas". Más tarde, cuando visita la tumba de Kubrick, en su propia casa, ve en el lugar "unas piedras simples, sin forma definida ni símbolos religiosos". Con bastante sobriedad Molina Foix subraya lo que a él le interesa más, la no-adscripción del director a una confesión religiosa. No obstante, del modo en que concierta el momento para la entrevista, a mí me llega la delicadeza de Kubrick, que pensaba que tal vez el domingo no fuera el mejor día para quedar con un católico.

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